Estoy de camino al lado oeste de la manada para ver los cuerpos que aparecieron. Mi corazón late con rabia contenida, con dolor acumulado. Cada paso me pesa aunque mi velocidad vampírica me impulse como si flotara.
-Esto está yendo muy lejos -gruñe mi vampira interior con furia.
-¿¡Y acaso crees que no lo sé!? -gruño en voz alta, incapaz de contener la ira. Estoy harta de esto. Harta de cargar con tanto.
Mi mente es un caos: Dereck postrado en una cama, herido, débil. Cuerpos regados por toda la manada, gente inocente, niños incluso, sin vida... la venganza y la recolección de información caen sobre mis hombros como un peso insoportable. Los ataques no cesan. Estoy al borde.
No puedo más. No sin Dereck.
Se escuchan gritos por todos lados, desgarradores, aterradores. Corro con todas mis fuerzas hacia el lado oeste, el viento corta mi rostro como cuchillas invisibles. Cuando llego, me detengo de golpe: hay ocho niños y tres hombres... todos con la maldita marca de Rey en la cara. La misma marca que he visto en pesadillas, la misma que odio con cada célula de mi cuerpo.
Una nota yace en el pecho de uno de los hombres. La recojo con dedos temblorosos, aún sabiendo que no me gustará lo que leeré.
"Nos vemos pronto, linda... Espero no te hayas olvidado de mí."
Arrugo la hoja con rabia y la convierto en cenizas con un chasquido de fuego en mis dedos. El papel arde como si fuera gasolina. No estoy para esta mierda.
Gruño con tal furia que la tierra a nuestros pies tiembla levemente. Estoy cansada, estoy furiosa, estoy al límite. Una alpha de Luna Roja, trihíbrida, con sangre vampira, licántropa y demoníaca, ahora siendo Luna de una manada poderosa, alterada, emocionalmente rota... no es una buena combinación.
-Ese hijo de la recontra puta... -pienso, apretando los puños con tanta fuerza que mis nudillos se blanquean y mi piel cruje.
No estoy de humor para esta mierda.
Gritos continúan estallando por toda la manada. De pronto, suena la alarma, estridente, como una bofetada sonora que me despierta aún más al horror.
-¡¡Protejan con su vida a las mujeres y niños!! -grito con la voz gutural de Luna, demasiado irritada, colmada. Mis palabras sacuden el aire como truenos-. ¡Y los que puedan luchar, hagan que duela! ¡No quiero más muertos en esta manada!
Entonces los veo. Doce... doce malditos híbridos demonio/licántropos. Convertidos. Sus cuerpos desbordan aura oscura, pútrida, como si cada célula de ellos gritara muerte. Mi piel se eriza. Mis manos me pican. La rabia se acumula como magma a punto de estallar.
-¡Si aprecian sus patéticas vidas, largo de aquí! -rujo, una vez más, y la tierra vuelve a temblar como si respondiera a mi cólera. Los gritos de fondo no cesan. Los niños lloran. La desesperación está en el aire.
Los guerreros, hombres y mujeres valientes, se colocan frente a quienes no pueden luchar. Son un escudo humano. Yo los observo y siento que fallo si no los protejo... si pierdo el control, puedo dañarlos.
Pero la ira me recorre como un veneno caliente. Mis manos arden. Mis ojos pican como si estuvieran en llamas. ¿Qué me está pasando?
Uno de los demonios aprovecha mi distracción y se lanza sobre mí. Me hace caer de cara al suelo. El golpe me sacude.
-A la mierda el control -gruño desde el suelo y me levanto con furia desatada.
Mis manos queman más, mi visión se distorsiona, mi cabello... lo veo por el rabillo del ojo. Está en llamas. Llamaradas rojas danzan desde mi cuero cabelludo. Mis ojos se tornan blancos, sin pupilas, vacíos... como si la furia se hubiera apoderado de mí.
Ataco. Golpeo, muerdo, lanzo fuego con cada puñetazo. Los demonios caen uno a uno, mis manos arden más que nunca.
Pero entonces... mis manos se enfrían.
¿Qué...?
Miro mis dedos. Están azulados. Mis palmas heladas. Mi cuerpo es una combinación de fuego y escarcha. Otro demonio se lanza hacia mí y por puro reflejo lo toco con la palma. Al instante, su cuerpo se congela completamente. Se convierte en una estatua de hielo que cae y se hace pedazos contra el suelo.
Entonces lo entiendo. Mi desequilibrio emocional está abriendo puertas dentro de mí que nunca había tocado.
-¡Lárguense! ¡Díganle a su jefe que no venga a joder con peones! -mi voz retumba, y cada palabra hace temblar la tierra. Una grieta se abre bajo mis pies.
-¡Que venga de una buena vez para que acabemos con esto de raíz! ¡Y que deje de matar inocentes! -gruño, el aire se vuelve más pesado. Mis ojos brillan. Nadie se atreve a acercarse. No tengo idea de cómo me veo ahora, pero todos me miran con un miedo que no puedo ignorar.
-¡Y si no lo hace, lo buscaré hasta debajo de las malditas piedras hasta acabar con él! -grito. Los tres demonios que quedan retroceden, aterrados. Salen huyendo, dejando atrás cuerpos, gritos y miedo.
Mi pecho sube y baja agitado. No logro controlarme. Algunos de la manada intentan acercarse... y yo retrocedo. Soy un peligro. Soy inestable. No quiero hacerles daño. Paso mis manos por mi cabello en un intento de apagar las llamas, pero no se apagan. Mi respiración se vuelve errática. Jadeo. Mis piernas ceden.
Caigo al suelo. Apoyo las manos en la tierra y esta se congela de inmediato. Como en esa escena de Frozen, cuando Elsa toca el lago al huir del castillo. Diosa...
Me siento como Elsa por el hielo... y como la princesa flama de Hora de Aventura por el fuego.
Soy fuego y hielo al mismo tiempo, caos y furia, descontrol total.
Respiro más agitada, desesperada por calmarme. Debo normalizarme, aunque sea un poco. Debo apagar las llamas, controlar el frío. Si sigo así... puedo destruir a todos los que intento proteger.
Toda la manada está en peligro.
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Editado: 15.07.2026