Mi Luna Roja ( Mas Que Simples Mitos )

53 - Carolina

"Un pequeño secreto no hace daño a nadie, lo que si hace daño es acumularlo hasta que estalla...
Es ahi donde te das cuenta que hasta la mas minima equivocacion derumba todo por lo que un dia soñaste..."

No salí de la mansión. Pasé el resto de la tarde jugando con los niños, intentando que se sintieran un poco más cómodos en ese lugar tan grande y lleno de historias. Después, los instalé en la casa de servicio de la mansión. Había algo extrañamente reconfortante en estar rodeada de ellos, aunque la casa parecía más fría y silenciosa de lo que estaba acostumbrada. La tarde se fue apagando lentamente, y con la caída de la noche, decidí que era hora de ir a cambiarme y tratar de dormir. Tenía la esperanza de que mañana saldría a hacer todo lo que había planeado, pero sabía que no sería fácil.

Estaba agotada, pero pasaron dos horas y aún no conseguía dormir. Suspiré profundamente, sintiendo cómo mi cuerpo se resistía al sueño. Me levanté de la cama, frustrada por la falta de descanso, y decidí salir al pasillo. Fui a la biblioteca, buscando consuelo entre los libros. Quizás encontraría algo que me ayudara a pasar el tiempo hasta que amaneciera o, si tenía suerte, me diera algo de sueño.

Recorrí las estanterías, tocando los lomos de los libros, buscando algo que me llamara la atención. Llegué hasta un estante en particular, y entre muchos libros, uno se destacó. Era un libro con palabras griegas grabadas en el lomo, una tipografía antigua que parecía brillar sutilmente. Sin pensarlo, lo tomé, y en el instante en que lo jalé, algo inesperado ocurrió: el libro se encendió en llamas. Mi respiración se detuvo por un momento, pero no me quemó ni me dio calor. Las llamas parecían alimentarse de algo que no entendía, y sin que pudiera explicarlo, abrí el libro. Las páginas brillaban con letras doradas, como si estuvieran hechas de pura luz. El fuego que rodeaba el libro se apagó casi inmediatamente. Tomé el libro con cautela, pero no sentí miedo. Me dirigí a uno de los cómodos sillones de la biblioteca para leerlo.

Pasaron varias horas mientras leía el libro. Cada palabra parecía traer consigo un peso y una revelación. Finalmente, al llegar a la última página, algo más apareció: una llave. Era extraña y hermosa, una llave cuyo diseño era como un rompecabezas. Su punta tenía una forma de pieza de rompecabezas, de un rojo tan profundo como la sangre. En la cabeza de la llave, había una rosa roja rodeada por alas plateadas, como si fueran de un ángel. La llave tenía un nudo alrededor de su cuerpo, que la hacía aún más misteriosa.

La tomé con delicadeza, pero al instante, algo extraño sucedió. La llave comenzó a arder, esta vez con llamas azules. Observé las llamas con curiosidad, sin sentir el peligro que normalmente asociaría con el fuego. Solo sentí una extraña conexión con la llave, como si supiera que me pertenecía de alguna manera. Las llamas no eran destructivas, solo brillaban, envolviendo la llave sin consumirla.

Llevé el libro y la llave de vuelta al cuarto. Estaba amaneciendo, pero no había dormido ni un solo minuto. Dejé el libro y la llave en el lavabo del baño, no sabía por qué, pero algo me decía que debía mantenerlas cerca. Me metí a la ducha, esperando que el agua tibia me ayudara a despejar la mente. Salí rápidamente, decidida a vestirme antes de que los niños se despertaran.

Fui al closet y elegí un conjunto sencillo pero cómodo: unos jeans azules rasgados en las rodillas, una polera verde pasto que había tomado prestada de Dereck, y unas botas negras que me llegaban hasta la rodilla. Salí del closet con los botines en la mano y me acerqué a la cama. Le di un beso a Dereck, que aún dormía profundamente, y al sentir su cálida presencia a mi lado, no pude evitar quedarme un momento más, acurrucada junto a él. El contacto con su piel me dio algo de consuelo, aunque no pude evitar pensar en todo lo que estaba pasando.

-¿Qué tantos cambios tendré? -dije, casi en un susurro cerca de sus labios. Mi corazón latía más rápido de lo normal, pero su cercanía me tranquilizaba.

Me quedé a su lado un rato más, disfrutando de su calor, hasta que finalmente me aparté para ponerme los botines. Bajé de la cama y, al salir del cuarto, me encontré con los niños. Ellos se quedaron parados en seco, como si se hubieran asustado por mi aparición repentina.




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