El sentimiento de haber sido engañada durante toda una vida la asfixiaba. Las diferencias con sus padres siempre habían sido evidentes, pero ella quería creer que solo era vitiligo, una explicación lógica y fácil de digerir. Sin embargo, la verdad que acababa de descubrir sobrepasaba todo lo que creía real. Su corazón golpeaba el pecho con una fuerza violenta; no era falta de aire, era un dolor punzante, una herida abierta. Sus recuerdos se sentían ahora como una farsa, como si su existencia entera hubiera sido un acto de caridad y lástima.
mis piernas cedieron. Se derrumbó hasta que el dolor físico —un ardor que subía desde las plantas de mis pies hasta la cabeza— me obligó a recuperar el aliento. Los gritos de su padre ya no eran más que un eco lejano y distorsionado.
¿Papá?
Esa palabra, antes natural, ahora pesaba como el plomo. Las lágrimas brotaban desde lo más profundo, mezclando dolor, rabia y una furia incontenible. Se sentía estúpida al recordar a Camila; cómo llegó a pensar que ella era el problema, que su frialdad era solo un intento de educarla. Qué equivocada estaba.
Las señales siempre fueron cristalinas, pero su deseo de pertenecer la había cegado. La impotencia me aplastaba. Saber que la separación de sus padres fue, en parte, por su causa, y que Camila nunca la quiso en su vida, la hacía sentir una carga insoportable. Especialmente para Víctor, quien siempre se desvivió por darle todo.
Tumbada en el suelo del bosque, sintió las punzadas de las ramas lastimando sus rodillas, pero ese dolor era un alivio comparado con el incendio que llevaba en el pecho.
— ¿Dejaras de llorar o qué? Intento dormir —dijo una voz.
El cuerpo de Emily se paralizó. Era una voz gruesa, masculina y vibrante. En ese instante se dio cuenta de que la noche se había adueñado del lugar; el sol se había ocultado, dejando que la luna bañara el bosque con una luz espectral.
— ¿Qué...? —Emily miró a su alrededor, incrédula. Sus pupilas luchaban por adaptarse a la oscuridad.
— ¡¿Quién anda ahí?!
Nadie respondió. Por un momento, deseó fervientemente que fuera una alucinación producto del cansancio.
"Genial, ahora oigo voces", pensé. Me levantó rápidamente, sacudiendo la suciedad de su vestido. No quería volver a casa, pero el bosque no parecía una opción segura.
Comenzó a caminar, suponiendo que la salida no estaría lejos. Había corrido apenas doce minutos; volver no debería ser un problema si caminaba en línea recta. Sin embargo, los minutos pasaron y el bosque parecía cerrarse sobre ella. Cada paso la hundía en una oscuridad más densa y tenebrosa. Media hora después, Emily seguía perdida.
— ¿No te han dicho que este bosque está maldito? —La voz regresó, más clara que el agua.
— ¿Maldito? —repitió ella en voz alta, con el miedo trepando por su garganta.
— Vaya, eres nueva... —La voz sonaba cerca, pero a la vez extrañamente distante, acompañada por una risa burlona que generaba eco entre los árboles.—No me extraña que esos malditos te trajera aqui con engaños, no eres la primera de todas formas..
— Señor, ¿qué quiere decir con "maldito"? Por favor, ayúdeme a salir —suplicó, buscando desesperadamente una silueta entre las sombras.
— Hum... —El silencio se hizo denso. — Tal vez no.
De repente, Emily sintió unos brazos fuertes aprisionando su cintura. El extraño la sujetó con una fuerza sobrenatural, impidiéndole cualquier movimiento.
— Vaya, qué fuerte eres...
— ¿Qué haces? ¡Suéltame, te lo suplico! —gritó ella, sintiendo la respiración agitada del hombre cerca de su oído.
— Suplica más, eso me encanta —respondió él con hostilidad. Emily se estremeció; el peligro era real y letal. "¿Cómo pude ser tan estúpida? Papá, ayúdame... que alguien me ayude".
— Por favor, déjame ir... —susurró con la voz quebrada. —Prometo no volver dentrar aqui, por favor...— soltó en un hilo.
Las manos del extraño subieron hasta su garganta y apretaron. El aire dejó de llegar a sus pulmones y su vista comenzó a nublarse. En medio de la desesperación, un pensamiento cruzó su mente: Quiero vivir. Quiero saber qué es el amor, tener una carrera, conocer a mis verdaderos padres... ¡Deseo vivir!
Justo cuando sentía que su alma abandonaba su cuerpo y el frío de la muerte la invadía, el agarre desapareció. Emily se desplomó en el suelo, inhalando bocanadas de aire desesperadas.
— ¿Qué te he dicho sobre usurpar mis tierras, Jacob? —Una nueva voz, gélida y autoritaria, intervino.
Jacob soltó una carcajada mientras se incorporaba.
— Vaya, pero si es Eliot, mi hermano favorito. ¿Ahora te dedicas a salvar damiselas en apuros?
Eliot lo observó en silencio. Jacob era conocido por ser el señor de la arrogancia y la corrupción, un ser que disfrutaba del caos.
— Conoces las reglas —sentenció Eliot—. No puedes aparecer cuando quieras ni derramar sangre en terreno ajeno.
— Vamos, Eliot, solo me divertía. Ella ya estaba aquí cuando la encontré.
Eliot miró de reojo a la chica. Su vestido resaltaba bajo su visión sobrenatural.
— Vete —ordenó con una severidad que no admitía réplica. Jacob, tras una última risa burlona, se desvaneció en un humo negro.
El silencio regresó, solo roto por el llanto ahogado de Emily. Eliot se dispuso a marcharse, pues para él ella no era más que una mortal imprudente, pero algo lo detuvo: Emily se había lanzado a abrazarlo por la espalda.
— Gracias, de verdad gracias... —repetía ella, escondiendo el rostro en la ancha espalda de su salvador. Estaba viva.
Eliot se quedó paralizado. En milenios, ningún mortal se había atrevido a tocarlo. Sintió una especie de choque eléctrico recorrer su cuerpo; sus músculos se tensaron al sentir la humedad de las lágrimas de la chica traspasando su ropa. "¿Por qué este contacto es tan molesto y, a la vez, tan extraño?", se preguntó.
Se giró bruscamente y sus miradas se cruzaron. En los ojos de ella había una mezcla de gratitud y una tristeza profunda. Eliot, que nunca olvidaba un rostro, sintió una punzada de reconocimiento. Esos ojos... ¿los había visto siglos atrás?