Mi Luna Roja ( Mas Que Simples Mitos )

71 - Carolina

Salgo de mis pensamientos con un suspiro pesado. Termino de meter el libro y la llave a la mochila, intentando ignorar el nudo que siento en el pecho. Estoy en el clóset, oculta entre las sombras de la madera, cuando la puerta se abre de golpe. Dereck entra sin aviso, solo con una toalla ajustada en su cintura. Gotitas de agua bajan desde su cabello húmedo, deslizándose con descaro por su pecho y marcadas líneas abdominales.

—Okey… salgamos de aquí antes de que no podamos hacerlo —murmura mi vampira, ya con la respiración acelerada.

—Concuerdo… joder, ¿por qué tiene que estar tan bueno? —gruñe mi loba, al borde del colapso hormonal.

—Mierda, voy a morir de un puto infarto con este hombre... —se queja mi bruja, ya al borde de hacerme perder el control.

—Totalmente de acuerdo… —respondo en voz baja, sintiendo cómo mi temperatura corporal se dispara. Suspiro profundo y cierro los ojos, desesperada por enfriar mis pensamientos.

“Piensa en algo frío, en algo triste… rápido.”
Una imagen fugaz de Dereck herido, tal vez incluso muerto, cruza por mi mente como un rayo. Un dolor punzante me aprieta el pecho. Esa visión basta para devolverme el control. Me recuerda por qué debo irme. Lo que está en juego. No puedo perder el tiempo.

—¿Amor? —llama Dereck. Abro los ojos. Ya lleva un pantalón puesto, aunque aún no se ha abotonado la camisa. El aire se vuelve más espeso cuando me mira con esa mezcla de ternura y deseo.

—Termina de vestirte... —me quejo mientras me cruzo de brazos—. Maldita sea, ¿por qué tienes que estar tan bueno y tan... violable? —hago un puchero, claramente frustrada. Él ríe, divertido por mi actitud de adolescente hormonal.

—¿Y entonces? ¿Qué te detiene? —dice, caminando hacia mí hasta que nuestras narices casi se rozan. Su aliento a menta me acaricia la piel, incendiándome por dentro.

—Joder, Dereck, no juegues con fuego que luego te quemas... —susurro, pero él me roba un beso. Rápido. Demasiado rápido para mi gusto. Apenas lo saboreo cuando se aleja para colocarse la camisa. Quiero gritarle que no termine, que lo arranque todo y se quede. Pero no puedo. No debo.

—Am... —intenta decir algo, pero lo interrumpe el sonido de la puerta.

—¿Quién? —pregunta Dereck, molesto.

—Alpha, el beta de Claro de Luna dice que ya están listos. Tienen que salir ya —responde un hombre desde el otro lado.

—Ya voy —respondo yo antes que él. Me cuelgo la mochila al hombro y salgo del clóset. Dereck me sigue, aún arreglándose la camisa.

—¿En serio no puedo ir contigo? —se queja con un tono que me hace rodar los ojos.

—No puedes, Dereck —le respondo seria. Me detengo, lo miro a los ojos con firmeza—. Necesito que te quedes aquí en la manada. Que estés pendiente de todo.

—Bien... —dice con resignación, como un niño al que le acaban de quitar su juguete favorito.

—Dereck, antes de ser mi pareja, eras el Alpha de este lugar... —le recuerdo con un leve reproche—. Por la Diosa, deja de actuar como un tonto. Además, no voy sola.

Él baja la mirada, mascullando su frustración.

—Pero te voy a extrañar... —dice en voz baja, y se acerca para abrazarme, escondiendo el rostro en el hueco de mi cuello.

—¿Me estás chantajeando? —le digo en tono burlón, mientras acaricio su rostro.

—¿Funciona? —pregunta con una carita de cachorro que me hace querer llorar. Río, tomo su rostro entre mis manos y lo beso con necesidad. Lento. Lleno de promesas no dichas.

—Nop —miento descaradamente. Porque la verdad es que quiero meterlo en mi mochila y llevarlo a todos lados. No separarme de él ni por un segundo.

—Además, no tardaré nada... —lo beso de nuevo, esta vez en la punta de la nariz, justo donde descubrí hace poco que es su punto débil—. Lo prometo.

Él asiente, resignado. Salimos del cuarto con su brazo alrededor de mis hombros, como si al menos así pudiera asegurarse de que una parte de mí se queda con él.

Bajamos las escaleras juntos. Al llegar a la sala, encontramos a Matías y Luisa tragándose el uno al otro como si no existiera el resto del mundo. Dereck frunce el ceño y se prepara para decir algo, pero lo detengo antes.

—Oye, Matías, deja el amor para cuando regresemos. Tenemos que irnos ya —le digo en tono de broma. Luisa se separa, roja como un tomate, y yo suelto una risa.

—No entendí... —murmura Dereck, confundido.

—Te amo, pero eres bien lento para algunas cosas —le digo, riendo un poco más.

—Oye —se queja, y Matías suelta una carcajada.

—Alpha Dereck, ella es mi mate —explica Matías entre risillas.

—Aaah... —dice Dereck, finalmente entendiendo. Sonríe, algo más relajado.

—Bueno, nos vamos ya —anuncio. Me separo de Dereck a regañadientes, y jalo a Matías hacia afuera de la casa.

Mi corazón late rápido, no por miedo, sino por la sensación de que algo está por cambiar. Y aunque dejo a Dereck atrás... una parte de mí jura volver, sin importar qué.




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