-Carolina -la llamo con suavidad desde la cama, mi voz apenas un susurro que rompe el silencio del cuarto.
Estamos en nuestra habitación. La tarde filtra su luz a través de las cortinas, bañando todo de un tono ámbar cálido. Ella sale del baño en silencio, con el cabello aún húmedo y desordenado, usando solo un sostén oscuro y un short sencillo. En las manos sostiene una camisa, que se coloca con calma, casi como si cada movimiento fuera medido para no romper la quietud del momento.
Al terminar, me mira. Sus ojos reflejan serenidad, pero su cuerpo habla otro idioma: está alerta, como si algo dentro de ella supiera que esa calma está por romperse.
-¿Sí? -pregunta, con una voz tranquila que se quiebra apenas perceptiblemente.
-No estaba totalmente inconsciente -digo. Su ceño se frunce al instante. Una línea delgada de preocupación aparece entre sus cejas. Me incorporo un poco sobre la cama, sin quitarle la vista de encima-. Desde el segundo día... podía sentir y escuchar todo lo que pasaba a mi alrededor.
Ella se queda inmóvil. Sus manos, que hace un segundo acomodaban su camisa, ahora cuelgan a los lados. Su espalda se tensa, como si el aire mismo le pesara de pronto.
-Entonces... -susurra, apenas audiblemente. Parece que cada palabra le cuesta-. ¿Entonces tú...?
-Escuchaba todo lo que me decías y hacías -termino por decirlo. Ella aparta la mirada, clavando los ojos en el suelo, como si buscara ahí una salida-. Sé lo que hacías cuando salías del cuarto... y también escuché todo lo que me contabas sobre tu día, como si lo viviera contigo.
Ella cierra los ojos por unos segundos. Respira profundo, pero el aire entra con dificultad. Su cuerpo entero parece encogerse.
-¿Sabes lo de...? -intenta hablar, pero la voz se le quiebra. Aquella palabra le pesa más de lo que quisiera admitir. Me mira, y esta vez sus ojos están cargados de miedo-. ¿Ray y lo que...?
Asiento lentamente, sin romper el contacto visual.
-Todo -le aclaro, con suavidad pero sin rodeos. Me levanto de la cama, caminando hacia ella con pasos pausados. Cuando estoy frente a ella, le tomo el rostro entre las manos, con una ternura que sólo ella logra despertar en mí-. Te quiero ayudar, Carolina. Como alfa de esta manada... y como tu pareja de vida -digo con el corazón expuesto, dejando que vea lo que siento.
Ella parpadea rápido, como si quisiera espantar las lágrimas antes de que se atrevan a caer. No lo logra. Una resbala por su mejilla y yo la limpio con el pulgar, sin apartarme.
-Pero... no quiero ponerte en riesgo -murmura con firmeza, aunque no puede sostenerme la mirada-. Esto... lo haré yo sola. Solo te mantendré al tanto de todo, ¿sí?
-Carolina... -susurro, pero no alcanzo a decir más.
Unos golpes suaves suenan en la puerta. Ella da un paso atrás casi por instinto y se acomoda la camisa con apuro.
-Pasen -dice, y su voz ya no tiembla. Vuelve a ser esa figura firme que todos admiran.
La puerta se abre con lentitud. Dos niños entran al cuarto. La energía cambia por completo.
-Hola, Lu... -el niño se detiene al verme. Sus ojos se agrandan, llenos de asombro y nerviosismo-. A-alfa -susurra, bajando la cabeza un poco.
-¡Tía Carol! -grita la niña, lanzándose con alegría a los brazos de Carolina, quien la atrapa con una sonrisa que le ilumina todo el rostro.
-Hola, Lucía. Hola, Lucas -les saluda ella con cariño, besando la mejilla de la niña antes de bajarla y acercarse al niño-. Lucas, recuerda lo que te dije -le murmura con dulzura, dándole un beso suave en la mejilla también.
Observo la escena con una sonrisa. Los reconozco. Son los niños que eran rogues. Carolina los acogió cuando nadie más lo hizo, dándoles un hogar, un lugar donde por fin podían respirar sin miedo.
Me acerco con cuidado, intentando no intimidar. Lucas da un paso hacia Carolina, como si necesitara su protección. Le sonrío con amabilidad, agachándome para estar a su altura.
-No te preocupes -le digo con voz baja-. ¿Para qué vinieron?
-¡Sí, eso! -habla Lucía, bajándose de la cama donde ya había empezado a saltar-. Tía Carol, ¿vamos a jugar?
-Claro, pequeña -responde Carolina, acariciándole el cabello.
-¿Puedo jugar con ustedes? -pregunto, mirando a ambos niños con una sonrisa más amplia.
-¡Sí! -grita Lucía, aplaudiendo con entusiasmo.
-Lucas -dice la niña, mirando a su hermano con determinación-. Que te cargue Dereck.
El niño duda. Su cuerpo se tensa al escuchar su nombre, pero tras un momento de vacilación, asiente. Se acerca a mí con pasos cortos. Yo abro los brazos despacio, esperando.
-Ven -le animo con dulzura.
Lucas finalmente se deja llevar. Lo cargo con cuidado, sintiendo su cuerpecito acurrucarse contra mi pecho. Me aferro a él como si pudiera protegerlo de todo el dolor del mundo.
-¡Al jardín! -grita Lucía, corriendo hacia la puerta.
-Al jardín -replica Carolina, y su sonrisa ahora es más luminosa que nunca.
Suelto una carcajada suave. Salimos todos juntos, como una familia improvisada que intenta curarse con juegos y amor.
El jardín está vivo. Hay más personas allí: adultos, jóvenes, otros niños. Algunos ríen, otros cuidan a los más pequeños, y otros simplemente observan como si cada minuto fuera un regalo. Lucía y Lucas corren hacia los demás, sumándose a los juegos con la facilidad que sólo los niños poseen.
Carolina se queda a mi lado, pero su mirada está lejos, fija en ellos.
-¿Les darás un lugar en la manada, verdad? -me pregunta, en voz apenas audible.
La miro. Hay algo en su tono, una mezcla de esperanza, miedo y una ternura indescriptible.
-¿Quieres que se queden? -le pregunto, con suavidad.
Ella asiente, sin apartar los ojos de los niños.
-Sí... -responde en un suspiro, como si temiera escuchar otra respuesta.
-Entonces sí -le digo.
Ella se gira hacia mí. Sus ojos brillan con una emoción contenida. Se lanza a mis brazos, abrazándome con fuerza.
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Editado: 15.07.2026