-Así que guárdense sus comentarios, que en ningún momento los pedí... -concluí, alzando la voz con calma pero con firmeza, para que las palabras quedaran claras. La tensión que flotaba en el aire se disipó por un momento, aunque no dejaba de sentir que esa actitud tan defensiva de algunos seguía siendo un eco que resonaba en mi mente.
-Sí, Luna -respondió uno de los hombres, el que había hablado primero. Volví la vista hacia los rogues que ahora me miraban con una mezcla de sorpresa y algo de respeto. Parecía que no esperaban mi reacción tan directa, pero eso no me preocupaba. Los miré de vuelta con serenidad, como si me mantuviera en control de todo.
-Si no tienen problema, pueden ir a mi casa. Allí les daré de comer y tendrán acceso a una ducha si así lo desean -dije mirando a los adultos, mi tono más suave pero aún firme. No iba a permitir que alguien se sintiera incómodo por mi ayuda, pero tampoco iba a dar espacio para interpretaciones equivocadas sobre lo que pensaba de sus presencias en mis tierras-. No se preocupen, no les haré nada... siempre y cuando ustedes tampoco hagan nada -añadí de manera clara, como una advertencia, sin demasiada agresividad, pero sí con un toque de autoridad. A veces, la gente necesita saber hasta dónde pueden llegar.
La mujer que había hablado antes, con el cabello del mismo tono que la niña que me acompañaba, asintió rápidamente y dio un paso hacia adelante.
-En serio, no nos dimos cuenta cuando cruzamos su territorio -dijo con tono apenado, mirando hacia abajo como si hubiera hecho algo imperdonable-. Estábamos jugando con los niños y pasamos sin querer... -explicó, su voz temblando levemente. Sonreí de manera leve, tratando de aliviar su incomodidad, pero la miré fijamente para que entendiera que no todo era un simple malentendido.
Miré a los hombres de mi manada, los ojos de todos clavados en los nuevos rostros. Pensaba en cómo había llegado a este punto, cómo la situación había cambiado tan rápido. La vida, al parecer, tenía sus propios giros, y mis decisiones solo se volvían más complejas con cada paso.
-¿Lo ven? No todo el que pisa nuestras tierras lo hace con malas intenciones -dije, el tono de mi voz ahora más relajado. Era una verdad simple, pero a veces los más duros no se daban cuenta de las pequeñas enseñanzas que la vida les daba. Miré nuevamente a los niños, ellos siempre me habían tocado el corazón de una manera especial, y luego me volví a los adultos que ya casi formaban parte de mi entorno. Mi mente ya estaba trabajando en soluciones, pensando en cómo hacerles un lugar dentro de la manada.
-Bueno, vamos. Seguro se mueren de hambre -dije, haciendo un gesto hacia la casa. Los niños y los adultos asintieron con rapidez, los rostros de todos mostrando una mezcla de alivio y, quizás, un poco de timidez.
Caminé hacia la casa tomando la mano de cada niño. Sus pequeñas manos se aferraban a las mías con fuerza, como si temieran que en cualquier momento algo pudiera separarnos. Sentí cómo sus dedos se entrelazaban en un apretón involuntario, buscando seguridad. Yo no les soltaría. A lo largo del trayecto, traté de calmarlos, hablándoles con suavidad mientras compartían fragmentos de sus vidas, sus palabras entrecortadas, pero llenas de dolor. Sus historias eran desgarradoras.
"¿Cómo es posible que todo esto haya sucedido?" Pensaba mientras los escuchaba. La manada de estos niños había sido destruida por un grupo de licántropos y demonios, criaturas crueles que no habían tenido piedad. El hecho de que los sobrevivientes se convirtieran en rogues era aún más doloroso. En la vida de estos pequeños, el concepto de hogar y seguridad ya no existía.
Me apreté un poco más, dándoles la seguridad que necesitaban sin pronunciar palabra. Sabía que el dolor estaba presente en sus corazones, pero mi misión ahora era ofrecerles algo que los alejara de esa oscuridad. Es injusto, pensaba. Nadie debería vivir así, nadie debería perder su hogar de esa forma.
-Trataré de hablar con Dereck para que se queden aquí -les dije a todos, buscando la manera de que los rostros de los adultos se iluminaran. Algo tan sencillo como la posibilidad de un refugio les había dado esperanza. A pesar de sus preocupaciones, sus ojos brillaron de una manera que me conmovió profundamente.
-Mientras él despierta, pueden quedarse... -me detuve un momento a reflexionar-. Mmm, en la casa de los empleados, ¿les parece? Será solo por un tiempo, hasta que les consiga un lugar dentro de la manada. Los adultos pueden trabajar en algo mientras yo me ocupo de los niños. Los inscribiré en el colegio para que puedan aprender, socializar y seguir adelante -dije, con convicción. Mi mente ya planeaba todos los pasos. No era tarea fácil, pero no había vuelta atrás. Tenía que hacer todo lo posible para darles algo mejor.
-Muchas gracias, Luna -dijo la mujer rubia, con los ojos empañados de lágrimas. Se acercó a mí, tomó mi mano con mucha ternura y la besó. La aparté con suavidad, con una sonrisa amable, pero firme.
-No hay necesidad de eso -respondí, mirándola a los ojos. Sentí que su gratitud era genuina, pero no quería que se sintiera en deuda conmigo-. No soy ese tipo de persona... Ni lo seré nunca. Me llamo Carolina -dije, con serenidad, mientras nos acercábamos a la casa. Vi la moto afuera y recordé que aún tenía pendiente mi visita a Elizeo y Matías. Lo haré después, ahora tengo que asegurarme de que todo esté en orden aquí.
-Sara -dijo la mujer rubia, aún con los ojos llenos de gratitud.
-Sandra -agregó la otra, la de cabello negro azabache y ojos verdes, que era la madre de los niños-. Señaló a los pequeños-. Sergio -dijo el hombre con cabello castaño y ojos café, sonriendo con orgullo mientras veía a sus hijos.
Me fijé en los niños, observando sus rostros. El niño mayor tenía el cabello castaño de su padre y los ojos verdes de su madre. La niña pequeña, en cambio, tenía el cabello negro de su madre y los ojos castaños de su padre. Una mezcla perfecta de ambos, algo que me hizo pensar en lo importante que era la familia, a pesar de las adversidades.
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Editado: 15.07.2026