— Lindo cuarto —dice Matías detrás de mí con voz suave.
Me apresuro a secar las lágrimas traicioneras que escaparon de mis ojos. Me dolía más de lo que esperaba estar aquí. El tiempo no había borrado nada. Abrazando con fuerza al señor Blaz contra mi pecho, me doy la vuelta para mirar a Matías.
— Me encantaba el rosa, —le dije con una sonrisa rota—. Mi mamá me ayudó a decorarlo... Las estrellas y la luna que ves en las paredes las hicimos con papel brillante. Recuerdo las guerras de pintura cuando estábamos pintando todo junto con papá. Fue una locura. Había pintura en las cortinas, en el techo, hasta en el perro… —solté una pequeña risa, pero mi voz se quebró al final—. Fueron momentos inolvidables...
Tragué saliva, negando con la cabeza como si pudiera sacudir todos los recuerdos de golpe. No era momento para quebrarse, no ahora.
— Sigamos, —le dije, con un poco más de firmeza—. Tenemos que regresar lo antes posible a la manada de Dereck. Solo sacaré algo del cuarto de mis padres. Espérame afuera, por favor.
Matías asintió sin decir nada, respetando mi espacio. Dio media vuelta y salió del cuarto, cerrando la puerta con suavidad tras de sí. Me quedé unos segundos en silencio, observando las paredes que aún guardaban trozos de mi infancia, como si quisieran abrazarme en silencio.
Miré al señor Blaz, ese viejo peluche de oso que había sido mi compañero fiel durante años, y le hablé como si pudiera entenderme:
— ¿Qué tal si te llevo conmigo, señor Blaz? ¿Le gusta la idea?
Moví su cabecita como si asintiera y solté una risita breve ante mi propia tontería.
— Bueno... vamos a buscar esos anillos y luego iremos donde Mirna... —murmuré, ya más decidida.
Salí de mi antigua habitación, cruzando el pasillo que solía recorrer corriendo de niña, con los pies descalzos y la risa de mis hermanos de fondo. Abrí la puerta del cuarto de mis padres con una mezcla de nostalgia y reverencia. El aire dentro aún olía a ellos… o tal vez solo era mi imaginación. El lugar estaba polvoriento, pero intacto, como si el tiempo se hubiera detenido justo después de su ausencia.
Me acerqué al tocador, buscando con cuidado el joyero de mamá. Era una cajita de madera con detalles de flores talladas, de esas que suenan al abrirse. Lo hice despacio, y la pequeña melodía desafinada llenó el cuarto. Ahí estaban, brillando bajo la luz que entraba por la ventana: los anillos de compromiso y matrimonio de mis padres.
Los tomé con delicadeza, como si fueran frágiles tesoros, y los guardé en el compartimiento interno de mi mochila, junto al señor Blaz. Cerré el joyero, pasé mi mano por el borde del mueble con cariño, como si pudiera decir adiós solo con ese gesto, y salí de la habitación sin mirar atrás.
Una vez fuera, sentí el aire fresco acariciarme el rostro, y con un último vistazo a la casa que me vio crecer, empecé a seguir el camino. El viaje no había terminado. Aún quedaba mucho por descubrir… y la presencia de Mirna cada vez parecía más cercana.
(...)
Estamos en el bosque, envueltos por la oscuridad y solo alumbrados por la luz plateada de la luna y el brillo tembloroso del talismán de guía. La noche ya ha avanzado, deben ser más de las nueve, y el aire se siente denso, cargado con una leve vibración mágica que me eriza la piel. El silencio se rompe cuando Mirna aparece de la nada, justo frente a nosotros. Su presencia es abrupta y los tres lobos que me acompañan se colocan en guardia, gruñendo bajo.
—Llegaste más rápido de lo que esperé —dice con una sonrisa tranquila, como si no sintiera el peligro que la rodea. Le devuelvo la sonrisa mientras doy un paso al frente.
—Ahora solo vienes tú. Ellos no podrán pasar el campo de magia, Camil… —añade con un tono suave pero firme.
—Bien —respondo, y camino hacia ella. El lobo de Matías se interpone entre nosotras, con una expresión decidida. Su forma imponente bloquea el paso. Me agacho y acaricio el hocico de Iván, su lobo, con cariño.
—Estaré bien, amigo —susurro. Él presiona su cabeza contra mi palma, como si entendiera, y asiente con un leve movimiento de su gran cabeza. Con cuidado, saco de mi bolsillo un pequeño talismán de protección, tallado a mano con símbolos antiguos.
—Bueno, espera aquí. Si algo pasa, aúlla fuerte y vendré lo más rápido posible. Pero por si acaso… —activo el talismán, que brilla con una luz azul suave, y lo coloco justo frente a él—. Esto los cuidará de todo.
Iván se sienta sobre sus patas traseras, atento, vigilante. Su mirada me sigue mientras me alejo.
—Camil, rápido, que a las doce se cierra el portal y no podré mantenerlo abierto más tiempo —apresura Mirna, ya impaciente.
Asiento sin decir nada más y la sigo, internándonos aún más en la parte más antigua del bosque. Caminamos durante unos minutos por un sendero invisible, como si los árboles se apartaran solo para darnos paso. Finalmente, llegamos frente a una puerta que parece no pertenecer a este mundo. Está de pie sola en medio de un claro, sin paredes ni marco alrededor, como si hubiera sido puesta allí por error o magia.
Es de madera, pero tan desgastada que casi se confunde con la corteza de los árboles cercanos. Tiene relieves casi imperceptibles en su superficie: líneas que forman círculos, símbolos lunares, runas.
—Entremos —dice Mirna, señalando la puerta.
Asiento y abro mi mochila con manos temblorosas, sacando la pequeña llave plateada. Al acercarme, algo en el aire cambia. Introduzco la llave en la cerradura y, apenas la giro, la madera vieja parece respirar y rejuvenecer. El deterioro desaparece, reemplazado por un acabado oscuro y reluciente. Grabados de constelaciones se dibujan con luz plateada sobre la superficie, y justo en el centro aparece una luna menguante con sus puntas hacia arriba.
—Guau… —susurro, sonriendo fascinada.
Abro la puerta con cuidado.
—Vamos —le digo a Mirna, aunque sé que no entrará.
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Editado: 15.07.2026