Empecé a correr cada vez más rápido, sintiendo cómo un ardor horrible se encendía justo en la marca de Dereck. Era como si alguien hubiese presionado metal al rojo vivo sobre mi piel. Un dolor punzante también se extendía por mi abdomen, pero no me detuve. No podía hacerlo. No ahora.
Corría con la espada firmemente empuñada, sintiendo el frío desgarrarme los pulmones con cada bocanada de aire. Una brisa helada se colaba hasta mis huesos, como un presagio de muerte, y eso solo me impulsaba a correr más. Mis brazos temblaban con el peso de la adrenalina, mis piernas estaban listas para abandonarme en cualquier momento… pero no me importaba.
No podía rendirme. No esta vez. No si tenía siquiera una mínima oportunidad de salvarlo.
—Esta vez no será como en los cuentos —murmuré con la garganta seca—. Esta vez, la princesa salvará al príncipe… Porque si no lo salvo yo, no me salvo ni a mí… ni a nadie.
Los sacrificios de los chicos hace cuatro siglos… todos muertos por una causa que aún nos perseguía. Si yo fallaba hoy, sus muertes no habrían servido de nada.
Y no solo las de ellos. También las de mis hombres, los de esa vez. Las personas que están luchando conmigo ahora mismo. Los guerreros de Dereck. Los que fueron masacrados sin piedad por negarse a arrodillarse ante Ray. Todos aquellos que perdieron sus manadas, sus familias, sus vidas. Los que pelean a mi lado con la esperanza de terminar con la tiranía de Ray antes de que esta se trague al mundo entero.
Y entonces, lo veo.
Llego al claro justo a tiempo para ver a Ray encima de Dereck, con una daga de plata presionada contra su pecho… tal como en mi visión.
—No… —susurro, sintiendo que todo el aire huye de mis pulmones.
Mis pies se clavan en el suelo. Mi pecho se oprime con una fuerza insoportable. Dereck no se mueve. No parpadea. No respira. El miedo me aprieta la garganta como una mano invisible.
—No de nuevo… —murmuro, con la voz rota. Mis ojos arden. Mis manos también.
—Lo voy a matar… —llora mi bruja, el temblor de su voz se mezcla con la mía.
—Maldito hijo de puta… No otra vez… —gruñe mi vampira, con un odio tan real que lo siento palpitar en cada fibra de mi cuerpo.
—¡NO OTRA VEZ! —grito con una furia que me abrasa por dentro. Y entonces, mi cabello se enciende en llamas. La espada también. No son fuegos comunes… son llamas imposibles de apagar, llamas que rugen con mi alma.
Y entonces, algo se mueve. Dereck. Con un gemido de dolor, logra empujar a Ray fuera de su cuerpo. Siento el aire regresar de golpe a mis pulmones.
—Está vivo… —susurro, conteniendo un sollozo.
—Lo lastimó… —ruge mi loba, haciendo acto de presencia por primera vez desde que entré al bosque—. ¡MORIRÁ! —brama, y me lanzo sin pensarlo sobre Ray, iniciando una pelea que ya no puedo evitar.
Mi mente está dividida. Una parte quiere arrancarle la garganta a Ray. La otra… solo quiere correr hacia Dereck, ayudarlo, sostener su rostro y asegurarme de que respire. Cada segundo que lucho me resulta eterno.
La espada en llamas choca una y otra vez con la daga de plata de Ray. Él solo sonríe, con esa asquerosa expresión de arrogancia que me da ganas de vomitar.
Giro sobre mi eje y le doy un golpe fuerte, tan potente que su daga vuela por el aire y cae a varios metros. Pero él reacciona rápido: se agacha, me patea las piernas y me hace caer al suelo. El frío de la tierra me muerde la piel. El viento se vuelve aún más helado. El cielo, completamente nublado, amenaza con desatar un diluvio.
Tiemblo de rabia. La tierra tiembla conmigo.
Me levanto de golpe, con los ojos brillando de furia.
—¿Quién lo diría? —dice él, burlón—. ¿Qué tal la vida sin padres?
Su voz me atraviesa como un cuchillo. Pero no me inmuta.
—Hijo de puta… —susurro, con una calma peligrosa. Y entonces lo ataco.
Mi espada corta el aire y luego su carne. Un tajo firme, brutal, limpio. Le arranco la mano desde el antebrazo. Chorros de sangre salen disparados, y él grita. Lo escucho maldecir, y por primera vez… río. Río al ver su dolor.
—¿Cómo será una vida sin mano? —le digo, con la voz cargada de ira contenida—. Lástima que no vivirás para contármelo…
Él me sonríe. Una sonrisa manchada de sangre y dientes amarillos.
Y entonces… todo se detiene.
Más de veinte lobos nos rodean. Treinta demonios se materializan a nuestro alrededor, gruñendo, acechando.
No sé si podré con todos… pero juro por todo lo que amo que no caeré sin llevarme a Ray al infierno conmigo.
Donde ambos pertenecemos.
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Editado: 15.07.2026