Decido hacer una jugada arriesgada, una que había practicado cientos de veces en mi mente, pero nunca bajo tanta presión. Pronuncio con firmeza el conjuro de separación y al instante siento cómo mi esencia se divide en tres. Un estruendo invisible recorre el campo y mis versiones aparecen con un aura poderosa: mi loba roja gruñe con furia animal justo detrás de mí; a mi derecha, mi vampira se materializa con su ira vibrando en el aire como electricidad; y a mi izquierda, mi bruja surge con una sonrisa macabra dibujada en el rostro, como si todo esto fuera parte de un plan que ella había visto venir desde el principio.
Quedo de frente a Ray, con la hoja de mi espada rozando su cuello. Él, que minutos antes sonreía con burla, ahora me observa con los ojos muy abiertos. Su sonrisa se desdibuja por completo y da paso al miedo más primitivo.
—¿Creíste que no estaría preparada? —le digo con arrogancia, dejando escapar una risa seca que revela mis colmillos, mientras mi cabello comienza a perder su brillo sobrenatural, como si la oscuridad misma se apagara a mi alrededor.
Lincy no pierde tiempo y comienza a lanzar hechizos hacia los demonios. Cada rayo de luz mágica impacta con fuerza, haciendo caer a sus víctimas como marionetas sin cuerdas. Nancy, mi loba, se lanza sin piedad hacia un grupo de licántropos que se mantenían demasiado juntos. Su furia es total, su agilidad letal. Se mueve como una sombra roja, con los colmillos manchados de sangre. ¿Y cómo no estar furiosa? Vimos a nuestro mate morir una vez... y hace solo minutos creímos que lo habíamos perdido de nuevo.
Karla, mi bruja, gira con elegancia letal, conjurando ataques mágicos mientras protege a Dereck, quien apenas respira, rodeado por enemigos. Su cuerpo está roto y su alma se aferra a lo poco que queda.
Yo, separada de mis otras partes, comienzo a sentir cómo mi cuerpo se debilita. La energía se drena rápido, pero no me permito caer. Aprieto el mango de la espada con más fuerza, aumentando la presión contra el cuello de Ray. Su respiración es temblorosa. Está asustado. Por fin.
—¡ALPHA! —escucho gritar a alguien detrás de mí, y luego un cuerpo cae al suelo como un saco vacío.
—Terminemos esto —murmuro, levantando la espada al cielo. Giro la hoja con precisión y dejo caer el golpe con toda la rabia contenida. El acero atraviesa carne, hueso y alma.
La cabeza de Ray rueda hasta quedar frente a mis pies. Su cuerpo colapsa sin gloria, como un muñeco sin hilos. La sangre brota en torrentes desde su cuello cortado. Su energía demoníaca desaparece al instante, como si nunca hubiera existido. Lo sentí. Lo vi. Murió de verdad.
Estoy por desfallecer, pero un hilo de fuerza me mantiene en pie. Corro tambaleándome hacia Dereck. Karla me abre paso entre los cadáveres, sus manos aún ardiendo con hechizos. Mis pies pisan charcos de sangre y fragmentos de carne. No me detengo.
—¡ALPHA, UNIFÍQUESE! —grita Asa desde algún lugar, con voz urgente.
Obedezco. No lo pienso. Mi loba, mi vampira y mi bruja corren hacia mí y, con un impacto mágico que me hace caer de rodillas, se funden de nuevo dentro de mi cuerpo. Todo el dolor, toda la energía, todo lo que soy... vuelve a mí.
—Estás demasiado débil —reprocha Nancy con dureza en mi mente.
Miro a Dereck. Tiene seis costillas rotas, su torso está amoratado, sus labios agrietados y apenas puede respirar. No lo pienso. No hay otra opción.
—No morirás —susurro, mis lágrimas cayendo sobre su rostro inerte. Lo beso.
Al hacerlo, un lazo invisible se activa entre nosotros. Siento cómo su dolor se arrastra hacia mi cuerpo y lo suyo empieza a sanar. Mis huesos se quiebran uno a uno, replicando sus heridas. Siento el calor del fuego dentro de mis venas. Pero no me detengo.
—¡NO HAGA ESO! —grita Nyoko, corriendo hacia mí.
—Ya es tarde —murmuro, mientras las heridas siguen trasladándose. El cuerpo de Dereck, lentamente, comienza a llenarse de vida. Su pecho sube y baja de nuevo. Su piel recupera el color. Mientras tanto, yo apenas puedo mantener los ojos abiertos. Mi sanación híbrida comienza a trabajar... despacio, pero constante.
Akane llega jadeando, cubierta de sangre enemiga.
—Todo terminó —dice. Su voz es solemne. Su rostro, manchado de batalla, aún muestra algo de esperanza.
Entonces llueve. Lluvia fría, intensa. Las nubes se dispersan por sí solas, como si la tierra misma necesitara ver el cielo otra vez. Y ahí está.
La Luna Azul.
Enorme. Imponente. Suspendida como una joya en lo alto. Su luz tiñe todo de un resplandor casi irreal, reflejándose en los charcos de sangre, en las hojas empapadas, en nuestras heridas. Su presencia es sagrada. Una señal de algo nuevo.
Mis chicos festejan. Algunos lloran. Hay quienes se abrazan, otros gritan nombres. La Luna Azul significa esperanza. Posiblemente, los que se transformaron esta noche podrían recuperar a sus amores perdidos.
Yo solo sonrío, cansada, mientras abrazo el cuerpo inconsciente de Dereck que descansa en mis piernas. Está vivo. Está conmigo.
—Alpha... —me toca suavemente Hatsu. Gruño del dolor al moverme. Ella se disculpa—. Gracias. El Luno estará bien... Pero usted necesita un médico urgente.
—No te lo negaré —gimo mientras Asa y Akane cargan a Dereck, y Nyoko me sostiene para ayudarme a caminar.
Bajo la lluvia y la mirada de la Luna Azul, nos dirigimos a la casa. Esquivamos cadáveres. Asa lleva a Dereck como si fuera de cristal. Akane vigila todo, lista para eliminar a cualquier amenaza rezagada.
Frente a la mansión nos esperan todos. Hernesto y Enrique están al frente. Sus rostros muestran una mezcla de preocupación y alivio.
—Luna... —dice Hernesto, con voz quebrada—. Muchas gracias. Estamos en deuda con usted. No solo acabó con el que nos esclavizaba... también nos devolvió el futuro.
—No hay de qué... —respondo con una sonrisa sincera—. Yo los buscaré pronto para cumplir el trato.
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Editado: 15.07.2026