Mi Luna Roja ( Mas Que Simples Mitos )

78 - Dereck

Carolina comenzó a pelear con una furia que jamás había visto en ella. Se deshacía de los enemigos que se le acercaban con una destreza que me sorprendió. Lo que más me desconcertaba era verla en combate; nunca la había visto entrenar. Había visto a todos los demás entrenar, incluso a Matías, quien ahora luchaba ferozmente con su espada, pero a Carolina nunca la había visto en acción. Parecía que, en secreto, había estado perfeccionando sus habilidades. Estaba manejando un par de dagas con una habilidad impresionante, lanzándolas con precisión mortal y sin dudar. Mientras tanto, ella cuidaba la espalda de César, quien estaba luchando junto a ella, y el lobo de Matías, un enorme animal, hacía lo mismo con ella, protegiéndola como si su vida dependiera de ello.

Yo me mantenía cerca, peleando con los que se me acercaban, pero evitando alejarme demasiado de Carolina. No podía perderla de vista, no podía permitir que algo le pasara. La había visto luchar en más de una ocasión, pero esta vez era diferente, más peligrosa, más decidida. Cada golpe que daba con sus dagas me dejaba más claro que no estaba jugando.

"No voy a perderla, no otra vez", pensé mientras esquivaba un golpe de un enemigo que intentaba atacarme. El miedo a perderla me quemaba por dentro, pero también me impulsaba a seguir luchando, a no rendirme.

—Si ella cae, yo caigo con ella—, me juré a mí mismo.

En medio del caos, un hombre se me lanzó por la espalda, como un animal salvaje. Sentí cómo sus manos se aferraron a mi torso con una fuerza brutal. De inmediato, lo agarré de la camisa y lo tiré al suelo con toda mi fuerza. Mi instinto se apoderó de mí y me transformé rápidamente, sintiendo la furia de mi animalidad fluyendo en cada célula de mi ser. Antes de que pudiera hacer nada más, Matt, el lobo de Matías, le arrancó la cabeza con una rapidez y brutalidad que no me dejó indiferente. El sonido del golpe fue estremecedor, pero apenas me detuve a pensarlo. Seguimos luchando, mi mente enfocada solo en protegernos a todos y asegurarme de que Carolina estuviera bien.

La pelea continuó, los minutos se hicieron eternos. La adrenalina me mantenía alerta, pero mis pensamientos volvían a ella una y otra vez. La vi de reojo, peleando con una agilidad que no conocía. Cada movimiento era preciso, calculado.

—No quiero que mueras... no otra vez—, repetía en mi mente. De repente, un hombre rubio con ojos verdes, tan brillante como su sonrisa cruel, me agarró por la cola. Intenté soltarme, luchando contra su agarre, pero el dolor era insoportable. Me arrastraba hacia el interior del bosque, y no podía permitir que me llevara más lejos.

—No... no otra vez—, gruñí para mis adentros mientras enterraba mis patas en el suelo, frenando lo más que podía su avance.

El hombre siguió tirando de mi cola con más fuerza, y no pude evitar soltar un chillido de dolor.

—¡Maldito!—, gruñí, con la rabia invadiéndome. Intenté zafarme, pero el dolor era tan intenso que por un momento pensé que me quedaría ahí, sometida a su fuerza. Finalmente, logré zafarme, cayendo hacia atrás y haciéndolo perder el agarre. Me giré rápidamente, lanzándome sobre él con la ferocidad de un animal herido. Mis dientes se clavaron en su piel, mordiendo una y otra vez, sin detenerme. El hombre intentó arañarme, utilizando sus garras, y me rasgó el hocico y el cuello, pero yo no me detuve.

—¡No me detendré!—, grité en mi mente, enfocándome únicamente en hacerle daño, en defenderme. Cada mordisco era una advertencia, cada zarpazo un recordatorio de lo que podía hacer si lo dejaba.

Sin embargo, el hombre se reincorporó rápidamente, su fuerza era inhumana. Me rodeó, apretando mis costillas con una fuerza brutal. Un chillido de dolor escapó de mi garganta mientras sentía cómo algunas de mis costillas crujían bajo su presión.

—¡No... no voy a rendirme!—, pensé, con todas mis fuerzas, luchando por liberarme. Cada segundo era una agonía, pero no podía dejar que me venciera. Finalmente, después de una lucha desesperada, logré caer al suelo, el dolor me invadía, pero no podía rendirme.

Mi respiración se volvió pesada, las costillas rotas me dificultaban cada inspiración, solté un aullido ahogado y fuerte. El hombre se acercó a mí, sacando una daga de su pantalón mientras se acercaba con una sonrisa de suficiencia en el rostro.

—Esto termina aquí—, dijo, mientras se colocaba encima de mí, colocando la daga sobre mi pecho. Mi ropa estaba destrozada, la camisa rota y el pantalón rasgado, el dolor era insoportable.

—¡Maldito!—, gruñí, mientras intentaba moverme, pero apenas podía.

—Mucho gusto... Soy Ray—, dijo, clavando la daga en mi pecho. Sentí el dolor punzante y profundo, y no pude evitar gruñir. Justo cuando sentí que mi vida comenzaba a desvanecerse, escuché su respiración acelerada acercándose rápidamente a mí. Era Carolina. El sonido de su respiración entrecortada llegó a mis oídos, y mis ojos, pesados por el dolor, se abrieron con esperanza.

—¡No, de nuevo no!— murmuró ella, y pude escuchar los latidos frenéticos de su corazón, casi tan descontrolados como los míos. —¡YA NO!—, gritó ella, y el aire alrededor de su cuerpo se encendió con llamas. El fuego rodeó su espada, iluminando el bosque con su resplandor. El hombre, Ray, se distrajo por un momento, lo que me dio la oportunidad de quitarme de encima de él. Sin embargo, apenas pude respirar, mi cuerpo aún dolorido y debilitado por la lucha.

Carolina, llena de furia y determinación, se lanzó sobre él, comenzando una pelea a muerte. Sus movimientos eran rápidos, sus ojos ardían con la furia de alguien que no dejaría que otro ser le arrebate lo que más quería. Pero yo no podía intervenir. Apenas podía respirar, y mis fuerzas comenzaban a desvanecerse.

Cada vez me costaba más respirar, el dolor era insoportable, y mis párpados estaban tan pesados que sentía que los cerraría en cualquier momento.

—No, no puedo... no puedo cerrar los ojos—, jadee, luchando por mantenerlos abiertos. Sabía que si los cerraba, podría no volver a abrirlos. Así que me concentré en el sonido de las espadas de Carolina y Ray, los choques de los filos, el rugir de las llamas, todo eso me mantenía anclada a la realidad. Solo me quedaba respirar lentamente, aunque el dolor me lo hiciera casi imposible.




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