«¡Cómprese un cerebro, señora!» y el arte de aburrirse
Una tarde de mi infancia, se me ocurrió ir a decirle a mi madre que estaba aburrida. En lugar de darme un sermón o ponerme a hacer mandados, me miró con picardía y me contó una anécdota de un escritor cuyo nombre ya no recuerdo. Resulta que una vecina se le había acercado a este buen hombre a quejarse de que no sabía qué hacer con su tiempo, y la respuesta del escritor fue fulminante: «¡Cómprese un cerebro, señora!».
Debo confesar que, después de escuchar aquella historia, jamás en la vida me volví a animar a quejarme de estar aburrida ante mi madre.
De hecho, ahora mirando hacia atrás con el paso de los años, me pregunto seriamente por qué corno me aburría en el campo de Florida, si en la estancia había tanto para hacer, para ver, para observar y para pensar. Y sobre todo, había tiempo de sobra para disfrutar de todo eso y más.
La vida me ha llevado luego por caminos muy ajetreados, y por eso ahora, en mi madurez en Italia, disfruto intensamente de tener tiempo para aburrirme. ¡Esos son los momentos exactos en los que me siento más productiva! Es cuando las ideas y los cuentos brotan solos. Mientras tanto, durante los otros días de prisa, simplemente corro detrás de las obligaciones cotidianas, sin tener la verdadera sensación de estar viviendo. En esos momentos vertiginosos, uno no vive; simplemente sobrevive.