Mi Luna Roja ( Mas Que Simples Mitos )

51 - Carolina

Ya lo terminó de revisar. Me dijo que está muy bien, que cuando despierte tendrá mucha más fuerza física, además de una gran variación de poderes, y que es muy probable que desarrolle una que otra habilidad vampírica por la mordida. Aseguró que despertará dentro de unos cuatro días como mínimo. Al parecer, la marca, el pequeño cambio que está atravesando y el agotamiento por los orgasmos que tuvo lo dejaron completamente drenado. Pero estará bien. Estará bien... Eso fue lo que dijo. Y yo decidí creerle.

Asentí y le di las gracias por todo. Entonces, él me miró con curiosidad, casi como si pudiera oler la duda que me venía royendo desde hace horas. Me confesó que no sentía mi aroma de licántropa... ni siquiera algún otro aroma sobrenatural conocido, más que el de Dereck.

Accedí a que me revisara. No perdía nada, y por dentro... una voz me gritaba que necesitaba respuestas.

Cuando terminó, quedó fascinado. Literalmente fascinado. Me miraba como si acabara de descubrir una criatura legendaria que solo existía en libros antiguos. Según él, mi regeneración era más rápida que la de cualquier otro licántropo, era inmune a la plata -¡a la maldita plata!-, tenía una fuerza que superaba incluso a la de un alfa pura sangre, y ni hablar de la cantidad y variación de mis poderes. Dijo que mi habilidad para inducir sumisión era impresionante, casi como si mi voz pudiera alterar el alma. También habló de mi energía lunar: cómo se liberaba, cómo cambiaban mis ojos y mi cabello dependiendo de qué parte de mí usaba. Pero lo que más lo dejó sin palabras fue ver cómo podía dominar los tres lados al mismo tiempo. Tres esencias... todas en equilibrio dentro de mí.

Se fue agradecido, con esa emoción científica que tienen los que viven para descubrir lo imposible. Yo, en cambio, subí al cuarto con el corazón latiendo fuerte, queriendo observar mejor la marca que Dereck había dejado en mí. Era preciosa. De alguna manera, esa marca no solo me unía a él, sino que me anclaba a esta nueva versión de mí misma.

Pasó un rato, y decidí salir a despejarme. Necesitaba sentir el viento en la cara, escuchar el motor de mi moto, alejarme un poco. Cuando iba a encenderla para ir a Claro de Luna, vi a varios hombres corriendo hacia la casa. Instintivamente me puse alerta. Algo andaba mal.

-¿Qué pasa? -pregunté firme, levantando una mano para que se detuvieran.

-¿Luna...? ¿El alfa...? -parecían confundidos. Claro, no saben que he marcado a Dereck. No lo entienden.

-¿Qué pasa? -repetí, esta vez más seria. No tenía ganas de rodeos ni de excusas.

-El alfa se hará cargo, Luna -respondió uno con la típica condescendencia masculina que ya me tiene harta.

Bufé, bajando de la moto con fastidio.

-Maldito machismo... Repito, ¿qué coño pasa? -dije alzando la voz.

-Rougers -respondió otro, con tono urgente-. Están tratando de invadir la manada...

Mi mente se activó al instante.

-Bien. Vamos -dije sin pensarlo más, y empecé a correr hacia la entrada del territorio.

-Pero Luna, usted es mujer... el alfa podrá encargarse -insistió uno.

Me detuve en seco y me giré lentamente hacia él, sintiendo cómo la rabia crecía como una tormenta eléctrica dentro de mí.

-Vuelve a hacer un comentario así de machista y te demostraré lo que una mujer puede hacer. Además, Dereck está descansando. Así que muevan el culo, no quiero que nadie de la manada muera esta noche -gruñí.

Asintieron, y salimos corriendo. Pero yo no llegué corriendo como ellos. Bastó un chasquido de mis dedos, y me teletransporté.

Al llegar, la escena me revolvió el estómago.

Lobos de la manada peleaban con rougers que claramente estaban intentando defender a dos niños, un niño y una niña, no mayores de trece años. Estaban acorralados, temblando, llorando... y los miembros de MI manada, mi gente, eran los que los estaban rodeando como si fueran enemigos.

-No creo que hayan invadido por gusto -dijo Nancy, apareciendo a mi lado, tan seria como yo.

-Lo sé -respondí. Y sin más, me metí en la pelea. Dejé que mi escencia de Luna saliera, se extendiera como una ola. Los lobos de la manada se detuvieron de inmediato. Los rougers gruñeron, pero era distinto... no era odio, era miedo. Instinto. Me acerqué a los niños.

-Apártense -ordené a los lobos que rodeaban a los pequeños. No se movieron. No querían obedecerme.

-Es una orden -dije con voz de Luna. El poder brotó de mí con una claridad tan pura que todos se apartaron, cabizbajos.

Me acerqué a los niños. Estaban cubiertos de heridas, con ropa rasgada, sucios... Me recordaron a mí. A esa versión pequeña y sola que una vez fui, cuando todo lo que amaba desaparecía. Sentí que algo se rompía dentro de mí al verlos así.

Los rougers seguían gruñendo, así que los miré y les sonreí, con calma. Confundidos, bajaron la guardia un poco.

-Luna, ¿qué hace? -preguntó uno de los lobos.

-No tengo por qué darte explicaciones -dije sin mirarlo. Se calló. Bien.

Me acerqué más a los niños. Sus cuerpos pequeños temblaban. Sus ojitos asustados me miraban con mezcla de esperanza y terror. Los transformados estaban heridos, con el pelaje cubierto de sangre, respiraban con dificultad... pero no había muertos.

Eso me hizo sonreír.

Chasqueé los dedos y todas las heridas, tanto de los niños como de los rougers, desaparecieron en un instante. Los lobos de mi manada gruñeron, y los niños se asustaron aún más.

-¿¡Qué!? -grité, molesta. El sonido de mi voz los silenció de inmediato. Hice un hechizo de ropa y aparecieron seis cambios en mis manos: tres de mujer, tres de hombre. Les entregué los más pequeños a los niños.

-Pueden cambiarse allá -señalé un arbusto.

Asintieron con timidez. Les sonreí y besé sus mejillas. Los vi alejarse con pasos cortos.

-Bien. Vamos a esperarlos -les dije.

Luego, extendí la ropa a los rougers. Les hablé sin temor:

-No les haré nada. Y ellos tampoco.




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