Pude despertarme. Lo primero que noto es un cambio... no, un torrente de energía latiendo en cada rincón de mi cuerpo. Es como si algo dentro de mí hubiera despertado también. Siento que mis sentidos están más agudos, que mi piel arde con algo invisible. Pero todo eso lo ignoro. Porque hay un aroma que se impone ante todo: Carolina. Su esencia es intensa, casi desesperada.
Corro. Mis piernas se mueven por impulso, como si cada célula de mi ser supiera exactamente a dónde ir. No pienso, solo me dejo llevar por ese olor que me llena el alma y el pecho. Y entonces la veo.
Me detengo en seco. Mis ojos se abren de par en par.
Carolina está... en llamas. Su cabello arde como una antorcha viva, sin consumirla. Es fuego puro, salvaje, hermoso y aterrador. Frente a ella, un hombre se congela al instante con un solo toque de sus manos. Su cuerpo queda cubierto de escarcha, sus pupilas se nublan... y cae. Inerte.
"¿Pero qué...?", No logro completar el pensamiento. Mi mente se niega a procesar lo que ve.
Y entonces su voz truena por el aire. No como una voz humana... es como un eco de algo ancestral. Algo más grande. Retumba en el suelo, hace temblar la tierra como si un sismo respondiera a su rabia.
Sin pensarlo, la sigo. Su presencia me arrastra, como si el mundo se redujera únicamente a ella.
Cada palabra que sale de su boca está teñida de furia, dolor y algo más profundo... algo roto. Su voz está entrecortada, y cada frase que dice hace que su fuego crezca, que las llamas se eleven más y más alto como si respondieran a su agonía interna.
Quiero moverme, quiero correr hacia ella. Pero no puedo. Estoy congelado. En shock.
Los demonios que aún quedan retroceden con terror. Algunos huyen como alimañas, otros simplemente desaparecen. Carolina respira con dificultad, su pecho sube y baja rápidamente. Está agitada, fuera de control.
Los de la manada intentan acercarse, pero ella niega con la cabeza, retrocede, los rehúye. Da un par de pasos hacia atrás y cae de rodillas al suelo. Apoya las manos sobre la tierra, y al contacto, esta se cubre de hielo al instante, como si su tristeza helara el mundo. Su respiración es errática, cortada. Como si luchara por el aire. Como si su alma estuviera desgarrándose.
-¡Muévete de una vez! -gruñe mi lobo dentro de mí, feroz, impaciente. Y esa voz me arranca del trance.
Corro. Me acerco a ella sin pensarlo, sin miedo, sin detenerme a cuestionar si es seguro. Me arrodillo frente a ella y le tomo el rostro entre mis manos. Y entonces... lo siento. Su fuego no me quema. Me acaricia. Me envuelve como un susurro cálido, como una corriente eléctrica que no daña, solo cosquillea. Es... hermoso.
Sus ojos están completamente blancos. Sus mejillas están empapadas de lágrimas. Lágrimas que me parten el alma. La miro directo a esos ojos vacíos y en el fondo... ahí está ella. Mi Carolina. Perdida, temblorosa, pero aún ahí.
-Soy yo... -susurro, aunque no digo nada en voz alta.
Y lentamente, como si mis manos le recordaran quién es, su respiración comienza a calmarse. Las llamas de su cabello se apagan, poco a poco, hasta que solo queda su melena roja, alborotada, empapada de sudor. Sus ojos regresan a su color natural, llenos de lágrimas, llenos de dolor.
La envuelvo en mis brazos. Con fuerza. Como si al abrazarla pudiera reconstruirla, protegerla, sellar cada grieta que el miedo le abrió. Ella no dice nada. Llora en silencio. Se aferra a mí con desesperación, escondiendo su rostro en mi pecho, temblando. Sus manos aprietan mi camisa como si al soltarla fuera a perderse para siempre.
Observo a mi alrededor. Hay al menos diez cuerpos. Tres están calcinados, irreconocibles. Dos están cubiertos de hielo, congelados como estatuas trágicas. El resto ha muerto por armas. Algunos todavía tienen el terror pintado en sus rostros.
Más allá, veo cuerpos marcados. Una "R" con una rosa tallada en sus mejillas. Un mensaje. Una amenaza. Un símbolo de los responsables.
El mismo que ha estado apareciendo constantemente por todos lados tallado en cadáveres.
Aprieto a Carolina con más fuerza. El hielo bajo nuestros pies empieza a derretirse, se desvanece lentamente. Su respiración se ha calmado un poco, pero ella sigue aferrada a mí, llorando como si sus lágrimas fueran lo único que la mantiene viva.
-De... Dereck... -susurra entre sollozos.
-Estoy aquí, mi amor. Ya pasó -le acaricio la espalda con ternura, con cuidado, como si tuviera miedo de romperla.
La levanto en brazos, con suavidad. Ella se acomoda en mi pecho sin dudarlo, hundiendo el rostro en mí una vez más. Me aferro a ella como si fuera lo más preciado que tengo en este mundo. Porque lo es.
-Denles sepultura a los fallecidos... -mi voz suena distinta. Profunda. Firme. Usé mi voz de alfa... pero se siente más que eso. Suena como una orden que no puede cuestionarse.
Hago una pausa. Miro al frente, hacia la casa, y añado con una certeza que vibra en mi pecho:
-Ya he regresado...
Y comienzo a caminar con Carolina en brazos, mientras ella llora contra mí. Más fuerte esta vez. Seguramente estuvo aterrada todo este tiempo. Sola. Desbordada. Y yo no estuve con ella.
Pero eso se acabó.
Ahora no la voy a soltar.
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Editado: 15.07.2026