Mi Luna Roja ( Mas Que Simples Mitos )

62 - Dereck

"Comprendi que era mejor estar sola. No para que la gente no me hiciera daño, sino para protegerlos de mi"

Entro a la casa con Carolina en brazos, aún mientras llora desconsolada contra mi pecho. Su cuerpo tiembla, y se aferra a mí como si mi existencia fuera lo único que pudiera mantenerla en pie. Siento su respiración entrecortada, los sollozos que suben desde lo más profundo de su alma, como un grito ahogado que no puede liberar. Mi pecho duele. La miro, y aunque su rostro está enterrado en mi cuello, puedo notar cómo su fragilidad lo consume todo.

-Perdóname... -susurra apenas cruzamos la puerta del cuarto-. Por aparecer en tu vida... -continúa entre sollozos.

Sus palabras me golpean como una bofetada. Frunzo el ceño. ¿Cómo puede siquiera pensar eso?

La siento en la cama con cuidado, sin dejar de sostenerla como si tuviera miedo de que desapareciera si la soltaba. La detallo mejor ahora que la luz suave del cuarto nos envuelve: está pálida, los ojos hinchados, rojos por tanto llorar. Sus mejillas están más delgadas, su figura más frágil, como si el dolor le hubiese ido robando pedazos de vida sin que se diera cuenta. Su mirada... esa mirada que antes brillaba con luz propia, está apagada. Vacía.

-Si no me hubieras conocido... -murmura. Sus manos tiemblan sobre su regazo.

Me parte el alma verla así. Siento una punzada de rabia contra todo lo que la ha hecho daño, contra quien sea que le haya metido esa idea en la cabeza. Me inclino hacia ella.

-No lo digas -la corto suavemente, pero con firmeza. Ella baja la mirada, cierra los ojos y nuevas lágrimas corren por sus mejillas, como si no pudiera contenerlas ni un segundo más.

Tomo su rostro entre mis manos, con la delicadeza de quien sostiene un cristal a punto de romperse. Mis pulgares limpian su llanto sin prisa, sin urgencia. Inclino mi rostro y beso su párpado izquierdo, luego el derecho. Quiero que sienta que estoy aquí, que no está sola.

-Tú no tienes la culpa... -le digo, mirándola directamente a los ojos, sin apartar mis manos de su cara-. Eres lo mejor que me ha pasado. Lo que me devolvió a la vida... Sin ti, sentía que cada día simplemente hacía lo que debía, como una rutina vacía. Pero contigo... todo tiene sentido.

Junto nuestros labios en un beso lento, profundo, lleno de amor. Uno de esos besos que lo dicen todo sin palabras, que suplican que entienda que nada de esto es su culpa. Que, al contrario, desde que llegó a mí, todo ha sido mejor. El beso se vuelve salado. Las lágrimas siguen cayendo de sus ojos, amargas, cargadas de dolor, culpa, odio... y un sinfín de sentimientos oscuros que no merecen habitar en ella. Me separo suavemente, pero sin romper el contacto de nuestras miradas.

-Te amo... y eso jamás va a cambiar -le susurro con la verdad latiendo fuerte en cada palabra.

Ella me abraza con fuerza, como si por fin pudiera respirar. Su voz, rota y suave, acaricia mi oído.

-Yo también te amo... -dice.

Una sonrisa se forma en mis labios, amplia, sincera. La separo de mí solo para besarla de nuevo, esta vez con necesidad, con ese impulso irrefrenable de querer fundirme en ella. Su cuerpo se desliza hacia la cama y yo la sigo, colocándome encima con cuidado.

El beso se vuelve más caliente, más feroz. Ella se aferra a mis hombros con desesperación, sus dedos rasgan mi camisa como si el contacto de la tela le estorbara. Nuestras lenguas se entrelazan en un vals íntimo y apasionado. Me separo apenas por falta de aire, jadeando. Siento la presión en mi pantalón. Dirijo la mirada hacia abajo y confirmo lo evidente. Estoy duro por ella. Por su cuerpo, por su presencia, por todo lo que representa.

Ella también lo nota y me mira con una sonrisa inocente que me hace reír bajo. Niego con la cabeza, devolviéndole la sonrisa, y entonces vuelve a besarme con la misma intensidad.

-Repítelo -le pido al separarnos por un instante.

Ella me mira como si no entendiera por qué, pero luego sonríe.

-Te amo... -dice, con la respiración entrecortada por todos nuestros besos.

Beso su cuello, bajando lentamente hasta su pecho. Un gemido escapa de sus labios y me alimenta el alma. Continúo mi camino hasta su cintura, levantando la camisa que lleva puesta. Me doy cuenta que es una de las mías, lo que hace que mi corazón se agite más. Se sienta con suavidad, ayudándome a quitársela, y yo lo hago sin apartar los ojos de ella.

Dejo besos húmedos en su abdomen, adorando cada rincón de su piel, subo nuevamente hasta su pecho, aún cubierto con un sostén negro que se tensa ligeramente con su respiración agitada. Ella me observa, perdida en el momento, y por primera vez en días, veo un destello de vida regresando a sus ojos.

Y juro que haré lo que sea para que esa luz nunca se apague otra vez.

Beso el pecho derecho y ella gime de nuevo, eso solo me provoca a tener más erecto mi miembro, gruño de satisfaccion.

Ella termina de quitarme la camisa, o lo que quedaba de ella ante sus manos rasgandola.




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