Había despertado envuelta en el calor de unos brazos conocidos. La suave luz del amanecer se colaba por la ventana, y lo primero que sentí fue la calidez de sus caricias en mi cabello. Dereck estaba despierto, sus dedos paseaban con ternura entre mis mechones, como si se asegurara de que estaba realmente ahí, a su lado. Solté una pequeña sonrisa, aún entre sueños, y me removí en sus brazos hasta acurrucarme más contra su pecho. Sentía una paz profunda, tan extraña y ajena después de todo lo vivido, que por un segundo me pregunté si no estaría soñando aún.
—Buenos días —murmuró él, con una voz suave, tan cargada de cariño que me estremecí.
—Ahora sí son buenos —respondí yo, alzando la vista para mirarlo, aún sintiéndome protegida en su abrazo.
Entonces, sin previo aviso, él alzó su mano. En sus dedos sostenía la cadena. Mi cadena. Mis ojos se posaron en ella, parpadeando con sorpresa al darme cuenta de lo que decía sin decirlo.
—¿Lo conseguiste? —preguntó, y su tono no era acusador, solo... esperanzado. Casi incrédulo.
Lo miré, luego a la cadena, y asentí con una sonrisa que brotó desde lo más hondo de mi pecho. Porque no era solo mía. Era nuestra. Era el símbolo de que lo habíamos logrado.
—Lo conseguimos... —susurré, escondiendo mi cara en su pecho. Aún me costaba creerlo—. Ahora no habrá más problemas que tu terquedad... y el machismo de Matt —añadí con una sonrisa burlona, sintiendo cómo su pecho vibraba con una risa muda antes de besarme la frente.
Ese instante de calma fue interrumpido de golpe cuando la puerta se abrió sin ceremonias.
—Agradezca y despierte, Alpha —habló Yashio con su característico desdén teatral—. Ya estaba a punto de lanzarle la jarra de agua —agregó, mostrándola en alto como si fuera un trofeo. Solté una risa inevitable.
—No cambias, Yashio —dije, incorporándome en la cama con algo de dificultad. Dereck me ayudó sin dejar de gruñir bajo, como si su lobo aún no aceptara que el momento de intimidad se había terminado.
Lo besé. No por impulso, sino por gusto. Por costumbre. Por necesidad. Y mientras lo hacía, anulé con un leve susurro el hechizo de bloqueo en sus recuerdos. Sentí un leve estremecimiento recorrerlo, un crujir interno en su mente al liberar todo lo que había estado oculto.
Aún no sabía si él volvería a ser el Alpha de la manada de Luna Azul, ahora que ese clan había vuelto a la vida... pero su lobo tenía el mismo nombre que el de Oshin. Y eso decía más de lo que cualquiera de nosotros quería admitir.
—Gracias —murmuró Dereck, apretándome contra él con fuerza medida, con una necesidad que casi podía saborearse. Hundió su rostro en el hueco de mi cuello, respirándome, como si eso bastara para mantenerme cerca.
—Mucho amor, Alpha y Luno —se burló Akane, entrando justo después. Su tono hizo que soltara una carcajada junto con Dereck.
Éramos una familia antes de la guerra. Inseparables. Cada uno de nosotros había perdido algo. Mates. Hogares. Vidas. Nuestros lobos no habían soportado la pérdida de sus compañeros y nos arrastraron consigo a una oscuridad sin fondo. Esa depresión no solo destruyó nuestras almas, también se llevó nuestros cuerpos. Pero ahora... ahora estábamos aquí. Otra vez. Viviendo.
—¡Ay, espera! Si encuentras a Jasmir —me burlé al mirar a Akane. Ella se sonrojó de inmediato, lo suficiente para que todos soltáramos risas en coro.
—No se burlen, que todos estaremos igual si los encontramos —rezongó, cruzándose de brazos, visiblemente avergonzada.
—Concuerdo —habló Dereck con una sonrisa traviesa—. Si tan solo recordaran las escenas que montaban... dignas de películas porno... —remató con una carcajada que hizo que el grupo entero estallara.
—Alpha —intervino Asa, su tono era más serio, pero no por ello menos emocionado—. ¿Podemos ir a buscarlos, cierto?
—¿Y quién dijo que no los echaría de aquí para que lo hicieran? —respondí con burla, observando sus rostros llenos de esperanza—. Es más, no sé qué hacen aquí todavía. ¡Deberían estar en un avión recorriendo el mundo! Seguro que al transformarse, sus recuerdos fueron desbloqueados como los nuestros...
Me encogí de hombros y sonreí con nostalgia.
—Lárguense cuando gusten. Solo asegúrense de volver y visitarnos. Para recordar esos tiempos en los que todos estábamos unidos.
Los rostros se iluminaron. Sonrisas se dibujaron. Y mientras eso ocurría, podía sentir a Dereck ronroneando contra mi cuello como un felino posesivo. Su abrazo no había disminuido en ningún momento.
—Gracias, Camil —dijeron al unísono. Y yo reí, sintiéndome por fin completa.
—A todo esto... ¿cuál es tu nombre ahora? —preguntó Amaya, rompiendo el momento.
—Carolina Díaz —respondí. Sentí de inmediato cómo Dereck se tensaba. Su cuerpo, hasta ahora relajado, se volvió piedra. Le acaricié el brazo, calmándolo sin necesidad de palabras.
—¿La Alpha de la manada Blood Black? —repitió Amaya, y su tono revelaba sorpresa y algo de respeto. Fruncí el ceño y asentí lentamente.
—Era una hermosa manada —dijo con sinceridad, casi con devoción.
—Lo era... —susurré, bajando la mirada. Mi voz se quebró apenas al recordar lo perdido—. ¿Cómo sabes de ella?
—En un viaje, hace un año... pasé por allí. Todo era hermoso. Me imaginé cómo debió ser cuando estaba habitada. A pesar de estar desolado, no perdía su toque de armonía y amor. El parque en el centro, el hospital perfectamente ubicado, las tres escuelas primarias... todas se veían grandes, majestuosas... —dijo con voz soñadora.
Reí con nostalgia, dejando que las imágenes invadieran mi mente. Aquellos días... eran un recuerdo lejano, pero aún latente.
—Cuando paseaba por ahí, por un momento me dio la impresión de verla habitada. Como si el tiempo se hubiera congelado... —susurró Amaya, pero luego suspiró—. Solo fue una ilusión.
Yo no dije nada. Porque a veces, las ilusiones eran lo único que nos quedaba. Pero ahí, entre todos ellos, abrazada a Dereck, ya no me sentía vacía.
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Editado: 15.07.2026