Mi Luna Roja ( Mas Que Simples Mitos )

84 - Carolina

—Te presento al señor Blaz —dije con voz infantil, lo que le hizo soltar una carcajada.

—Pasamos por mi manada y lo recogí de mi cuarto —añadí mientras abría con delicadeza el cierre oculto en la espalda del oso. Dentro, protegidos por una pequeña tela de terciopelo azul oscuro, estaban los anillos de mis padres.

Los saqué con cuidado y se los mostré. Uno era de oro blanco, fino y delicado, con una superficie pulida que brillaba con un resplandor suave bajo cualquier luz. Tenía pequeños zafiros incrustados, perfectamente alineados siguiendo la forma de una luna creciente. Cada piedra azulada parecía contener un pedacito de cielo nocturno, y al mover el anillo, los destellos se deslizaban como si bailaran en un lago de plata. En el interior de la banda, grabado con una caligrafía casi invisible, se leía una frase antigua en idioma arcano, relacionada con la protección y la unión de almas.

El otro anillo contrastaba con su fuerza y sobriedad. Estaba hecho de titanio pulido, fuerte como una promesa inquebrantable. Rodeando toda la circunferencia había un grabado detallado de lobos entrelazados, sus cuerpos formando un círculo sin fin, símbolo de lealtad, vínculo eterno y poder ancestral. Los ojos de los lobos estaban sutilmente sombreados con un tono oscuro, dándoles vida y profundidad. Al tacto, el relieve del diseño podía sentirse, como si cada lobo estuviera protegiendo algo más que un simple dedo: una historia, un juramento.

—Bueno… se supone que esto lo deberías preguntar tú, pero no podría pasar otro día más así —dije, mirándolo a los ojos mientras sostenía los anillos entre mis dedos—. Además, se supone que ya me lo habías pedido hace cuatro siglos atrás… solo que, lamentablemente, ese anillo se perdió.

Le tendí los anillos con una sonrisa suave.

—Así que… ¿qué dices, alfa mío? ¿Nos damos otra oportunidad de vivir eso que la guerra nos robó? —susurré.

Su mirada se volvió intensa. Por un instante, el tiempo pareció detenerse.

—¿Estás segura? —preguntó con la voz más suave que le había escuchado.

—Más que nunca —respondí, y supe, en lo más profundo de mi alma, que esta vez nada nos separaría.

—Bueno, sabes que conmigo los estereotipos se van a la mierda… —dije con una risa suave, mirándolo con esa mezcla de ternura y picardía que solo él lograba despertar en mí—. Y que ya no puedo imaginar un futuro sin ti… y tus pendejadas machistas —agregué con una sonrisa ladeada, mientras sentía cómo mi pecho se llenaba de una emoción tan intensa que casi dolía.

Suspiré hondo. El aire se sintió más denso, como si el tiempo mismo se detuviera por un instante solo para nosotros dos.

—Dereck Rillis… o Oshin Ibars… —murmuré su nombre con una calidez que ni siquiera sabía que tenía—. ¿Te casarías conmigo apenas me recupere de las costillas rotas?

Saqué el anillo de mi papá con manos temblorosas. Cada fibra de mi cuerpo gritaba nervios, emoción y un poquito de miedo. Le tendí el anillo, y él me miró con esos ojos que siempre parecían desnudarme el alma. Sin decir nada, sin darme tiempo para procesar, me besó. Un beso que no fue suave, ni dulce. Fue urgente, intenso, lleno de una pasión que me cortó la respiración y me hizo olvidar el dolor por unos segundos.

Sus manos me rodearon la cintura con fuerza, presionándome contra él. Sentí sus caderas contra las mías, y el calor que emanaba de su cuerpo me hizo estremecer. Yo estaba sentada a horcajadas sobre él, y no dudé un segundo en seguirle el ritmo. Nuestros labios se buscaban como si hiciera años que no nos veíamos.

—Claro que sí, Carolina Díaz… o Camil Aksedoff —susurró apenas se separó de mis labios, su sonrisa suave, pero con ese brillo travieso que lo hacía tan él.

Le puse el anillo con cuidado, temiendo que mis dedos fallaran en el último segundo. Pero no. Encajó perfecto. Él tomó el de mamá y lo deslizó sobre mi dedo anular izquierdo, como si siempre hubiese estado destinado a estar allí.

—Ya después compramos los de boda… —susurró, y volvió a besarme con la misma intensidad, como si sellara un pacto silencioso entre los dos.

—De… r… eck… —gemí su nombre contra su boca al sentir su erección endurecida presionarse contra mí. El calor entre mis piernas creció en cuestión de segundos, y mis manos se aferraron a sus hombros, buscando algo que me anclara—. Mi… e… rda…

Una punzada aguda me atravesó el costado. Las costillas rotas. Una sacudida dolorosa que me devolvió de golpe a la realidad.

—Lo s… ien… to —jadeó él, con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando con rapidez—. No p… od… emos seguir así…

—Mierda… —me quejé, soltando una risa entrecortada, frustrada y excitada al mismo tiempo—. Nos va a tocar baño de agua fría a ambos… pero por separado…

Bufé mientras me deslizaba fuera de su regazo, aunque mi cuerpo protestaba por cada centímetro de distancia. Si seguía sintiendo su bulto presionando mi entrepierna, me iba a valer madre todo. Él se inclinó para darme un beso fugaz, uno de esos que prometen mil cosas, y luego se levantó rápidamente, casi huyendo al baño.

Sonreí como una idiota enamorada, viendo cómo cerraba la puerta tras de sí.

“Nos vamos a casar”, pensé, mordiéndome el labio, emocionada hasta las lágrimas mientras observaba el anillo de mamá brillando suavemente en mi dedo anular. La ducha empezó a sonar, y no pude evitar reír al escuchar a Dereck soltar una cadena de maldiciones ahogadas.

Definitivamente, yo sería la próxima en necesitar agua helada.

Me recosté con cuidado sobre las almohadas, palpando con los dedos el costado herido. Mis costillas aún no sanaban del todo. Ni siquiera mi hibridación había logrado acelerar por completo el proceso esta vez. Algo en esa pelea me había quebrado más que los huesos.

Y, sin embargo, no podía dejar de pensar en él. En cómo me miró cuando le propuse matrimonio. En cómo me sostuvo como si yo fuera su mundo. No quería ni imaginar cómo habría estado Dereck si el herido hubiese sido él. Probablemente habría sido peor… y eso que lo había dotado con dones que lo fortalecían. Pero él era así. Se desesperaba por mí. Siempre.




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