Son la una y media de la madrugada y, por más que lo intento, no he podido dormir. La adrenalina, el miedo y la incertidumbre se mezclan en mi pecho como un veneno lento. Estoy aquí, entre los lobos de Luna Roja. Ellos están transformados, majestuosos y aterradores a la vez, cada uno con un pelaje rojo fuego que parece arder bajo la luz de la luna. Pero no son iguales. Cada uno posee una marca distintiva que los diferencia de los demás. Es como si sus almas estuvieran grabadas en sus cuerpos.
El lobo de Hatsu, Dai, tiene manchas negras en las patas y en la punta de las orejas, como cenizas de un incendio antiguo.
La loba de Akane, Fumiko, luce figuras doradas que se retuercen como llamas a lo largo de su pelaje. Formas extrañas, casi místicas, que parecen tener vida propia cuando la luz las roza.
La loba de Amaya, Leiko, lleva marcas blancas alrededor de los ojos, dándole un aire enigmático, como si siempre estuviera usando un antifaz de luz lunar.
El lobo de Asa, Kenji, muestra rayas negras entre su rojo fuego, similares a las de una cebra, pero más salvajes, más intensas.
La loba de Nyoko, Chika, tiene líneas doradas enrolladas en sus patas. Imitan exactamente la forma en que su látigo se amarra a su brazo cuando está en forma humana. Un recordatorio de su fuerza y disciplina.
El lobo de Yashio, Katsumoto, es totalmente rojo. No tiene manchas ni rayas ni símbolos. Pero sus ojos... sus ojos son de un naranja incandescente, como brasas vivas. Intimidantes, sabios, peligrosos.
Todos están sentados en línea recta frente a mí, alineados como guardianes. Yo estoy ahí, inmóvil, observando. La curiosidad me ganó desde hace rato. No puedo apartar la vista. No puedo hacer otra cosa más que mirar.
De repente, un portal se abre frente a ellos, iluminando todo con un resplandor púrpura y giratorio. Todos los lobos mueven sus colas con emoción, felices, expectantes. Sus cuerpos se tensan como si sus corazones acabaran de latir más fuerte.
A través del portal empiezan a aparecer otros lobos. Primero, los que fueron con Carolina. Luego el de Matías. Y, por último, aparece ella.
Carolina.
Sale del portal como un relámpago rojo. Lleva una espada colgada en el cinturón, con una empuñadura negra y una hoja de color escarlata. Su presencia impone. Su aura arde.
En cuanto los lobos rojos la ven, se le acercan moviendo sus colas como si fueran cachorros felices de ver a su madre. Y ella los ve con ternura, con orgullo.
—Chicos —dice, rodeándolos a todos con los brazos, abrazándolos uno a uno por el cuello—. Los echamos de menos…
Sus palabras son suaves, cálidas, y apenas los abraza, todos se transforman de nuevo en humanos. Su ropa sigue intacta, como si nada hubiera pasado. Apenas se ven humanos, corren hacia ella para rodearla con otro abrazo, uno más grande, más apretado.
—Alpha… —dicen todos al unísono, con una sonrisa enorme y los ojos brillando. La abrazan como si fuera su salvación.
Carolina ríe. Una risa llena de vida. Y de pronto me ve. Me ve a mí.
Y corre.
Se lanza sobre mí sin dudarlo. Sus piernas se enrollan alrededor de mi cintura, sus brazos se enredan en mi cuello y sus labios chocan con los míos en un beso desenfrenado, hambriento, como si el tiempo se hubiera detenido desde la última vez.
—Perdón… —dice cuando se separa apenas para respirar. Pero yo ya no puedo aguantar más. Le aprieto las nalgas con desesperación, olvidándome de los demás.
—Seguro ya te dijeron, ¿verdad…? —pregunta, entre jadeos. Yo asiento. Y la vuelvo a besar, esta vez con necesidad. Con miedo. Con amor.
—Te amo, mi Camil —le susurro, con la voz quebrada por la emoción.
Ella ríe, con esos ojos que brillan como luceros en medio del caos.
—Y yo a ti, mi Oshin… —responde, antes de besarme otra vez. Esta vez más suave, más larga. Como una promesa silenciosa.
Pero el momento se rompe cuando el viento se pone violento, casi salvaje. Su cabello vuela en todas direcciones. La bajo de mis brazos con urgencia.
—Alpha… Ya comenzó —habla Yashio con tono firme. De la nada, todos sacan sus armas. No sé cómo, pero sus manos ya están armadas. La espada rota de Yashio emite un resplandor rojo y, en un instante, la hoja completa aparece, brillando con poder.
—Hoy acabamos con ese hijo de puta —dice Carolina empuñando su espada, mirándome directo a los ojos—. Por favor, ten cuidado…
Me besa rápido. Muy rápido. Apenas roza mis labios y ya se ha ido.
Entonces suena la alarma de la manada.
Un estruendo. Un rugido. Una advertencia.
Los licántropos y demonios empiezan a cruzar los terrenos. El caos se desata en segundos. Algunos miembros de mi manada corren hacia los refugios con los más jóvenes y vulnerables, mientras otros se lanzan a pelear sin pensarlo dos veces.
Carolina ya tiene puesta la cadena negra, la que contiene el poder de la maldición. Deja su bolso en el suelo. Sus ojos brillan con una furia contenida.
Amaya dispara flechas con una rapidez brutal. Cada vez que saca una, una luz ámbar se forma en su carcaj y aparece otra flecha nueva, como por arte de magia. Precisa. Letal.
—¡Acabemos con esto! —ruge Akane, con el odio ardiendo en su voz. Lanza su boomerang, que atraviesa a tres demonios de un solo golpe. Los cuerpos caen al suelo como si la vida se les hubiera drenado al instante—. ¡Estos hijos de puta tienen que pagar!
—¡Algunos están con nosotros! —grita Carolina mientras esquiva un ataque y decapita a su atacante—. ¡Tienen un tatuaje en el brazo de una Luna Roja y un pañuelo rojo amarrado a la pierna! ¡No los toquen!
—A matar a estos malditos… —concluye con una sonrisa de lado, y se lanza de lleno al combate.
La veo congelar enemigos con sus manos, cortar cabezas sin dudar, abrir la tierra con un gesto y atrapar cuerpos entre raíces vivas. Su poder es brutal. Es un espectáculo de destrucción precisa.
Yo uso los dones que me dio su marca. Peleo con todo lo que tengo. No por la gloria. No por venganza. No por mi manada.
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Editado: 15.07.2026