Los primeros rayos del sol se colaban entre las cortinas, cálidos y suaves, como caricias doradas que me arrancaban lentamente del sueño. Parpadeé con pereza, aún con los párpados pesados, y me restregué los ojos intentando disipar la niebla del descanso. Un leve suspiro escapó de mis labios al estirarme apenas bajo las sábanas arrugadas.
Giré el rostro y mis ojos se encontraron con los de Dereck. Él ya estaba despierto, observándome con una mirada tan profunda y llena de ternura que sentí cómo mi corazón se encogía un poco, como si quisiera proteger esa paz que nos envolvía. Sus ojos, oscuros y serenos, me hablaban sin palabras, como si su alma me estuviera abrazando en silencio.
No pude evitar sonrojarme al sentirme tan vulnerable ante tanto amor. Le sonreí, aún medio dormida, con los labios torcidos en una curva suave.
—Buenos días —susurró él, acercándose para besar con delicadeza la punta de mi nariz.
Solté una pequeña risa, de esas que se escapan sin querer, llenas de felicidad tranquila.
—Buenos días —le respondí, mi voz aún algo ronca por el sueño.
Me incorporé lentamente, sintiendo el leve temblor en mis músculos. Tomé una de las sábanas para cubrir mi cuerpo desnudo y bajé un pie fuera del colchón, dispuesta a levantarme. Sin embargo, no logré alejarme ni un paso. Su mano me sujetó por la muñeca con suavidad pero firmeza, y en un instante, supe que no quería que me fuera tan pronto.
Caí sobre su pecho desnudo, tibio y fuerte, y me acomodé sin resistencia alguna. Su aroma familiar me envolvió como un refugio. Cerré los ojos un segundo, respirando profundamente.
—Te amo —murmuró él contra mis labios, su voz era un suspiro que se fundía con mi aliento.
Me besó con lentitud, con un cariño tan inmenso que el tiempo pareció detenerse. No hubo prisa. Solo nosotros, fundidos en ese instante de amor puro. Nos separamos al final por falta de aire, pero nuestras miradas seguían entrelazadas.
—Yo también te amo —respondí con una sonrisa genuina y luminosa, y le di un pequeño beso antes de levantarme de nuevo.
Caminé con paso lento hacia el baño, apretando un poco los labios ante el leve ardor en mis caderas. La noche anterior… había sido una locura. Una hermosa, ardiente y abrumadora locura. Hacerlo cinco veces seguidas no era precisamente sutil, y mi cuerpo lo recordaba muy bien.
—Mi hombre sí que aguanta —gruñó mi vampira interior con tono lascivo.
Solté una risa ahogada al escuchar su comentario, que no hizo más que confirmar que compartíamos la misma satisfacción... y el mismo dolor.
Dejé caer la sábana al suelo y me metí en la ducha. El agua artificial comenzó a llover sobre mi cuerpo, fría al principio, como si quisiera apagar el fuego que aún sentía ardiendo en mi interior. Cerré los ojos y dejé que el agua me envolviera, buscando algo de alivio.
Pero el dolor seguía ahí. Mis caderas, mi vientre… joder, sí que dolía. Sabía que había dicho que valía la pena, que lo soportaría, pero ahora mismo, incluso estar de pie se sentía como una hazaña imposible.
Me dejé caer lentamente al suelo de la ducha, apoyando la espalda contra la pared húmeda. Me abracé las piernas, cerrando los ojos mientras el agua seguía cayendo, arrastrando las huellas de la noche, pero no su recuerdo.
La puerta del baño se abrió y me sobresalté ligeramente. Dereck entró sin decir nada al principio, con el ceño fruncido por la preocupación. Su mirada recorrió mi cuerpo acurrucado y se acercó sin pensarlo dos veces. Se metió bajo la ducha conmigo, empapándose sin importar nada, y se agachó frente a mí hasta estar a mi altura.
—Lo siento —dijo, su voz apenas audible entre el sonido del agua.
Le sonreí con ternura, con esa calidez que solo él conseguía despertar en mí.
—Ahora sí nos pasamos… Lo siento, no tuve control —agregó Matt esta vez, su tono más sombrío, más culpable.
Llevé una mano a su mejilla y la acaricié con suavidad, deseando poder borrar su culpa.
—Nos diste… nos dieron la mejor noche de nuestras vidas —respondí, hablando por todas nosotras, por cada parte de mi alma que había vibrado con ellos.
Tomé su rostro entre mis dos manos y lo besé, lenta y dulcemente.
—Y si este es el precio que tengo que pagar por esa maravillosa noche, lo pago sin quejarme… ni un poco.
Una sonrisa iluminó su rostro. Me devolvió el beso, aún sujetando mis manos con las suyas, como si no quisiera soltarme jamás.
—Los amo… los amamos —murmuré.
—Nosotros también las amamos —respondieron al unísono, haciendo que mi corazón se hinchara un poco más.
—Te ayudaré a bañarte —dijo Dereck, y asentí, aliviada.
Para ser sincera, no creo poder levantarme en un buen rato. Pero, sinceramente… no me importaba. Estaba en paz. Estaba amada. Y eso lo valía todo.
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Editado: 15.07.2026