Mi Luna Roja ( Mas Que Simples Mitos )

72 - Carolina

Afuera nos espera un grupo de al menos veinte hombres, todos listos para partir como si se tratara de una misión de guerra.

—¿Pero qué demonios...? —frunzo el ceño, mi mirada se desplaza con confusión y molestia entre los rostros de los guerreros, hasta que me giro bruscamente al escuchar pasos detrás de mí. Dereck acaba de salir de la casa, como si nada. Lo fulmino con la mirada, sintiendo cómo se me tensa la mandíbula—. ¿Tú hiciste esto?

—Oye, no me mires así —se queja él, levantando las manos en señal de inocencia, aunque su tono no tiene ni una pizca de arrepentimiento.

—No voy a ir con tantos, Dereck —respondo con seriedad, sin levantar la voz, pero dejando claro que no voy a ceder—. Iré con dos, y no más. El plan era salir con Matías, no con toda la maldita manada. Joder... —me quejo, girándome hacia el grupo de hombres. Mi paciencia cuelga de un hilo.

Señalo con firmeza a dos de ellos, los únicos en los que realmente confío. Son los que usualmente cuidan la casa, discretos, eficaces, leales.

—Tú y tú —indico sin titubear—. Ustedes dos son los únicos que vendrán.

Me cruzo de brazos, adoptando una postura desafiante. Dereck bufa, claramente molesto, pero no me importa. Él sabía las condiciones desde el principio.

—Lo tomas o lo dejas —añado con frialdad, mirándolo directo a los ojos.

—¡Bien! —gruñe como un lobo herido y da media vuelta para entrar a la casa, azotando la puerta con un golpe seco que hace eco en el silencio tenso que nos rodea.

Suspiro, tratando de liberar parte de la presión que se me acumula en el pecho. No quería discutir... pero él siempre tiene que hacerlo todo más complicado.

—Todos a sus puestos —ordeno con firmeza al resto, que aún se mantenía expectante—. Nos vamos —le digo a Matías, que asiente sin decir palabra, y a los otros dos hombres seleccionados.

—No quiero irme peleada con ellos —dice mi loba, su voz suena apagada en mi mente.

—Yo tampoco, Karla... pero él es un terco de lo peor —le respondo internamente, mientras cierro el enlace mental antes de que mi bruja y mi vampira decidan meterse también en la discusión.

Llegamos a los límites del territorio de la manada, donde el bosque se abre y comienza a abrazar el camino hacia lo desconocido. Miro a los hombres que me acompañan y le hago un gesto a Matías para que me pase la mochila. Él lo hace sin preguntas, ya acostumbrado a mis silencios.

—Transfórmense —les digo con tranquilidad—. Será más rápido si viajamos en forma lobuna.

Matías y los otros dos obedecen. Sus cuerpos cambian sin esfuerzo, huesos reacomodándose, músculos estirándose, hasta que tres imponentes lobos se alzan a mi alrededor. Yo, en cambio, decido mantenerme en mi forma humana. Mi hibridismo me permite igualar su velocidad sin necesidad de transformarme, al menos durante un buen tramo.

Abro la mochila y saco el libro. Luego, uno de los talismanes que preparé cuidadosamente antes de salir. Lo sostengo con ambas manos, concentrándome mientras dejo que la magia fluya.

—Маған жету үшін азап шегуді тоқтатуға көмектесетін бағыт беріңіз
(Guía mi camino hacia ese destino que me ayudará a acabar con mis tormentos.) —pronuncio con claridad, la lengua extranjera resuena como un eco antiguo entre los árboles.

El talismán comienza a flotar, rodeado de un leve resplandor azulado. Luego se mueve, lento al principio, como si reconociera el terreno, y finalmente avanza hacia la espesura con dirección clara.

Sin perder un segundo, echo a correr tras él. Mis pies golpean el suelo con fuerza, mi respiración se vuelve constante y firme. Siento el poder correr por mis venas como fuego líquido. Detrás de mí, los tres lobos me siguen de cerca, sus patas apenas hacen ruido sobre la hojarasca.

No pienso detenerme.

Ese talismán nos guiará hasta donde debo ir. Y pase lo que pase, no pienso volver con las manos vacías.

—Como lo supuse... —murmuré apenas, con la voz quebrada por un hilo de emociones contenidas, al ver el primer lugar donde me trajo el talismán. Desactivé su poder con un simple toque y lo guardé en el bolsillo de mi abrigo. Mis ojos, sin embargo, no podían apartarse del paisaje frente a mí.

La antigua manada.
Desolada.
Vieja.
Olvidada.
Herida por el tiempo.

Así está ahora.

El lobo de Matías se detuvo a mi lado, jadeante pero firme. Detrás de nosotros, los otros dos hombres que Dereck me obligó a traer apenas se mantenían en pie, respirando con dificultad tras la corrida de casi cinco horas sin detenernos. Matías, por ser beta, resistía mejor. Solo necesitaba un momento para recuperar el aliento. Yo, en cambio, no sentía cansancio. Lo que sentía era otra cosa.

Dolor.
Ausencia.
Un peso invisible en el pecho.

Caminé en silencio hacia las ruinas de lo que un día fue mi hogar. Todo seguía igual que la última vez que vine, cinco años atrás, cuando regresé solo a buscar algunas pertenencias de mamá. Pero había algo diferente ahora… todo estaba más desgastado. Más triste. Más muerto.

El aire olía a tierra húmeda, a musgo viejo y a recuerdos empolvados. El viento soplaba con una delicadeza melancólica, levantando hojas secas que se acumulaban entre las grietas del suelo y que crujían bajo mis pasos. Las casas, que en el pasado rebosaban de vida, ahora eran simples esqueletos cubiertos de telarañas, con ventanas rotas como ojos vacíos que ya no observaban nada.

Al llegar al centro de la manada, me detuve frente a lo que fue mi casa.

Sus ladrillos de mármol blanco estaban ennegrecidos por el moho y las lluvias. Las ventanas, todas rotas, eran como bocas abiertas que gritaban en silencio. El jardín, donde antes mamá plantaba flores de colores, era ahora solo un terreno seco y agrietado. Algunas enredaderas de árboles se aferraban a las paredes, trepaban hasta el segundo piso y se colaban por las ventanas, como si quisieran llenar el vacío que quedó dentro.




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