Mi Luna Roja ( Mas Que Simples Mitos )

40 - Dereck

Estaba en el despacho, rodeado de papeles, fotografías y datos que intentaba procesar de forma coherente. Mis ojos recorrían las imágenes de los cadáveres que habíamos encontrado, las últimas víctimas de algo que no entendíamos del todo. Frente a mí, estaban Ian, mi beta, y Mario, mi delta, cada uno con una expresión tensa mientras observaban las fotos. Todos estábamos en silencio, pero la atmósfera estaba cargada de una creciente presión. La marca era lo único que todos los cuerpos tenían en común: una "R" con una rosa incrustada en el cachete, claramente una quemadura profunda. No era solo una señal, era una amenaza directa.

La marca era tan peculiar como aterradora. Una "R" mayúscula en cursiva, perfectamente definida, aparecía en el cachete de cada víctima. Pero lo que la hacía aún más perturbadora era la rosa incrustada que atravesaba la letra, como si fuera parte de ella. La rosa estaba tallada con una precisión impresionante, con los pétalos perfectamente delineados, pero de una forma tan intrínseca que parecía unirse a la "R" de manera natural, como si ambas formas fueran una sola entidad.

La marca no parecía ser una simple quemadura, sino una cicatriz deliberada, una señal de algo más. La rosa no era delicada, sino que parecía estar en plena floración, sus bordes afilados como si la quemadura misma hubiera sido diseñada para reflejar la complejidad de la flor: sus espinas, su estructura intrincada, su belleza oscura. La "R" en cursiva tenía una inclinación elegante, pero la rosa la atravesaba de tal manera que le daba un aire sombrío y malévolo, como si la belleza misma fuera una trampa mortal.

El color de la quemadura variaba ligeramente de un cadáver a otro. En algunos casos, la marca era de un tono rojizo oscuro, como si la piel hubiera sido quemada en un fuego intenso y directo. En otros, la quemadura era de un color grisáceo, como si el calor hubiera sido lo suficientemente fuerte como para descomponer la piel de una manera más letal, pero sin dejar un rastro de vida.

No importaba el estado en que se encontraran los cuerpos, la marca era siempre visible, perfectamente delineada, como si estuviera destinada a ser vista. Una amenaza aterradora, pero también una llamada de atención: algo más grande estaba en marcha, algo que no podíamos ignorar.

-Es marca de quemadura, supongo que es una amenaza... -comenté, mientras mi dedo recorría lentamente la fotografía de uno de los cuerpos. Mi mente se negaba a aceptar la magnitud de lo que esto significaba. Habíamos encontrado hasta ahora 12 cadáveres; hombres, mujeres, e incluso cuatro niños. Todos ellos miembros de nuestra manada. La ira comenzó a burbujear en mi interior, pero me obligué a mantener la calma.

-¿Cómo haremos? -preguntó Mario, mi delta, mientras sus ojos recorrían las fotos con inquietud. Su tono estaba teñido de preocupación, y su voz grave reflejaba el peso de la situación. -Si las cosas siguen así, tendremos que avisar a la manada y al consejo -añadió, mientras sus dedos tocaban las imágenes como si esperara encontrar alguna respuesta en ellas.

-Estoy de acuerdo -respondió Ian, mi beta, en un susurro mientras fruncía el ceño, evidentemente tan preocupado como Mario. -Pero esa marca... insisto que ya la he visto antes -se quejó, visiblemente frustrado. Lanzó las fotos sobre la mesa con un gesto brusco, como si la respuesta estuviera a su alcance, pero le resultara imposible encontrarla.

Lo sabía, lo sentía en los huesos. Esa marca me resultaba familiar, pero no podía recordar de dónde había venido. Había algo en ella, en su diseño, que me hacía pensar que no era la primera vez que me encontraba con ella. Pero la confusión me embargaba, y mi mente se negaba a darme una respuesta clara. Observé las fotos detenidamente, analizando cada detalle.

-Lo sé -respondí finalmente, mi voz tensa. Bajé la cabeza y me recosté en el respaldo de la silla giratoria. Pasé una mano por mi rostro, sintiendo el cansancio apoderarse de mí. -No sé dónde... -susurré, como si hablar en voz baja pudiera ayudarme a concentrarme mejor.

Fue en ese momento cuando escuchamos unos pasos apresurados acercándose al despacho. La puerta se abrió de golpe, y dos de los hombres que había dejado a cargo de Carolina entraron, visiblemente agitados. Su rostro reflejaba una mezcla de pavor y urgencia, algo que no podía ignorar.

-Alpha -dijo uno de ellos, jadeando, con el rostro pálido. Su voz era grave, apenas contenía la desesperación. Su mirada vacilaba, buscando algo en mi rostro. -La luna... -comenzó, y no terminó la frase, lo que me hizo alzar las cejas con preocupación.

Me levanté de golpe, mis ojos fijos en ellos, esperando que me dieran más detalles. La tensión creció, y no me gustaba la forma en que las palabras parecían escapar de ellos, como si no fueran capaces de encontrar la manera correcta de expresarlo.

-¿La luna qué? -pregunté, mi voz grave y controlada, pero sentía que la preocupación comenzaba a calar en mi pecho. Mi mente empezó a trabajar a toda velocidad, imaginando las peores opciones.

-La luna ha escapado de nosotros -dijo el segundo hombre, su respiración agitada. La angustia en su tono era inconfundible. Mi corazón dio un vuelco. Carolina. No podía ser...

-¿Cómo es eso posible? -preguntó Ian, incrédulo, mirando a los dos hombres como si no creyera lo que acababa de oír. No los culpaba. Yo tampoco podía creerlo.

-No lo sabemos, beta -respondió el primero, con voz más baja y grave. Sus hombros caían, como si la culpa lo estuviera aplastando. Sabía que ellos no lo habían hecho intencionadamente, pero no podía dejar de sentir la furia crecer dentro de mí. -La luna ha usado sus poderes para escapar, y... -el segundo hombre vaciló, sin saber cómo continuar. El miedo era palpable.

Mis puños se cerraron lentamente, y aunque quería estallar en furia, me obligué a mantener la calma. Sabía que Carolina no iba a hacer algo así sin razón. No era una niña, ella podía defenderse, pero su desaparición significaba que algo más grande estaba ocurriendo. Si estaba fuera de control, podría ser mucho más peligrosa de lo que imaginábamos.




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