Ya han pasado más de dos horas y aún no encuentro nada. Gruño frustrada, apretando los dientes con rabia. Siento las gotas de sudor correrme por la nuca, y mi paciencia, ya desgastada, empieza a hacerse trizas.
—¿Y si buscas bajo la cama? —propone mi vampira desde lo profundo de mi mente, con esa voz suave pero incisiva, como si ya supiera la respuesta.
Parpadeo.
—Cierto… —respondo con un suspiro cansado, llevándome una mano a la frente.
No sé por qué no lo pensé antes. Me arrodillo con desgano y me inclino para mirar bajo la cama antigua. El polvo cubre el suelo como una neblina estática, pero entre las sombras algo capta mi atención. Una caja. Roja. Alargada. Brilla con un tono sutil entre los haces de luz que se filtran por las cortinas rotas.
La arrastro hacia mí. Al tocarla, un escalofrío me recorre la espalda como si un soplo helado me acariciara la piel. Mis dedos tiemblan ligeramente. La caja está decorada con dibujos extraños, espirales y líneas curvas que se entrelazan como raíces vivas. En el centro, en letras rojas y cursivas, está escrito un solo nombre:
“Camil”
Mi corazón se detiene un segundo.
Siento cómo mi pecho se aprieta, como si el aire se hiciera denso. Abro la caja con cuidado reverente, como si estuviera desenterrando un recuerdo prohibido, una reliquia sagrada. Y ahí está… lo que tanto había buscado.
Una espada.
No cualquier espada. Su mango es blanco como el hueso pulido por los años. En su extremo, justo donde comienza la empuñadura, florece una rosa roja tallada con un detalle inquietante, casi real. El filo es alargado, brillante, pero no plateado. Es de un rojo vino profundo, como la sangre seca bajo la luna. Grabados finos recorren todo el filo: símbolos, nombres, y trazos que no alcanzo a comprender a primera vista.
Y ahí, entre todos esos grabados, lo veo.
Camil Aksedoff.
Mi respiración se corta. El eco de ese nombre me atraviesa como un rayo.
—Soy yo… o más bien… ella. —murmuro con la voz ronca.
La primera mujer alfa de Luna Roja. Mi antepasada. Mi sangre.
Una risa se escapa de mis labios, profunda, como si viniera no de mi garganta, sino de mis entrañas. Me invade una extraña mezcla de orgullo y vértigo. Tomo la espada por el mango… y de inmediato, esta se enciende en llamas vivas.
—¡Al fin! —celebra mi vampira con júbilo, como si también se completara algo dentro de ella—. Me siento completa. Ahora… regresemos a la manada. Pronto todo acabará…
No digo nada. Solo suelto un suspiro tembloroso. El fuego de la espada se apaga lentamente, como una llama satisfecha, y me la engancho en el cinturón con delicadeza, como si fuera parte de mí desde siempre.
Estoy a punto de salir de la habitación cuando algo más llama mi atención. Una caja de terciopelo azul marino, reposando silenciosa sobre la mesa de noche. Su presencia es sutil, pero poderosa. Me acerco lentamente. El terciopelo parece respirar, como si guardara un secreto latente. Paso los dedos por la superficie suave hasta que leo lo que hay grabado en dorado:
“Karen Romanov”
Mi cuerpo se tensa.
—No puede ser… —susurro con un nudo en la garganta.
Abro la caja como si contuviera el corazón de una historia olvidada, y lo que veo dentro me deja helada. Un par de dagas gemelas. Tan perfectas como el primer día en que fueron forjadas.
Sus filos brillan bajo la tenue luz, intactos, amenazantes y hermosos a la vez. Están hechas de acero negro con vetas plateadas, como si la noche y la luna se hubieran fundido en una sola arma. En sus mangos, engastados con meticuloso cuidado, hay diamantes pequeños, rojos y blancos, como gotas de sangre y luz fusionadas. Acaricio una con la yema de los dedos y siento un leve cosquilleo recorrerme el brazo.
Una imagen viene a mi mente. Una mujer de ojos verdes esmeralda mezclados con un color rojo como si fueran manchas de sangre. Voz fuerte y dulce al mismo tiempo. Manos firmes dispuestas a protegerme. Y, la traición.
—¿Qué hacen aquí…? —pregunto en voz baja—. ¿Tienen que ver con ella…? ¿Está viva?
Las preguntas se amontonan en mi pecho como una avalancha. ¿Y si…? ¿Y si todo este tiempo ella estaba más cerca de lo que pensé?, aunqe, si yo regresé. ¿Quién me asegura que ella no lo haga también?
Un estremecimiento me sacude cuando el sonido del reloj retumba fuerte y profundo, como un latido ancestral que marca la medianoche. Mis ojos se abren de golpe.
—¡No! —jadeo.
Cierro la caja de terciopelo con rapidez, apretando los labios, y la sujeto contra mi pecho. Salgo corriendo de la habitación justo cuando la puerta mágica empieza a temblar, distorsionarse, desdibujarse como humo entre árboles.
Llego a tiempo.
La Luna está en su punto más alto, pálida y enorme, observándome como una madre silenciosa. En segundos, la puerta desaparece, dejando solo una enorme roca cubierta de raíces antiguas. La magia se ha desvanecido. He salido justo a tiempo.
—A tiempo —escucho la voz de Mirna, etérea, como un susurro arrastrado por el viento.
Miro a mi alrededor, pero no hay nadie. Solo los árboles, el silencio y el crujido de las hojas.
—Ahora regresa lo más rápido que puedas. Llegarás justo para hablar con los demás… y pelear desde el principio. También, entrégale eso a ella por mí. —concluye su voz, perdiéndose entre los árboles.
El corazón me da un vuelco. Una sensación ardiente me llena el pecho. El tiempo se acaba. Debo correr. Debo salvarlo.
Sin pensarlo dos veces, empiezo a correr con todas mis fuerzas. Cada pisada retumba en mis oídos. La espada en mi cintura, las dagas contra mi pecho, todo parece latir conmigo. La urgencia me empuja, me arrastra.
—Tengo que llegar… tengo que salvarlo… —murmuro para mí misma, como si al repetirlo pudiera hacerlo realidad.
Faltan dos días si corro sin detenerme. Pero no tengo ese tiempo. No puedo perder ni un segundo más.
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Editado: 15.07.2026