Mi luz. [ Editado]

Capítulo 1◇ [EDITADO]

Lunes, 2:39 AM

​Las calles de Alemania se sentían más solitarias que nunca bajo esta tormenta torrencial. El sonido de la lluvia golpeando el pavimento era lo único que llenaba el vacío, ahogando mis propios lamentos. Me hundía en el frío, pero el fuego del cigarrillo que aquel hombre ostenía cerca de mis ojos ardía con una autoridad aterradora.

​—¡Te dije que no estaba jugando! —gritó, su voz cortando el trueno—. Por última vez... ¡¿Dónde está mi dinero?!

​Traté de responder. Abrí la boca, pero el dolor era un nudo en mi garganta. Estaba tan quebrado que no podía articular una sola oración. Mi silencio solo alimentó su furia. Un gesto suyo bastó para que sus hombres volvieran a descargar sus puños sobre mí.

​Entre súplicas y sangre, solo alcancé a balbucear: "Te lo pagaré, lo juro". Pero las palabras no valen nada cuando debes una fortuna. Justo antes de que me mataran, una chispa de una compasión retorcida —o quizás el simple deseo de no cargar con un cadáver esa noche— detuvo el ataque.

​—Te daré tres días —sentenció, apagando el cigarrillo directamente en mi frente. El dolor fue un relámpago blanco—. Si no lo tienes, tomaré a tu linda hijita como pago. La usaré en mi bar.

​Me quedé solo. Moribundo, bajo la tormenta, con el miedo quemándome más que la herida de la frente. No tenía ni la mitad del dinero. Caminé durante horas hacia mi pueblo, con las costillas gritando en cada paso, rezando por una misericordia que no merecía.

Martes, 12:13 AM

​El sol había salido y vuelto a ocultarse. Regresé a la ciudad con una idea desesperada y estúpida: buscar a un hombre rico en los casinos de lujo y rogar. Mi reflejo en los cristales de la zona VIP me daba asco; las arrugas, las canas y los moretones delataban mi vida de apuestas y miseria.

​—¡Por favor! Se lo suplico, haré lo que quiera —le dije, arrodillado frente a un joven que desbordaba arrogancia. Mis lágrimas manchaban la alfombra cara del lugar.

​—¿Un hombre como tú? —soltó él con una risa amarga—. ¿Qué podrías ofrecerme tú a mí?

​El sudor me resbalaba por la frente. Miré al suelo, buscando una salida en el abismo de mi propia vergüenza.

​—¿Usted... tiene esposa? —pregunté con la voz temblorosa.

​—No... no tengo —respondió él, burlón.

​Cerré los ojos con fuerza. Mi moral se retorcía, pero el rostro del hombre del cigarrillo volvió a mi mente.

—¡A cambio del préstamo... le daré a mi hija en matrimonio!

​El joven estalló en carcajadas. —¡¿Me darás a tu hija por unos fajos de billetes?! Qué inútil eres.

​—Prefiero que sea de un solo hombre que la cuide y le dé una buena vida, a que termine como prostituta en un bar de mala muerte para pagar mi deuda —solté con una sinceridad que pareció congelar su risa—. Ella es lo más valioso que tengo. Si la voy a entregar, que sea a alguien con poder para protegerla.

​Él se quedó pensativo, mirándome como si fuera un bicho raro pero intrigante. Saqué mi billetera con manos erráticas para mostrarle su foto de cuando tenía trece años.

​—Solo lo pensaré... Ahora, sal de mi vista.

​Los guardias me arrastraron hacia la salida antes de que pudiera decir más. En el forcejeo, la foto cayó de mis dedos y quedó allí, sobre el suelo de mármol, a los pies de aquel desconocido.

Miércoles, 10:04 AM

​La mañana siguiente, el silencio y la soledad seguían reinando en nuestra casa; quizás se debía a las altas horas de la noche en las que solemos movernos. Encontré a mi padre sentado en el sofá con un cigarro en la mano y una botella de licor en la pequeña mesa. Era una adicción que parecía calmar su culpa y sus dolencias. Tenía la mirada perdida en un punto fijo; estaba ahí, pero al mismo tiempo se sentía fuera de sí mismo, como si sus pensamientos volaran buscando una solución desesperada.

​Bajé las escaleras estirándome, aún con cara de sueño, y él se limitó a sonreír al verme.

​—Buenos días, padre... —le dije con un bostezo antes de sentarme a su lado.

—Buenos días, Emi... ¿Dormiste bien? —me preguntó con una preocupación que se notaba en su rostro. Yo solo asentí, sonriente—. Emi, cariño, ¿por qué no vas y tocas el piano para papá?

​Su voz sonaba temblorosa, casi podía jurar que hablaba entre sollozos.

​Asentí con algo de pereza y me dirigí al enorme piano que estaba a un lado de la sala. Nuestra casa no era la más grande, pero conservaba ese estilo europeo donde todo a mi alrededor era de madera: el piso, las paredes, el techo... Incluso al caminar, se escuchaban los chirridos de la madera vieja bajo mis pies.

​A medida que el sol subía, no dejé de tocar. Cuando mis dedos rozaban las teclas, sentía que viajaba entre las nubes; solo el piano y yo, mientras el viento fresco golpeaba mi rostro y los pajaritos silbaban a mi alrededor, creando una armonía perfecta con mi canto.

​Pasaron dos horas antes de que me detuviera. Mi padre parecía complacido. Cada vez que tenía un problema, le encantaba oírme tocar; era su forma de pensar y buscar soluciones. Y esta vez no sería la excepción.

​—Emily, nos vamos a Inglaterra... —soltó de repente, sin rodeos.

​El golpe de mis manos contra las teclas provocó un sonido estruendoso y molesto. Me quedé helada.

—Esta misma noche nos vamos... —continuó él.

​No pude pronunciar una palabra. La sorpresa me había quitado la voz.

—Pero... —intenté decir, pero él calló mis pensamientos antes de que salieran. Me conocía tan bien que sabía que en mi cabeza llovían miles de preguntas—. Tranquila, todo estará bien. Nos quedaremos en casa de tu madre.

​Por alguna razón, sus palabras no me convencían. Él se acercó y acarició mi cabello, que bajo la luz del sol se veía completamente blanco. No era tinte; desde que estaba en la cuna mi cabello nació así. El diagnóstico era poliosis, una falta de pigmento en el ADN. Normalmente solo afecta a pequeños mechones, pero en mi caso se extendió a toda la cabeza y afectó mi glóbulo ocular izquierdo, dándole pigmentos grisáceos y azules.




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