La lluvia golpeaba las viejas piedras del castillo mientras Eiden observaba el mundo desde las sombras.
Alguna vez había pertenecido a los cielos.
Alguna vez fue respetado.
Pero los dioses eran criaturas arrogantes incluso entre ellos mismos.
Eiden nació como heredero de los cielos, destinado a portar una corona que durante siglos perteneció a su linaje. Su nombre inspiraba respeto y su poder era reconocido incluso por aquellos que fingían superioridad.
Era el primogénito del gran rey celestial, Draven, soberano absoluto de los cielos y dios venerado por su poder. Ante el mundo divino, Draven representaba perfección y autoridad; pero para Eiden, siempre fue un hombre incapaz de amar algo más que su propio reino.
Hasta que todo cambió.
Los dioses dejaron de mirar al heredero… y comenzaron a inclinarse ante su hermano menor, Kael.
Cegados por favoritismo y falsas promesas, olvidaron quién era el verdadero sucesor. Y cuando Eiden intentó alzar la voz, cuando se negó a aceptar una injusticia disfrazada de voluntad divina, fue silenciado.
No por traición.
No por crimen.
Sino por negarse a callar.
Sin embargo, aquella no era toda la verdad.
Eiden jamás odió a Kael.
Lo adoraba.
Draven jamás vio en él a un hijo; solo le importaba preservar la imagen perfecta de un reino divino arrogante y orgulloso. Y entre salones dorados y falsas alabanzas, Eiden aprendió demasiado pronto que la sangre no siempre significaba amor.
Kael era distinto.
Inocente.
La única persona en la que todavía confiaba.
Y precisamente por eso guardó silencio.
La verdadera sombra detrás de su caída era Selene, reina de los cielos y madre de Kael. Hermosa como la luna y venenosa como una serpiente, Selene deseaba la corona para su hijo y tejió una red de mentiras tan perfecta que incluso los dioses terminaron cegados por sus palabras.
Poco a poco envenenó los cielos contra Eiden.
Manipuló rumores.
Sembró dudas.
Transformó respeto en sospecha.
Y cuando llegó el momento, lo acusó de amenazas y deslealtad.
Pero Eiden conocía el horror que aquella mujer escondía detrás de su sonrisa.
Si sus planes fallaban… mataría a Kael y culparía a Eiden.
Nadie más conocía aquella verdad.
Nadie excepto él.
Por eso no habló.
No porque fuera culpable.
Sino porque abrir la boca significaba condenar a la única persona que aún amaba.
Y así aceptó la caída.
Le arrebataron su divinidad, destruyeron su nombre y lo expulsaron de los cielos, condenándolo a vivir entre humanos como un dios caído.
Quien antes fue admirado… ahora era humillado.
Quien alguna vez caminó entre estrellas… ahora ocultaba su existencia entre barro y sombras.
Los cielos lo llamaron traidor.
Cobarde.
Maldito.
Y él permitió cada insulto.
Desde entonces, el rencor creció dentro de él como una herida imposible de cerrar.
No contra Kael.
Sino contra los dioses que prefirieron una mentira cómoda antes que mirar la verdad.
Porque ignoraban algo.
Un secreto que ni siquiera ellos conocían.
Y cuando ese secreto despertara… los cielos recordarían por qué Eiden fue temido desde el principio.
Sin embargo… Selene no se conformó con la caída.
Para ella, Eiden respirando seguía siendo un peligro.
Y así comenzó a envenenar el corazón de Kael.
Con lágrimas falsas y palabras cuidadosamente tejidas, llenó su mente de mentiras sobre su hermano mayor. Le habló de traición, ambición y odio. Le hizo creer que Eiden había deseado destruir los cielos y arrebatarle aquello que jamás le perteneció.
Kael era joven.
Inocente.
Y el amor ciego hacia su madre lo convirtió en presa fácil de sus palabras.
Poco a poco, la admiración que alguna vez sintió por Eiden se transformó en miedo… y después en resentimiento.
Selene observó aquel cambio con silenciosa satisfacción.
Hasta que llegó la noche en que el engaño dio fruto.
Frente al trono celestial y bajo la mirada orgullosa del rey Draven, Kael juró proteger la paz de los cielos y del mundo.
Y también juró algo más.
Acabar con quien había amenazado aquella tranquilidad.
Acabar con Eiden.
Aquellas palabras atravesaron el corazón del dios caído más que cualquier condena.
Porque sin saberlo… Kael estaba jurando matar al único hombre que había sacrificado todo por él.
Y en ese instante, Selene finalmente sonrió.
El secreto murió junto al juramento.
Y Eiden comprendió que algunas heridas jamás podían sanar.