No sé por qué, pero no puedo abrir los ojos. Es como si una fuerza invisible los mantuviera cerrados, como si cada intento por moverme fuera un peso insoportable. Estoy tan cansado... tan completamente agotado que incluso respirar parece un acto de voluntad que no siempre logro cumplir. Abrir los ojos se ha convertido en una especie de misión suicida, una batalla interna que siempre pierdo.
Siento el mundo moverse a mi alrededor, lejano, como si estuviera bajo el agua. Voces apagadas, pasos suaves, ecos de un mundo del que me encuentro apartado... pero no desconectado.
Y entonces está ella.
Carolina.
Siento cómo se despide cada vez que sale del cuarto. Su voz dulce, aunque un poco cansada, susurra palabras que siempre me dedica, como si esperara que algún día yo le respondiera. Me cuenta cómo le fue en su día, habla de la manada, de los conflictos, de las decisiones que ha tenido que tomar. Hay veces en las que incluso ríe al contarme algo gracioso, aunque su risa suene cada vez más forzada, más rota. Ella piensa que estoy dormido, perdido en la inconsciencia, atrapado en algún lugar inalcanzable.
Pero yo la escucho.
La escucho con cada fibra de mi ser.
Siento cada palabra, cada pausa en su voz cuando duda, cada suspiro que suelta cuando cree que no la oigo. Y aunque no pueda moverme, aunque mi cuerpo esté atrapado en esta prisión de carne inerte, mi alma se mueve desesperada, queriendo alcanzarla, abrazarla, decirle que estoy aquí... que no está sola.
Los problemas en la manada han aumentado. Lo sé por lo que me cuenta, por el tono de preocupación que lleva cuando habla con los demás creyendo que no los escucho. Las discusiones en el pasillo, las decisiones que deben tomarse sin mi guía... El peso que antes compartíamos ahora recae enteramente sobre sus hombros.
Y no solo eso... Desde hace tiempo, Carolina está siguiendo pistas. Huellas antiguas, fragmentos de una historia que la persigue como una sombra. La maldición que lleva en la sangre, ese sello oscuro que la debilita, que la persigue desde hace años... ella está segura de que el mismo hombre que la maldijo es quien está matando a nuestra manada, uno a uno, lenta y cruelmente. Ella lo siente, lo sabe. Y no le basta con saberlo, quiere pruebas, quiere respuestas. Quiere justicia.
Y yo... yo necesito despertar.
Me urge. Me quema la necesidad de abrir los ojos, de sentarme a su lado, de tomar su mano y decirle que no tiene que hacerlo sola. Que estoy con ella. Que siempre lo estaré. Pero por más que intento mover los dedos, por más que trato de incorporarme, es como si mi cuerpo se negara. Como si algo me estuviera sujetando desde dentro, forzándome a permanecer inmóvil, a ser un espectador mudo del sufrimiento de la mujer que amo.
No sé cuánto tiempo más pueda soportarlo.
Este silencio me duele más que cualquier herida física. Esta impotencia me consume, me destroza desde adentro. Me siento prisionero en mi propio cuerpo, gritando sin voz, suplicando sin poder alcanzar.
Pero sé que ella no se rendirá. Carolina es fuego y es acero. Aunque sus hombros tiemblen por el peso, aunque su voz a veces se quiebre, sigue adelante. Por mí. Por los suyos. Por lo que somos.
Y aunque no pueda hablarle, aunque no pueda tocarla, cada vez que se acerca, cada vez que su mano roza la mía, mi alma arde un poco más, recordándome que aún hay algo por lo que luchar.
Tengo que despertar.
Por ella.
Por nosotros.
Por todo lo que aún no le he dicho.
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Editado: 15.07.2026