"Si los ángeles pueden matar ¿porque un demonio no puede amar?"
Tengo el peso del cuerpo de Carolina sobre mí, abrazándome con fuerza, como si temiera que, si me suelta, desapareceré para siempre. Sus sollozos suaves golpean contra mi pecho, como gotas de lluvia tibia. Sus manos tiemblan, y entre dientes suplica, en un susurro que me parte el alma, palabras que no logro entender del todo. Solo sé que me necesita, y no puedo responderle. Quiero... quiero abrir los ojos, mover los brazos, devolverle el abrazo, decirle que estoy aquí, que no se preocupe, que no me iré a ninguna parte... que aunque todo se venga abajo, estaré con ella. Pero mi cuerpo no reacciona. Siento que estoy encerrado en una prisión invisible, atrapado entre la conciencia y el abismo.
Mi mente grita por moverse, por liberarse. Trato de enfocar toda mi energía en un solo objetivo: abrir los ojos. Pero cada intento termina en un fracaso. Los párpados me pesan como si llevaran años cerrados, como si la oscuridad se aferrara a mí con garras invisibles. El cansancio es brutal, como una ola gigantesca que me arrastra cada vez que intento salir a la superficie.
-Maldita sea... -pienso, lleno de rabia, una furia que arde en mi pecho, alimentada por la impotencia.
¡Luna! -escucho gritar a alguien desde afuera, y el estruendo de la puerta al ser abierta de golpe me sobresalta. Carolina se levanta de golpe, alejándose de mi pecho. El calor de su cuerpo se va con ella y, de repente, todo me parece más frío, más solo.
-¿Qué pasa? -pregunta. Su voz está rota, y aunque intenta sonar fuerte, puedo sentir el dolor detrás de cada palabra. Ha estado llorando. Lloraba a mi lado... en silencio. Y yo... yo sin poder hacer nada.
-Hay varios muertos -responde un guardia, su respiración agitada lo delata-. En el lado oeste de la manada... Todos son los desaparecidos...
La escucho maldecir entre dientes, con esa rabia sorda que lleva arrastrando desde hace días. Luego baja de la cama con rapidez. La habitación se siente más vacía sin ella.
-¡Maldita sea! -grita Carolina con rabia, esa que ya se le ha vuelto costumbre. Sé que no está de humor, que lleva días sosteniéndose con hilos. -Vamos. -dice, con decisión, mientras se aleja a paso firme. Un segundo después, la puerta vuelve a cerrarse con violencia.
"Despierta..." me digo, desesperado. Mis pensamientos son como cuchillos afilados que se clavan en mi mente. No puedo quedarme aquí. No ahora. "Vamos, despierta, inútil", me gruño a mí mismo, con la esperanza de que la rabia me despierte, que el odio por esta maldita debilidad despierte algo en mí.
El silencio no dura mucho.
Pasan unos minutos, o tal vez segundos, y afuera se escuchan gritos. Gritos que vienen de todas direcciones. Luego, la cama tiembla... no, la casa tiembla. La tierra está temblando. Todo se está desmoronando. Y yo sigo atrapado.
-¡¡Despierta, carajo!! -me grito en mi mente, y la desesperación me consume como fuego. Entonces... entonces lo siento. Un leve cosquilleo. Mi mano derecha. ¡Puedo sentirla! ¡Puedo moverla!
No me detengo.
El terror me invade al escuchar la alarma de la manada sonar. El sonido cortante me sacude los nervios como una descarga eléctrica. ¡Carolina está allá afuera! ¡Y puede estar en peligro! ¡Y yo aquí... inútil! El cansancio me jala, me quiere hundir, pero lo ignoro. No tengo tiempo para rendirme.
No ahora.
Sigo luchando, forzando mi cuerpo a reaccionar, rogándole a mi alma que no me abandone.
Carolina me necesita. Y no pienso fallarle.
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Editado: 15.07.2026