Mi Luna Roja ( Mas Que Simples Mitos )

81 - Carolina

Salí a paso rápido de la casa, sintiendo cómo mis costillas se recuperaban poco a poco del horrible dolor con el pasar de los días. El aire frío de la noche me golpeaba la cara, pero no me importaba. Respiraba con más libertad, aunque aún con cierto esfuerzo. Karla, Lincy y Nancy me estaban transfiriendo parte de su energía, lo sentía fluir en mi interior como un cálido río que empujaba la oscuridad hacia los rincones más lejanos de mi cuerpo. Gracias a ellas, me recuperaba más rápido… y eso significaba que pronto acabaría con esta maldición.

Una parte de mí se atrevía a imaginar cómo sería vivir tranquila, sin la amenaza constante de una visión inesperada, sin ese escalofrío helado que me invadía cada vez que veía la muerte de alguien que amaba. Ya no quería tener miedo. Ya no quería sufrir por adelantado. Deseaba vivir… realmente vivir.

Llegué al lugar donde estaba el cuerpo de Ray. Una risa amarga, casi maniaca, se escapó de mis labios al verlo ahí tirado… tal como lo había dejado. El eco de mi risa pareció retumbar entre los árboles. La escena parecía sacada de una pesadilla vieja y repetitiva. Pero esta vez, yo era quien tenía el control.

Me agaché y recogí la daga con la que había estado peleando. Su filo aún tenía rastros de sangre seca. Sin vacilar, con esa misma mano, tomé su cabeza por los cabellos, sintiendo el peso muerto y frío colgar de mi puño. Sus ojos sin vida ya no contenían esa soberbia que tanto me irritaba.

—¿Será que también va? —murmuré como una loca, con una sonrisa torcida en los labios. Me encogí de hombros, como si la respuesta no importara, y comencé a arrastrar su cuerpo con mi mano libre en dirección al lago del Dios Sol.

El camino fue tortuoso, no solo físicamente, sino también mentalmente. Cada paso me hacía recordar la rabia, el miedo, las pérdidas. Cada piedra que golpeaba mis pies descalzos era un recordatorio de todo lo que había sufrido. Pero no me detuve. Tenía que acabar esto.

Al llegar al borde del lago, solté el cuerpo con un suspiro de cansancio. Estaba cubierta de sudor y tierra. Clavé la daga con fuerza en su pecho, hasta el fondo, haciendo un gran agujero. Sentí el crujir de huesos, el desgarre de carne. Me arrodillé junto a él y me saqué la cadena del cuello, manchándome aún más con la sangre que me cubría las manos. No me importaba. No me dolía. Todo en mí estaba adormecido, salvo la determinación.

Introduje la cadena en el hueco que había creado en su pecho. La empujé hasta el fondo, como si con eso enterrara también mi pasado, mis temores, mi maldición.

Me levanté con dificultad, volviendo a tomar el cuerpo de Ray por los brazos. Lo arrastré unos pasos más, hasta el borde mismo del lago, y lo lancé sin ceremonias. La cabeza fue lo último en caer, haciendo un chapoteo que rompió el silencio.

Me quedé esperando. Por un momento, me sentí estúpida. Nada sucedía. El agua solo se agitaba suavemente, como siempre. Di la vuelta con frustración, lista para regresar a casa… hasta que un resplandor intenso iluminó todo el lugar.

Me detuve en seco. El corazón me dio un vuelco.

Volteé lentamente, y ahí estaba… frente al lago, de cuclillas, con la palma de su mano rozando la superficie del agua, sonriendo con una paz que me hizo olvidar todo por un instante.

El lago emitía una luz azul eléctrico, vibrante, casi mágica. Desde su centro emergía la cadena… intacta, como si nunca hubiese estado marcada por la energía oscura de la maldición.

—¿Tía Terra? —murmuré, sin poder asimilarlo aún. El alma se me estremeció.

Ella tomó la cadena con delicadeza y se incorporó, caminando hacia mí con una sonrisa cálida que reconocí al instante, aunque los años la hubieran alejado de mí.

—Te dije que te protegería —dijo al llegar a mi lado. Extendió la cadena hacia mi cuello y, al ver que no reaccionaba, me giró con suavidad. Sentí sus manos temblorosas al colocarla en su lugar—. Ya no pasará nada, cariño —añadió con ternura—. Lamento no haber ayudado a tus padres… Cuando llegué a la manada, todo estaba en ruinas. Ellos ya estaban muertos… y tú estabas devastada…

Me giré hacia ella, sintiendo cómo las lágrimas se acumulaban en mis ojos. La vi claramente esta vez. Lágrimas también corrían por sus mejillas, pero sonreía con una tristeza noble.

—Pero gracias a esto —dijo tocando la perla que colgaba del collar—, tu maldición pudo ser extraída. Si el poder de ella no hubiera quedado atrapado en la perla… jamás se hubiera podido romper.

Me lancé a sus brazos, olvidando por completo el dolor físico. Lloré como una niña, aferrada a su pecho, al calor que había añorado por tanto tiempo.

—Creí que no te volvería a ver —susurré, con la voz rota.

—Tenía que venir —dijo ella, envolviéndome en un abrazo que curó mucho más que mis heridas—. Esa perla es un rubí de Luna Azul… Y gracias a que la Luna Azul brilla esta noche con todo su esplendor, como no lo hacía desde hace tres siglos, pude romper la maldición.

Se separó suavemente, acariciándome la mejilla con el dorso de la mano.

—Bueno, cariño… es hora de que me vaya —besó mi mejilla con ternura.

—¿A dónde? —pregunté, confundida por la calma en su voz.

—Con Mirna —respondió con una dulzura casi musical.

—¿Con Mirna? —repetí, intrigada. Ella asintió.

—Es mi mate. Cuando ella llegó a mí para entregarme la cadena… lo descubrimos. Pero no podía ir con ella hasta cumplir mi promesa contigo. Ahora todo está bien. Lo que venga adelante no será nada que no puedas manejar con tus amigos… y con tu propio mate.

—Espero que sean felices —dije con sinceridad. Ambas eran personas importantes para mí.

—Lo seremos, cariño —respondió, alejándose un poco mientras me saludaba con la mano—. Adiós…

—Adiós… —susurré, con una mezcla de nostalgia y paz.

Su cuerpo se desvaneció en un resplandor rojo, igual que lo había hecho Mirna la noche anterior en su habitación.

Me quedé ahí, sonriendo, con el corazón ligero por primera vez en años. La brisa me acariciaba la piel, y sentí que la oscuridad finalmente había retrocedido. Todo estaría bien. Ya no habría maldición. No más cadenas invisibles.




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