Mi Luna Roja ( Mas Que Simples Mitos )

36 - Carolina

La entrada de la manada estaba rodeada de vida. El parque al que pasamos al lado estaba lleno de niños corriendo y jugando, parejas caminando de la mano, mujeres charlando animadamente y grupos de amigos compartiendo risas. Todo parecía tan tranquilo, tan normal...

Y sin embargo, mi mente no podía dejar de divagar.

Si todos aquí son felices, ¿por qué atacarían otra manada? ¿Será que alguien quiere hacerles daño? ¿O alguien está intentando quitarle el mando a Dereck?

Todo encajaba de una manera inquietante. Él no haría daño a nadie... ¿verdad?

La voz de Dereck me sacó de mis pensamientos.

-Llegamos.

Parpadeé y miré por la ventana.

Frente a nosotros se alzaba una casa enorme, aunque llamarla casa era quedarse corto. Era una mansión, imponente y majestuosa, con una arquitectura elegante pero rústica, rodeada de una seguridad evidente: seis hombres apostados en la parte delantera, atentos a cada movimiento.

-Es hermosa -murmuré mientras bajaba del auto.

Antes de que pudiera dar un paso más, sentí los brazos de Dereck envolverme por la espalda. Su rostro se hundió en mi hombro y dejó un beso en la piel de mi cuello.

-Bienvenida -susurró en mi oído, con una voz que me hizo estremecer-. Espero que te guste y que estés cómoda aquí.

Me giré en sus brazos y lo besé.

-Me encanta -susurré contra sus labios antes de besarlo de nuevo.

Él sonrió contra mi boca y luego tomó mi mano.

-Ven, te mostraré nuestro cuarto.

Entramos a la mansión y cruzamos el vestíbulo, subiendo unas escaleras amplias de madera pulida. El recorrido fue un pequeño laberinto de pasillos hasta que finalmente nos detuvimos ante una puerta de mármol.

Cuando la abrió, me encontré con una habitación enorme, incluso más grande que la de la cabaña en la que habíamos estado.

Una cama inmensa se ubicaba en el centro, con sábanas de un blanco impecable y una cabecera tallada con detalles exquisitos. Pero lo que más llamó mi atención fue la enorme ventana al lado de la cama, que ofrecía una vista espectacular de un bosque denso, lleno de árboles enormes y espesos, cuyas hojas se mecían con el viento.

-Es hermoso -dije con una sonrisa.

-Si quieres hacerle algún cambio, puedes hacerlo -respondió, entrelazando nuestras manos.

-Así está perfecto.

Me acerqué a él y lo besé de nuevo. Diosa, le estoy dando demasiados besos, pero sus labios son adictivos. Es como si me llamaran, como el imán atrae al metal.

Cuando nos separamos, pregunté:

-¿Dónde está el baño?

Señaló una puerta, y fui directo a ella.

Al entrar, me quedé sin palabras.

El baño era enorme y lujoso. A la derecha, una espaciosa ducha de cristal, el sanitario y un elegante lavabo con un gran espejo. A la izquierda, un jacuzzi inmenso con una especie de fogata artificial junto a él.

-¡Diosa! -exclamé asombrada-. Pero qué hermoso...

No pude evitar chillar emocionada antes de salir del baño y dirigirme a otra puerta. Al abrirla, me encontré con algo aún más sorprendente.

-Diosa... -susurré, incrédula ante el tamaño del closet.

Era prácticamente un cuarto entero, con múltiples gaveteros, estantes organizados con precisión y una gran mesa en el centro con un jarrón decorativo. Pero lo que más me dejó sin palabras fue el espacio vacío en una parte del armario, como si estuviera reservado para algo especial.

-¿Es en serio? -me quejé mientras entraba-. ¿Es que aquí no conocen los tamaños normales?

Busqué entre las prendas y encontré una de sus camisas. Me puse unas bragas blancas y me enfundé su camisa, que me quedaba grande pero olía a él.

Cuando salí, Dereck ya estaba acostado en la cama. Me metí a su lado y lo miré con diversión.

-¿No conoces los tamaños normales? -repetí-. El baño y el closet son enormes.

Él solo rió y me besó la frente con cariño.

-Quería que mi luna estuviera cómoda -explicó con tranquilidad-. Pronto llenaremos el closet con tu ropa también. El lado vacío es para ti.

Fruncí el ceño.

-Pero es demasiado espacio -protesté-. Ni que fuera a comprarme toda una tienda de ropa.

-Si así lo quieres, así será.

Mis ojos se abrieron como platos.

-¿Qué?

-El dinero me sobra, y si es para consentirte, no me importa. Además, quiero que tengas ropa para toda ocasión. No querrás usar solo vestidos, ¿o sí?

-No... -admití-. Pero sigue siendo demasiado espacio.

-No importa -sentenció antes de besarme fugazmente-. Se llenará, y eso no está en discusión.

Me abrazó y me acurruqué en su pecho.

-Además... -susurró con tono juguetón-. Puedes hacer pasarelas en el cuarto, pero solo para mí.

Reí ante su comentario.

-Está bien -dije resignada-. Pero no compres pijamas. Usaré tus camisas...- murmuré de forma sumamente bajita sin verlo directamente, sintiendo mi rostro arder.

Asintió, complacido, y enredó sus brazos alrededor de mí.

Poco después, nos quedamos dormidos, envueltos en la calidez del otro.




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