Mi Luna Roja ( Mas Que Simples Mitos )

Sexto Extra

Luego de varias horas tortuosas de parto, tanto para Dereck como para mí, por fin lo tenía entre mis brazos. A mi pequeño Alexander.

Era bellísimo.

Mi pecho se sacudió con un sollozo ahogado apenas lo vi, apenas lo sentí tan cálido, tan real, tan mío. La emoción me embistió como una ola imparable. Había llorado, gritado, creído que no podría soportarlo más… pero todo había valido la pena al verlo. Su piel era tan suave como pétalos de rosa, su respiración tan débil y dulce que parecía un susurro del universo, un recordatorio de que algo tan puro aún podía existir en este mundo. Y era mío. Nuestro.

—Es idéntico a ti —le dije a Dereck con voz apenas audible, mientras mis dedos temblorosos recorrían cada rasgo diminuto de nuestro hijo, con una mezcla de reverencia y asombro—. Tiene tus cejas, tu nariz, incluso tu cabello... solo los ojos son míos.

Mis ojos rojos rubí. Intensos, como brasas encendidas, como las llamas de un antiguo fuego que nunca se apagan. Él los tenía también. Pero todo lo demás… era un pequeño clon de su padre. Su rostro ya prometía tener ese atractivo sereno que siempre había tenido Dereck, y aunque su cuerpo era frágil ahora, algo en su postura al dormir ya hablaba de una fuerza latente.

—Es hermoso —susurró Dereck, embelesado, como si estuviera viendo un milagro. Se acercó con cuidado, temeroso de romper ese instante perfecto, y cuando Alexander envolvió su dedo con su manita, una expresión completamente nueva se formó en su rostro. Una mezcla de asombro, amor puro… y una pizca de vulnerabilidad que jamás había visto en él.

Sus ojos brillaron como si la vida entera se resumiera en ese contacto tan simple.

Luego me miró, con una chispa traviesa que rompió momentáneamente el encanto sagrado del momento.

—Quiero otro.

Elevé una ceja y lo miré incrédula, agotada, dolorida y sin el más mínimo deseo de complacer esa locura.

—¿Quieres morir, verdad? —le respondí con frialdad, con una seriedad tan seca que casi sonó a amenaza. Ni siquiera me molesté en ocultar mi expresión. Mi cuerpo aún ardía de dolor, cada músculo temblaba, y él ya pensaba en repetir la tortura—. Me quedo con Alex. Si lo pudieras tener tú, quizá... pero como no se puede, te jodes.

Alexander soltó una risita suave. Un sonido apenas perceptible, pero que resonó como campanas en mi interior. ¿Podía reír un recién nacido? No lo sabía, pero allí estaba. Agitó su manita, aún aferrado al dedo de su padre, y volvió a emitir esa risita como si hubiese entendido cada palabra. Como si ya tuviera sentido del humor.

—Será igualito a ti —rió Dereck, divertido, pero también con esa ternura que ahora parecía parte de él.

—Espero que no —murmuré en voz baja, sonriendo sin querer, mientras volvía a mirar a nuestro hijo. ¿Cómo podía algo tan pequeño hacerme sentir tanto? Estaba tan tranquilo, tan inocente… Su pequeña risa llenaba la habitación de una calidez que jamás había sentido antes. No sabía que algo así podía vivirse. Que un corazón pudiera estirarse tanto, hasta doler, por amor.

Dereck me acarició la frente con suavidad y me besó con una delicadeza que me hizo cerrar los ojos un instante.

—Mis padres quieren pasar a verlo. Y también a verte a ti.

Asentí con un gesto apenas perceptible, el agotamiento volviéndome lenta, casi etérea. Dereck me dejó un último beso en la sien y salió, cerrando la puerta con cuidado.

Me quedé sola con Alexander. Y por primera vez, pude mirarlo sin interrupciones.

Sus párpados estaban medio cerrados, pero sus ojos seguían explorando mi rostro. Como si me estudiara. Como si ya supiera quién era yo. Y de algún modo, eso me estremeció.

Me incliné para rozar su naricita con la mía, sonriendo… pero entonces algo cambió.

Sus ojitos, por un instante fugaz, cambiaron de color.

De rojo rubí a un amarillo ámbar intenso. Como fuego líquido. Como si dentro de él hubiera una llama viva, titilando detrás del iris. Me quedé congelada.

Parpadeé un par de veces, desconcertada.

Y cuando volví a mirar… ya estaban rojos otra vez.

Me obligué a respirar, a relajar los hombros.

—Seguro es el cansancio —murmuré para mí misma, como quien busca convencer a otro. Negué con la cabeza y acaricié su mejilla suave, tratando de ahogar esa inquietud en la ternura—. Mi bebé… te cuidaré. De todo y de todos.

Lo prometí con todo el peso de mi alma.

En ese instante, la puerta del cuarto se abrió. Los pasos de mis suegros fueron suaves pero emocionados. Ambos entraron con los ojos encendidos de ilusión. Mi suegro se quedó paralizado al verlo, como si el tiempo mismo se detuviera a sus pies. Su expresión era de una ternura que jamás había visto en él, como si al ver a Alexander se viera a sí mismo años atrás, cargando a Dereck por primera vez.

Mi suegra, en cambio, se acercó de inmediato, casi sin contenerse, y soltó una carcajada emocionada apenas lo vio.

—Lo voy a consentir tanto que no tendrá duda de quién es su abuela favorita.

Me limité a sonreír. No tenía fuerzas para mucho más. Me sentía algo incómoda, lo admito, pero también agradecida por la calidez con la que recibían a Alexander. Saber que era querido… que lo protegerían si algún día yo no estaba… eso me daba paz.

Mientras ellos hablaban y reían, volví a ver lo mismo. Aquellos ojos…

Por una fracción de segundo, el mismo tono amarillo ámbar apareció. Esta vez más nítido. Más… intenso.

Parpadeé. Otra vez.

Y ya no estaba. Rojo rubí de nuevo.

Nadie más pareció notarlo. O no quisieron notarlo. Me sentí sola en ese descubrimiento extraño, como si guardara un secreto que ni yo misma terminaba de entender.

Decidí no decir nada. Aún no.

El cuerpo me pesaba como piedra mojada, la mente me dolía, pero había algo más fuerte que el cansancio: el amor que ahora me envolvía. Un amor crudo, protector, feroz. Lo alimenté en silencio, sintiendo cómo su cuerpecito descansaba contra el mío. Su aliento cálido, apenas perceptible, hacía cosquillas en mi pecho.




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