Asentí, entendiendo mientras rellenaba mi copa y la bebía de un solo trago. El ardor bajando por mi garganta era casi reconfortante.
-Si les decimos a todos esos... la duda sería si puede pagarnos a todos -rió mientras también bebía de su copa, con el mismo descaro con el que me lanzaba esas verdades incómodas.
-Claro que puedo -respondí con arrogancia, dejando que una sonrisa altanera se dibujara en mis labios-. Tengo para pagarle a quinientos hombres... o más. La misma cantidad o incluso más de lo que les di a ustedes.
Dejé mi copa vacía a un lado, al igual que la botella que antes estaba llena y ahora bajaba peligrosamente de la mitad. Me estiré con desgano, como si aquella charla no pesara tanto como en realidad lo hacía.
-Aquí el problema sería la traición... -me encogí de hombros, sin perder el tono tranquilo-. Yo no tengo ningún problema en confiar. Pero ustedes encárguense de que a ninguno se le ocurra ser tan estúpido como para traicionarme... y menos para contarle algo a Ray. Porque no solo mataría al traidor, también los castigaría a ustedes por idiotas. No puedo matarlos, ya lo saben, pero sí puedo hacerles mucho, muchísimo daño.
Mi voz seguía siendo tranquila, pero cada palabra se deslizó como una daga bajo la piel. No era una amenaza. Era una promesa.
-Bien -dijo el castaño, terminando su bebida al igual que el rubio.
Saqué dinero del bolsillo de mi pantalón y lo dejé sobre la mesa. Me puse de pie con elegancia y les indiqué que me siguieran. Mis tacones resonaron sobre la madera del local, marcando el ritmo de una decisión ya tomada.
Salimos de la taberna. Afuera, la luz de la luna se esparcía como un manto frío sobre la calle desierta. El aire helado acariciaba mi rostro con una suavidad que no podía describirse con palabras. Caminé con lentitud, alejándonos de ese lugar, hasta que consideré que la distancia era prudente. Entonces, chasqueé los dedos. Un campo invisible se activó a nuestro alrededor, creando un perímetro de diez metros donde nadie fuera de él podría vernos.
Suficiente.
El frío se colaba por mi ropa, pero lejos de incomodarme, me tranquilizaba. Era como si ese aire me limpiara de todo lo dicho y lo pensado. Como si pudiera empezar desde cero. Cerré los ojos un segundo... y entonces la mano extendida del castaño, sujetando una foto, me sacó de mis pensamientos.
-Es Ray -dijo.
Tomé la foto y lo vi. El rostro que me había perseguido en pesadillas estaba ahora impreso en papel. La edad ya lo había golpeado, pero al ser un híbrido entre licántropo y demonio, se mantenía firme. Su condición física era impecable, imposible de ignorar.
Era él. El hombre que mató a mis padres. El que me impuso esta maldición.
En la imagen estaba de perfil, sin camisa, con un simple pantalón de dormir gris. A su alrededor, varios hombres con aspecto similar: musculosos, sin camiseta, relajados como si la brutalidad no los rozara. Supuse que era una sesión de entrenamiento, por el sudor en sus cuerpos y el desorden en sus cabellos.
Sus ojos, aunque de perfil, brillaban como perlas verde oscuro, como el césped marchito que aún no muere y tú insistes en regar con la esperanza de que reviva. Su piel era tan pálida que podía confundirse con la de un vampiro, y su cabello, medianamente largo, caía desordenado sobre su rostro como si se negara a mantenerse domado.
Analicé cada detalle. El fondo, la textura, la ubicación. No había margen para errores. Después de unos segundos, chasqueé los dedos, dejando caer tres fajos de dinero a cada hombre. Me importaba poco si era mucho. Tenía de sobra. Siempre tendría de sobra mientras siguiera traficando ese polvo blanco que tanto adoraban los adolescentes tontos.
Desde antes de que Dereck me encontrara, ya estaba en esto. Entré al negocio por petición de un cliente, y pronto me encantó. Más que vender, me fascinaba encontrar hombres fieles e inteligentes, capaces de transportar la mercancía y lavar el dinero sin dejar huellas.
Ambos tomaron el dinero y sonrieron.
-Cada fajo tiene veinte mil. Será la única vez que les dé tanto -dije sin despegar la mirada de la foto-. Me han dado lo que más deseaba... y también es el pago por la información que me facilitaron.
Guardé la imagen en el bolsillo trasero de mi pantalón.
-Reúnan a todos los hombres que puedan para mañana. En el mismo lugar donde nos vimos por primera vez. Los espero a las cinco de la tarde.
Me giré y comencé a alejarme, chasqueando los dedos nuevamente para desactivar el campo que nos protegía del mundo exterior.
-Espero que sean puntuales -concluí sin mirar atrás.
No sé a qué hora empezó a aclararse el cielo. No supe tampoco cuánto tiempo había pasado desde que salimos de la taberna. Pero no me importaba. Dereck seguía dormido y eso era lo único que necesitaba.
Llegué a las puertas de la mansión y las crucé de un salto, cayendo de pie del otro lado de la reja. El frío ya no me acariciaba. Ahora me empujaba hacia adentro. Subí con paso firme hasta el cuarto. Era hora de bañarme, comer algo... y luego investigar más sobre el cuarto de Mirna.
El juego apenas comenzaba.
(...)
Seis días.
Seis miserables y malditos días lleva dormido Dereck.
Mientras el doctor lo revisa, yo camino de un lado a otro fuera de la habitación, con los nervios desgarrándome por dentro, esperando-no, rogando-que salga con buenas noticias. Pero sé lo que va a decir. Lo mismo de siempre. Ese estúpido argumento de "los cambios por la marca" y "los poderes que desarrollará con esta". Bla, bla, bla...
Si me vuelve a repetir lo mismo, juro que lo saco a patadas de esta casa.
Entonces, la puerta se abre. El doctor sale con una expresión que me hiela la sangre. Es miedo. Miedo real. Lo veo en sus ojos.
-¿Qué pasa? ¿Por qué no despierta? -pregunto alterada, sintiendo cómo la ansiedad me trepa por la garganta.
-No lo sé, Luna... -responde con la voz temblorosa, como si le costara formar palabras.
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Editado: 15.07.2026