Estaba sentada en la cocina, comiendo la deliciosa comida que me había preparado Dereck. El aroma del pollo frito aún flotaba en el aire, y me deleitaba con cada bocado. Lo salado y crujiente del pollo se mezclaba a la perfección con lo suave y calientito de las papas fritas. Todo sabía a hogar, a amor, a él. Estaba disfrutando una papita cuando Dereck se acercó a mí con una sonrisa que me hizo detenerme.
—Amor —me llamó con esa voz que siempre lograba calmarme.
—¿Mhmm? —respondí con la boca medio llena, ladeando la cabeza para mirarlo.
Lo vi meter la mano en el bolsillo de su pantalón y sacar una pequeña cajita negra de terciopelo. Mis ojos se agrandaron un poco, y mi corazón, aunque ya enamorado, pareció acelerar su ritmo.
—Mira... —dijo mientras abría la caja con cuidado, revelando dos anillos que brillaban bajo la luz cálida de la cocina—. Son los anillos de boda —dijo con una sonrisa llena de orgullo.
Los observé, maravillada por el diseño: delicados, elegantes, con un toque antiguo que me resultaba familiar.
—Quería que combinaran con los anillos de compromiso de tus padres —continuó, mirándome con ternura—. Sé que puede ser incómodo llevar ambos anillos de corona en el mismo dedo, así que... compré estos también.
Sacó otra cajita, la abrió y me dejó ver otro par de anillos, aún más llamativos. Cada uno tenía un diamante azul y uno rojo incrustado en el centro. Eran vibrantes, como fuego y agua entrelazados.
—Puedes usar el de perla junto al de tu madre, y cuando quieras, puedes usar estos otros —dijo extendiéndome las cajitas con cuidado.
Limpié mis manos con una servilleta para no manchar nada con aceite, y tomé los anillos como si fueran tesoros sagrados. Mis ojos se llenaron de lágrimas al verlos de cerca, sintiendo cómo una emoción cálida me recorría por completo.
—Me encantan... —dije con voz temblorosa. Lo miré, y él también tenía los ojos húmedos, aunque su sonrisa no se había ido en ningún momento. Le sonreí, amplia, sincera, y en ese instante se inclinó y besó la punta de mi nariz.
Solté una risita y lo miré con cariño.
—¿Ya te dije que me encanta que hagas eso?
—No, pero lo seguiré haciendo —respondió él con una risa suave, y volvió a besarme en el mismo lugar.
—Me alegra que te gusten... —siguió diciendo, bajando un poco la voz como si lo estuviera confesando—. Pasé toda la mañana con mi padre en la tienda de anillos, buscando los perfectos para ti...
Acercó su frente a la mía, en un gesto íntimo que solo él sabía convertir en sagrado. Tomó una de mis manos, justo la que tenía el anillo de mi madre, y la acarició con una dulzura que me hizo cerrar los ojos.
—Te amo, mi amor... —susurró—. Y no hallo la hora de casarnos, de tener a nuestro cachorro en brazos, de comenzar esta nueva etapa contigo...
—Yo también lo deseo —respondí bajito. Hice una pequeña pausa, luego lo miré con expresión suplicante—. Pero... ¿ya podemos ir a dormir?
Él soltó una carcajada suave y asintió.
—Sí, vamos.
Dejamos todo en la cocina. Los platos, las cajitas de los anillos, todo quedó en pausa mientras subíamos a nuestro cuarto, tomados de la mano. El día se nos había ido sin darnos cuenta, y ahora la noche nos envolvía con su silencio sereno.
Me cambié, quedándome solo con mi braga blanca y me puse una de sus camisas favoritas, una roja que me llegaba hasta la mitad del muslo. Me encantaba cómo olía, a Dereck, a calidez.
Él se puso un simple pantalón pijama y se metió en la cama. Me acurruqué a su lado, buscando su calor, y quedé perfectamente encajada entre su pecho y sus grandes brazos. Me besó la frente con cariño, y esa simple muestra de afecto me hizo sonreír con los ojos cerrados.
—Buenas noches, mi Luna Roja —susurró con ternura.
Y así, protegida por su amor y envuelta en su aroma, caí en los brazos de Morfeo.
(...)
Desperté más temprano de lo normal. Mi cuerpo se sentía ligero, como si hubiera estado esperando este momento desde hacía semanas. Una sonrisa tonta se dibujó en mis labios apenas abrí los ojos. Hoy... hoy sabríamos el sexo de nuestro bebé.
Me quedé un momento en la cama, mirando el techo, dejando que la emoción me envolviera completamente. ¿Sería niña? ¿Un reflejo pequeño de mí, con sus ojitos curiosos y risueños? ¿O sería niño, con la fuerza de Dereck, y esa mirada profunda que parecía desnudar el alma? No importaba, pero aún así, la ansiedad y la ternura me apretaban el pecho de manera deliciosa.
Rodé lentamente hasta sentarme en el borde de la cama y, con algo de pereza, comencé a vestirme. Me puse uno de sus camisas grandes, esas que siempre me robaba cuando quería sentirme más cerca de él. Su aroma aún impregnaba la tela y eso me hizo sonreír aún más. Terminé con un short de pijama holgado, cómodo y fresco. Me observé un momento en el espejo. Tenía las mejillas sonrojadas y el cabello algo alborotado, pero no me importó. Me sentía... feliz. Luminosa.
Entré al clóset buscando mis zapatos, pero lo primero que vi fue a Dereck. Estaba de pie, con el torso ya cubierto por una camisa perfectamente ajustada a su cuerpo. Sostenía los zapatos en la mano y tenía una expresión tan emocionada como la mía. Tal vez más. Sus ojos brillaban de ilusión, y no pude evitar quedarme viéndolo por un momento, con el corazón latiéndome fuerte.
—Amor —lo llamé, y su mirada se encontró con la mía de inmediato—. ¿Me ayudas, porfa? —pregunté con una sonrisa tímida.
Él asintió con una dulzura que me derritió por dentro. Se acercó con pasos suaves, dejó sus zapatos a un lado y me guió hasta el pequeño sofá dentro del clóset. Se arrodilló frente a mí con ternura y comenzó a colocarme los zapatos, cuidando cada movimiento como si fuera algo frágil, como si yo fuera de cristal. Me miraba con una devoción tan pura que me dieron ganas de llorar.
Cuando terminó, se inclinó hacia mí. Primero besó la punta de mi nariz, lo que me sacó una risita inesperada, y luego me regaló un beso rápido, pero lleno de cariño, en los labios.
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Editado: 15.07.2026