—La recuperaré… y verás que todo será como lo imaginaste —dije con una sonrisa débil pero llena de fe mientras mis pensamientos se perdían en un recuerdo—. La armonía en las calles era hermosa, ¿recuerdas? Las parejas con sus hijos paseando por el parque, los niños jugando en las afueras de las escuelas antes de que empezaran las clases… —suspiré, permitiéndome sentir la nostalgia por unos segundos—. Todo era tan… hermoso.
—Lo era —asintió Dereck con voz grave, y su aliento tibio acarició la piel de mi cuello, estremeciéndome.
—Y espero que te raptes a Ai para que vayan allá a dar guerra —agregué con una sonrisa traviesa. Ai era su mate, una mujer de carácter fuerte y sonrisa dulce. Perfecta para él.
En el clan de los lobos azules éramos una pequeña familia caótica, un puñado de almas unidas por destino y lealtad. Éramos cuatro mujeres y dos hombres. Las parejas se formaron de forma tan natural que parecía que el universo las había escrito:
Amaya estaba con Ai, quien también era la beta de Dereck. Una unión tan poderosa como tierna.
Akane estaba con Jasmir, ambos eran deltas.
Asa estaba con Soraya, que casualmente era hermana gemela de Sonia, la pareja de Yashio. Siempre era divertido verlas juntas, tenían una conexión casi telepática.
Y por último, Hatsu con Yashiro, quien a su vez era inseparable de Nyoko… y Nyoko, claro, estaba con Dai.
Todos hacíamos cosas súper divertidas. Hubo un tiempo en que el "clan azul", como solíamos llamarnos, se enfrentó al "clan rojo", el apodo cariñoso —y no tan pacífico— que ellos tenían. Literalmente parecía que estábamos en los Juegos del Hambre, con las bromas que nos hacíamos los unos a los otros. Rivalidad amistosa… pero muy competitiva.
Ganamos cuando hicimos la broma final: les llenamos la cama de pintura roja, les pegamos cinta adhesiva en la ropa y les escondimos todo su armario. Solo dejamos ropa del sexo contrario… y no cualquier ropa, sino la más exagerada, reveladora y escandalosa que pudimos encontrar. Ver sus caras fue glorioso. Con eso se rindieron.
Reí al recordar todo lo que habíamos hecho, justo cuando el aliento cálido de Dereck volvió a rozarme el cuello. Me estremecí una vez más, esta vez sin nostalgia.
—Más les vale encontrarlos rápido para que hagamos otro Juegos del Hambre —dije con picardía.
—¡Oh, no, no, no! —respondió Dereck de inmediato, su voz cargada de pánico exagerado, lo que provocó que todos estalláramos en carcajadas—. Aprendimos a la mala que en ese juego no les ganábamos ni con suerte —justificó, levantando las manos.
Reímos más fuerte hasta que una punzada aguda en las costillas me obligó a frenar en seco. Solté una maldición entre dientes.
—¿Estás bien? —preguntó Nyoko, preocupada.
Asentí, haciendo una mueca.
—Solo es el dolor —dije con tranquilidad, aunque dolía bastante.
—El doctor dijo que tenías que descansar. Que se sanarían solas, pero que debías tomar las pastillas para asegurarte de que sanen bien —explicó Yashio con ese tono serio que siempre usaba cuando se trataba de mi salud.
—No vuelvas a hacer eso —dijo Dereck con voz ronca, cargada de molestia y posesividad. Me giré hacia él y le acaricié la mejilla con ternura.
—No me importa. Tan solo pensar que podría volver a perderte… —mi voz se quebró levemente—. Además, no es nada. He pasado por peores —agregué con una sonrisa, pero solo obtuve un gruñido como respuesta. Lo conocía, era su forma de decir que me amaba y le dolía verme así.
—Bueno, yo me iré desde ya… —dijo Hatsu mientras se levantaba—. Solo espero encontrar a Yashiro —añadió, y su tono tenía una mezcla de esperanza y ansiedad.
—En ese caso, yo también me iré —dijo Asa, y uno por uno, los demás comenzaron a despedirse.
—Bien —dije sonriendo mientras observaba cómo salían del cuarto—. Pero… ¿dónde está mi espada?
—Bajo la cama —respondió Yashio antes de salir del cuarto, agitando la mano en despedida.
Y así, quedé sola con Dereck.
—¿Sabes dónde está el bolso que traje ayer? —le pregunté, recordando que ahí tenía algo importante.
—Sí —respondió él con tranquilidad.
—¿Me lo traes, por favor? —le pedí, y él se levantó de la cama con esa agilidad suya, tomando mi mochila del sofá. Me la entregó y la abrí sin perder tiempo.
Saqué con cuidado al señor Blaz, mi peluche favorito desde que era niña.
—¿Y eso? —preguntó, alzando una ceja mientras sonreía con ternura.
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Editado: 15.07.2026