Todo el despacho está destruido. El olor a ceniza y madera quemada aún se percibe en el aire. Han pasado horas desde que se fue. Desde que ella se desvaneció dejando atrás solo caos, rabia y silencio.
Me encuentro sentado entre los escombros, la espalda contra la pared medio derrumbada, observando las grietas del techo como si pudieran darme respuestas. Mi corazón late lento, pesado. Siento un hueco en el pecho que no logro llenar.
De pronto, un viento gélido se cuela por la estancia. La temperatura baja bruscamente, y una presencia extraña me hace alzar la vista. Aparecen de la nada seis figuras frente a mí. No los oí llegar. Simplemente... estaban ahí.
Los observo con cautela. Todos tienen un aire salvaje, antiguo. Sus ojos, de un rojo profundo y penetrante como los de mi Carolina. Sus cabellos flamean entre el naranja y el rojo, como brasas vivas en movimiento. Cada uno porta un arma distinta, elaborada y extraña, cargada de historia y poder. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente: me levanto de golpe del suelo, frunciendo el ceño.
Y entonces... se inclinan. Todos, al unísono. Una reverencia directa a mí.
—Luno —habla uno de ellos con voz firme y grave.
Es un hombre de complexión fuerte, y lleva en su cinturón una daga peculiar: en forma de media luna, con el filo blanco como el hueso y el resto teñido de rojo. Entre el filo y el mango hay una estrella dorada, y en la punta del mango, una corona pequeña reposa con brillo propio.
«¿Qué mierda...?», pienso con desconcierto, sin poder procesar del todo la escena.
—Venimos por nuestra Alpha —dice una mujer, alzándose con elegancia.
Solo entonces caigo en cuenta. Son los lobos de Luna Roja. Y Carolina… ella es su Alpha. Por eso me llamó “Luno”. Eso explica todo. Y, al mismo tiempo, no explica nada.
Esta mujer lleva un búmeran a su cintura, encajado en un arnés de cuero. El arma está dividida en dos piezas que pueden unirse: el mango en un rojo sangre intenso, los filos curvados de manera poco convencional, como si cortaran no solo la carne, sino también el alma.
—No está —respondo con amargura, mis ojos clavados en los suyos.
—Lo sabemos —dice otra mujer, que se mantenía al margen hasta ahora.
Cruza su cuerpo con un arco negro como la noche, con un hilo rojo sangre que parece hecho con venas. En su espalda descansa un carcaj con flechas igualmente oscuras. No puedo ver las puntas; están ocultas, como si fueran un secreto que no debería ser revelado.
—Ella anda buscando su arma —interviene un hombre—. Aquella que estaba en el cuarto de la Diosa Mirna...
Abro los ojos de par en par. Lo miro con sorpresa. Él porta una guadaña, pero no cualquier guadaña. El filo es rojo como la sangre recién derramada. La hoja tiene la forma de una flecha entrelazada con una rosa dorada, y el tallo de esa rosa se extiende por el largo del mango, envolviéndolo con espinas y fuerza. En la base, un rubí enorme brilla con una intensidad casi viva.
—Pero teníamos que estar aquí —dice una mujer con un látigo enrollado en su brazo izquierdo.
El látigo es rosa con escamas metálicas que parecen vivas, reflejando la luz en tonos iridiscentes. La punta es dorada, coronada por un diamante. En el mango hay tallada una rosa roja enorme, con detalles dorados que resaltan en cada espiral.
—Vinimos para estar aquí cuando vuelva y hablar con usted... —añade otro hombre.
Este último tiene una espada rota colgando de su cinturón. El mango es dorado, y justo donde termina el filo roto, hay un par de alas talladas. Entre ellas, un zafiro rojo brilla como un corazón expuesto.
—Hablen —digo con seriedad, agotado. No tengo ánimos para rodeos ni juegos.
—Todos nosotros somos reencarnaciones —comienza uno—. Somos el grupo original de la primera Alpha mujer híbrida de Luna Roja: Camil Aksedoff. Eso fue hace más de cuatro siglos...
—A nosotros nos correspondió acabar con el hombre que vendió su alma a Abdiel a cambio de poder —interviene otro, con voz sombría.
—Ese hombre es Ray —añade la arquera, acercándose a mí.
—Se suponía que lo habíamos eliminado, pero ninguno de nosotros confirmó su muerte. Estábamos de luto... nuestro Luno murió en la batalla, a manos de él. Cuando regresamos a reconstruir nuestra manada, Luna de Sangre, su cuerpo ya no estaba. Junto con él, otros enemigos también habían desaparecido...
—Nuestra Alpha no soportó la pérdida de su Luno —intervino la del látigo, la voz temblorosa—. Murió dos días después, pero antes prometió volver a este mundo para terminar lo que empezó. Juró vengarse del hombre que le arrebató su felicidad.
—Nosotros también juramos —dice el de la espada rota—. Juramos volver con ella y acabar lo que dejamos inconcluso.
Mis pensamientos van a mil. Siento que estoy atrapado en una historia que no reconozco, pero que resuena en mí de una forma extrañamente dolorosa.
—Usted, señor Dereck Rillis... —dice la mujer del látigo—. Gracias al poder de nuestras Diosas y de nuestra Alpha, usted pudo volver a este mundo. Es el hombre que le fue arrebatado a ella. Su Luno.
Mi corazón se detiene por un instante. Me cuesta respirar.
—Usted no puede morir en batalla, por eso ella fue a buscar su espada... —continúa—. Aquella que no usó ese día porque creyó que no era necesario.
—¿Por qué, si se supone que soy ese hombre, no recuerdo nada de lo que dices? —pregunto con la voz ahogada.
—Porque en ese entonces usted se llamaba Oshin Ibars. Era el Alpha de Luna Azul —responde la arquera con los ojos llenos de pasado.
—Pero el clan de Luna Azul pereció en aquella batalla... desde entonces, la gran Luna Azul no volvió a aparecer en el cielo. Usted murió junto con sus lobos —añade otra, con la voz rota.
Aprieta sus puños, conteniendo las lágrimas.
—Fue nuestra culpa... —musita otra mujer, bajando la mirada—. Si le hubiéramos insistido a ella para que tomara su arma, usted y su clan no habrían muerto...
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Editado: 15.07.2026