La habitación estaba en completa oscuridad, solo la luz tenue de la luna se filtraba a través de las cortinas, creando sombras suaves que se deslizaban por las paredes. El aire estaba cálido, pero fresco al mismo tiempo, con una brisa ligera que movía las hojas fuera de la ventana. Todo a mi alrededor parecía perfecto, tan sereno y pacífico que me resultaba casi irreal. Pero lo que más destacaba, lo que más me envolvía en esa atmósfera, era el peso de su cuerpo cerca del mío, el suave latir de su corazón en el silencio de la noche, el dulce aroma de su piel que aún flotaba en el aire. Estaba acostado a su lado, en una de mis camisas, con la suavidad de la tela cubriendo parcialmente mi cuerpo, mientras ella dormía cerca de mí, casi pegada a mi pecho. La tranquilidad en ese momento era tan absoluta que me resultaba imposible pensar en cualquier cosa que no fuera ella, en cómo se sentía su cuerpo contra el mío, en cómo su respiración se ajustaba a la mía como si, por un segundo, nuestros cuerpos se sincronizaran sin esfuerzo.
Me acurruqué un poco más en su pecho, disfrutando de la suavidad de su piel, del calor que emanaba de su cuerpo, de esa sensación única que solo ella me podía dar. Era como si el mundo entero se hubiera desvanecido, como si no existiera nada más en este momento que el lazo invisible que nos unía. Mi mente se llenaba de pensamientos confusos, pero dulces, como si todos mis miedos y dudas se desvanecieran al estar con ella. Algo dentro de mí, algo profundo, decía que todo estaría bien. Era la sensación más pura de paz que jamás había experimentado. Nunca había creído que un abrazo, un simple gesto de cercanía, pudiera llenar tanto espacio vacío en mi corazón, pero ella lo hacía. Ella me llenaba de una manera que no podía explicar, una sensación que no necesitaba palabras, solo el contacto, la presencia.
Sentí su abrazo alrededor de mi cuello, esa suavidad con la que me rodeaba, como si, a pesar de estar medio dormida, me quisiera proteger, como si intentara mantenerme cerca para no perderme en la oscuridad. Fue tan natural, tan reconfortante, que me sentí como si nada malo pudiera sucederme mientras estuviera allí, en sus brazos. ¿Cuántos años había pasado buscando esta sensación? Esa seguridad, ese refugio en alguien más. ¿Cuántos momentos había perdido buscando la paz en lugares equivocados? Ahora, aquí, con ella, todo lo demás parecía insignificante. Solo existía la calma que ella me daba, y yo me entregaba por completo a ese sentimiento, sin reservas, sin temores.
Cuando ella se movió ligeramente, despertando de su sueño, su voz apenas audible, pero cargada de una dulzura inconfundible, me alcanzó. Un hilo de voz, suave, como si quisiera saber si estaba bien.
-¿Qué pasa?- dijo, abrazándome con más fuerza, casi como si temiera que pudiera desvanecerme en el aire. Eso me hizo sonreír, porque sentía lo mismo. A pesar de estar acostado junto a ella, la sensación de que todo podría desmoronarse en cualquier momento estaba completamente ausente. Con ella, todo era estable, todo era cierto, todo era real.
-Nada- respondí, apenas con voz, sin querer romper la magia de ese instante. Quería quedarme allí, abrazado a ella, olvidarme de todo. Pero, en vez de alejarme, dejé que mi rostro descansara en su pecho, besando su frente con suavidad. Era un beso tan tierno, tan lleno de sentimientos que no sabía cómo expresarlos con palabras. Mi cuerpo estaba diciendo lo que mi corazón sentía, sin que yo tuviera que decir nada. Me acomodé mejor, buscando su cercanía, sin querer separarme ni un milímetro. Ella asintió, y su cuerpo volvió a relajarse, entregándose a ese momento tan natural entre los dos. La sensación de su mano acariciando mi cabello, de sus dedos recorriendo mi cuero cabelludo, me hizo cerrar los ojos. Era como si se tratara de un acto completamente inconsciente, algo que ella hacía de manera natural, pero para mí era todo. Cada gesto suyo, cada susurro, cada caricia, tenía un peso inmenso en mi corazón. Sentía que la conexión entre nosotros era algo más que físico; era profunda, era el alma la que se encontraba, la que se abrazaba. La paz que me transmitía era tan grande que no sabía si mi corazón estaba latiendo por mí o por ella. Lo único que sabía es que ahora, más que nunca, me sentía completo.
-Solo que yo también dormiré un poco- murmuré, mis palabras pesadas, arrastradas por el cansancio que finalmente comenzaba a vencerme. Ella no dijo nada más, simplemente volvió a abrazarme, esta vez con más suavidad, dejando que el silencio entre nosotros se alargara, mientras mis pensamientos comenzaban a desvanecerse, fundiéndose con el sueño.
Era increíble cómo una noche tan simple, tan tranquila, podía cambiar la perspectiva de una vida entera. La presencia de ella me calmaba, me centraba. Cada segundo que pasaba a su lado parecía un regalo, una bendición que nunca imaginé que recibiría. No me importaba nada más, no pensaba en lo que había dejado atrás, ni en lo que venía. Solo importaba ella, y esa sensación de estar por fin en el lugar que siempre había buscado. En su abrazo, encontraba más que consuelo. Encontraba hogar.
Sus caricias, su respiración, su cuerpo junto al mío, todo parecía entrar en armonía. La energía de la luna, la que había sido testigo de nuestra conexión esa noche, parecía rodearnos en una burbuja invisible, protegiéndonos. Me acurruqué un poco más, disfrutando del calor de su cuerpo, de su aliento, y dejé que el sueño me consumiera lentamente.
Me sentía seguro. Me sentía amado. Me sentía en paz. La paz que había buscado durante tanto tiempo, y que ahora encontraba por completo en sus brazos. Cerré los ojos, sintiendo cómo el mundo se desvanecía alrededor de mí, quedándome solo con ella, con ese sentimiento de ser suficiente, de estar justo donde debía estar.
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Editado: 15.07.2026