Llego a la farmacia y me estaciono justo frente a la entrada. Apago la moto, respiro hondo y entro. Una campanita suena sobre la puerta, anunciando mi presencia. El lugar huele a menta y desinfectante, todo está impecablemente ordenado. Detrás del mostrador, una joven hermosa me observa. No debe tener más de 19 años. Su cabello castaño cae en ondas suaves sobre sus hombros, y sus ojos grises brillan con una extraña mezcla de curiosidad y reconocimiento.
-Buenos días -dice con una voz dulce-. ¿En qué puedo ayudarte?
De pronto, se detiene, como si algo le llamara la atención. Olfatea sutilmente el aire y su sonrisa se vuelve más suave, casi nostálgica.
-¿Eres la pareja de Dereck? -pregunta con naturalidad. Asiento sin decir palabra-. Salúdalo de mi parte, hace rato que no lo veo... -Hace una pequeña pausa, baja la mirada y susurra lo siguiente casi con desgano-. ¿Eres su mate... o solo otro pasatiempo?
El comentario me atraviesa como una lanza. Mi garganta se cierra y mis ojos arden. Qué bueno que Karla está dormida... porque si estuviera despierta, estaría llorando conmigo.
-Su mate -respondo con voz queda, cargada de una nostalgia que ni yo entiendo del todo.
-Lo siento, Luna... -dice rápidamente, como arrepentida por su atrevimiento.
-Tranquila... -le respondo con un gesto de la mano, fingiendo que no me ha afectado. Pero por dentro, estoy hecha pedazos.
-¿Qué necesitas? -pregunta enseguida, intentando cambiar de tema.
-Mmm... Condones, pastillas anticonceptivas y... una del día después -digo con voz firme, aunque me pesa cada palabra. Ella sonríe con comprensión y asiente.
-Espérame un momento, Luna -dice, saliendo de detrás del mostrador hacia un pequeño umbral.
Mientras desaparece, camino por la farmacia, dejándome envolver por el silencio del lugar. Llego hasta un pequeño congelador lleno de helados, paletas, refrescos y gaseosas. Abro la tapa y tomo un bote de helado de menta. Sobre el congelador hay cucharitas plásticas; agarro una sin pensar demasiado. Lo abro y comienzo a comerlo, sintiendo el frío calmar un poco el ardor en mi pecho.
Me siento en una de las sillas del rincón, comiendo a cucharadas grandes, luchando con las ganas de llorar. Es la segunda vez en el día que alguien me lanza una indirecta sobre Dereck... y duele. Duele más de lo que quiero admitir.
Al cabo de unos minutos, la chica regresa con una sonrisa amable. Creo que dijo que se llamaba María.
-Lo pagaré, tranquila -digo rápidamente al verla.
-No se preocupe, Luna. Aquí tiene lo que pidió -responde, mostrándome discretamente una caja de condones, otra de pastillas anticonceptivas y una del día después.
-Gracias -me levanto, aún comiendo el helado-. ¿Cuánto es?
-378 córdobas, contando el helado -dice mientras se ubica tras la caja registradora.
Asiento, saco el efectivo del bolsillo de mi pantalón y se lo entrego.
-Gracias por su compra, Luna -dice con una sonrisa sincera.
-Gracias a ti -respondo.
Antes de salir, me mira con una mezcla de firmeza y ternura.
-Luna... si Dereck llega a hacerte daño, me lo dices. No dudaré en patearle las bolas.
No puedo evitar reír, aunque se me hace un nudo en la garganta.
-Lo tendré en cuenta -digo, divertida. Abro la boca para proponer algo, pero me detengo a medio camino-. ¿Podremos ser ami...? -Niego para mí misma y finjo que no he dicho nada-. Nos vemos luego.
Salgo de la farmacia con otro bote de helado en la mano; me comí el primero en menos de cinco minutos. Meto las cosas en mi bolso, camino hasta la moto y me siento sobre ella, tomando una pausa antes de encenderla.
Desde la distancia, distingo a Hernesto y Enrique caminando cerca del parque que está a unos metros. Me miran. Hacemos contacto visual durante unos segundos, y luego ambos desvían la vista. Sonrío de lado y bajo la mirada hacia el helado, saboreando la última cucharada.
Después de un par de minutos, subo completamente a la moto, coloco el casco y arranco. El viento golpea mi rostro mientras me alejo. Pese a todo, a pesar de haber llamado a este lugar "mi casa" frente a esa chica, sé que no lo es. Mi hogar real sigue estando en mi manada... pero no puedo regresar ahí, al menos no por ahora.
Llego de nuevo a la casa de Dereck. Apago la moto, entro sin hacer ruido y me dirijo directo a la cocina. Siento la necesidad urgente de tomarme la pastilla. Abro el cajón, saco un vaso, lo lleno con agua fría del grifo y, como si fuera lo más normal del mundo, saco la cajita del bolso, deslizo un comprimido en mi mano y me la tomo.
Una rutina fría. Automática.
Como si fuera lo de siempre.
-Luna, el doctor está aquí -avisó el mismo hombre que me había hablado por la mañana.
Sentí un vuelco en el estómago. Dejé todo y salí corriendo hacia la sala. Mis pasos resonaban en el pasillo como si el miedo se convirtiera en eco. Cuando llegué, el doctor ya me esperaba.
-Buenos días, Luna -saludó con amabilidad.
-Buenos días -respondí rápido, sin ocultar mi ansiedad-. Seguro pensará que soy una paranoica por llamarlo solo por haberlo marcado... -dije, tomando el vaso con agua que aún tenía en la mano. Bebí el último sorbo con la garganta seca.
Él negó con la cabeza con una leve sonrisa.
-Muchos lo hacen, tranquila, Luna. Es completamente normal.
-No... no me malinterprete. No me preocupa el hecho de haberlo marcado, eso es algo que sucede, que forma parte de nuestro vínculo. Lo que me preocupa va mucho más allá -dije con un tono más serio.
Frunció el ceño.
-¿Entonces...?
Solté un suspiro tembloroso, sintiendo que mis palabras eran más pesadas de lo que imaginaba.
-Yo no soy como los demás. Si fuera una loba común, no estaría tan alarmada... -Hice una breve pausa, observando sus reacciones-. Soy loba de Luna Roja. Alpha de los míos... y también soy trihíbrida.
Sus cejas se alzaron levemente. Su expresión cambió, ahora parecía comprender el motivo de mi angustia.
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Editado: 15.07.2026