Mi Luna Roja ( Mas Que Simples Mitos )

Quinto Extra

Ya ha pasado una semana desde que me convertí en la esposa de Dereck, y en ese tiempo, tanto él como los chicos me han ayudado a dar forma a mi manada. Poco a poco, hemos ido reconstruyendo todo lo que estaba dañado, y ahora, solo quedaban unos pequeños detalles para hacerla completamente funcional. En breve, haremos el anuncio oficial de la resurgida manada BLOOD BLACK, una de las pocas manadas híbridas que existen en el mundo. La emoción me invadía cada vez que pensaba en ello, ya que finalmente estábamos logrando lo que muchos creían imposible.

El proceso no ha sido fácil, pero poco a poco hemos ido creando algo que, si bien al principio parecía una idea lejana, hoy se ha convertido en una realidad. Sentía una inmensa gratitud hacia Dereck y los chicos, quienes han estado a mi lado, no solo en los momentos más duros, sino también en los más sencillos, como cuando reorganizamos las habitaciones o elegimos el lugar perfecto para las reuniones de la manada. Todo ha sido una colaboración, y me siento muy afortunada de estar rodeada de tantas personas que creen en nuestro proyecto.

Pero lo que realmente me llenaba de emoción era el hecho de que, en solo dos semanas, tendría a mi pequeño en mis brazos. La idea de ser madre me emocionaba de una forma que no podía describir. Ya sentía sus pequeños movimientos dentro de mí, y me parecía increíble cómo, con cada día que pasaba, se acercaba más el momento en que lo conocería en persona. Dereck ya había terminado el cuarto de Alexander, y lo había hecho justo al lado de nuestra habitación, en la misma parte de la casa, lo cual me parecía perfecto. Quería que mi hijo estuviera cerca de nosotros, especialmente en sus primeros años.

Hoy, mientras observaba a Lucia y Lucas jugar en el jardín con los otros niños de la manada, no pude evitar sonreír. Los dos parecían tan felices, tan plenos. Habían tomado con tanto amor a mi hijo como si ya lo conocieran, y eso me llenaba de esperanza. Había formado un vínculo muy especial con ambos, y sabía que, con el tiempo, se convertirían en muy buenos amigos de mi hijo, como una especie de protectores que siempre estarían allí, en las buenas y en las malas. Los vi correr y reír con esa energía tan pura que solo los niños tienen, y me hizo pensar en todo lo que estaba por venir. Sabía que, a medida que mi hijo creciera, él también encontraría su lugar entre ellos, compartiendo risas, aventuras y secretos.

Los veía jugar sin preocupaciones, como solo los niños pueden hacerlo, y sentí una profunda paz. Mi manada, la que había estado tan quebrada y dispersa, ahora se reconstruía no solo con fuerzas externas, sino con los lazos que estábamos creando entre nosotros. Había algo mágico en esos momentos sencillos, en esas pequeñas interacciones que nos recordaban que no estábamos solos. Estábamos construyendo algo grande, algo que no solo era importante para nosotros, sino también para las futuras generaciones de híbridos.

Mientras observaba el jardín lleno de risas, me sentí agradecida por todo lo que habíamos logrado, pero también ansiosa por el futuro que se estaba abriendo ante mí. El futuro de mi hijo, de mi manada y de todos los que ahora eran parte de nuestra familia. Sin duda, estábamos en el umbral de una nueva etapa, y aunque aún había desafíos por superar, sabía que estábamos listos para enfrentarlos juntos. La emoción de ser madre, la alegría de ver a los niños de la manada tan felices y la sensación de que estábamos haciendo historia me llenaban el corazón de esperanza. Pronto, todo lo que habíamos soñado se haría realidad.

El tiempo ha pasado demasiado rápido… Mañana, se supone que tendría a mi bebé. Todo estaba planeado, todo listo. Pero esta noche, mientras revolvía distraída unos jugos en la cocina, sentí un dolor tan profundo en el vientre que me dobló entera.

—¡Aaaah! —grité, con la respiración entrecortada mientras el vaso que sostenía en la mano se estrellaba contra el suelo, partiéndose en mil pedazos. Me sujeté del borde del mesón, jadeando—. ¡Der…ec…k! —llamé con todas mis fuerzas, a pesar del punzante dolor que parecía romperme por dentro.

Él llegó corriendo, alarmado, y se quedó paralizado al verme encorvada, sujetándome el abdomen, con el rostro empapado en sudor.

—¡¡¡Tu hijo se adelantó!!! ¡¡Apúrate, no te quedes ahí como idiota!! —le grité, con lágrimas de dolor corriendo por mis mejillas.

Entonces, como si despertara de un trance, reaccionó y se movió con rapidez, corrió por el bolso que ya teníamos listo para llevar mañana al hospital y me ayudó a salir de la casa.

—¡¡¡Maldición, no vuelvo a quedar embarazada, te voy a castrar, maldita sea!!! —grité mientras me llevaba al auto. Mis gritos eran más potentes que las contracciones. Él sólo me miraba como si no supiera si quería reír, llorar o salir corriendo sin rumbo. Me subió al auto con torpeza, mientras yo seguía maldiciéndolo a los cuatro vientos.

Subió al asiento del conductor y arrancó con tanta fuerza que casi atropella al basurero de la esquina.

—¡Acelera más o te parto la cabeza con una contracción! —le gritaba yo mientras me retorcía en el asiento—. ¡¡Y si me muero, voy a venir a jalarte las patas todas las noches, infeliz!!

—¡No te mueras, por favor! ¡No me dejes solo con ese pequeño monstruo! —respondía él, tan nervioso que parecía que iba a desmayarse en cualquier momento.

Cuando por fin llegamos al hospital, Dereck salió disparado del auto y luego me abrió la puerta como pudo. Me tomó en brazos, ignorando mis gritos, y entró corriendo al edificio como un loco.

—¡¡¡Un doctor!!! ¡¡¡Mi luna está por dar a luz… no quiero morir!!! —gritaba desesperado como si fuera él quien tuviera que pujar.

Los médicos se acercaron al instante, lo apartaron y me ingresaron rápidamente a una sala de parto. Él intentó seguirme, pero una enfermera lo detuvo. Después de unos minutos, lo dejaron entrar para que me acompañara, y se acercó temblando, mientras yo le apretaba la mano con fuerza sobrenatural.




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