El dolor era insoportable.
Cada paso que daba parecía desgarrar algo dentro de él.
La sangre caía lentamente sobre la tierra húmeda mientras avanzaba entre los árboles oscuros del mundo mortal.
Una vez había caminado sobre nubes doradas.
Una vez los cielos se inclinaban ante su presencia.
Ahora apenas podía mantenerse en pie.
Eiden apoyó una mano contra el tronco de un árbol para no caer.
Su respiración era irregular.
Las heridas provocadas por las armas benditas continuaban ardiendo como si hubieran sido abiertas apenas unos segundos atrás.
Las cadenas sagradas habían dejado marcas profundas alrededor de sus muñecas.
Los sellos divinos grabados sobre su cuerpo quemaban sin descanso.
Era un dolor diseñado para no desaparecer.
Un castigo destinado a acompañarlo hasta la muerte.
Los dioses querían verlo sufrir.
Y por un momento...
Solo por un momento...
Eiden creyó que lo lograrían.
Sus piernas cedieron.
Cayó de rodillas sobre el barro.
La lluvia comenzó a caer lentamente.
Fría.
Cruel.
Silenciosa.
Y entonces los recuerdos regresaron.
Como cuchillas atravesando su mente.
—¡Es una mentira!
Su propia voz resonó dentro de su cabeza.
El inmenso salón celestial apareció nuevamente ante sus ojos.
Los jueces.
Los nobles.
Los dioses.
-¡Jama utilice magia prohibida! .
Nadie escucho.
-¡Jamás lastimaría a Kael! .
Nadie creyó.
-¡Soy inocente! .
Nadie cedió.
Las pruebas aparecieron una tras otra.
El grimorio prohibido.
La daga ceremonial.
El velo cubierto de sangre.
Todo preparado.
Todo planeado.
Todo perfecto.
Todo pasaba al su alrededor pero el solo sentía una mirada, Draven su padre.
Una mirada fría e indiferente.
Selene lo había traicionado.
Draven lo había abandonado.
Siendo su primogénito y heredero al trono.
No le importo ver como lo sentenciaban.
Y mientras los jueces pronunciaban su sentencia, Eiden comprendió algo aterrador.
No importaba lo que dijera.
No importaba cuánto luchara.
No importaba cuánta verdad hubiera en sus palabras.
Ya estaba decidido.
Ya estaba condenado.
Abrió los ojos de golpe.
La lluvia seguía cayendo.
El bosque seguía allí.
Y el dolor lo seguía devorando.
Y los recuerdos no sesaban.
La víspera de la boda.
Las celebraciones.
Las luces.Las risas.
Y ella.
La prometida de Kael.
Una joven amable que siempre había tratado a Eiden con respeto.
Jamás fueron cercanos.
Pero él la apreciaba.
Porque era una de las pocas personas capaces de hacer sonreír a su hermano.
Todavía podía recordar cómo ella hablaba de Kael.
Cómo sus ojos brillaban cuando lo mencionaba.
Era imposible imaginarla huyendo.
Era imposible imaginarla abandonándolo.
Y sin embargo desapareció.
Sin dejar rastro.
Como si jamás hubiera existido.
Hasta que encontraron el velo.
Cubierto de sangre.
Eiden cerró los ojos.
Eiden apenas podía mantenerse en pie.
Sus piernas temblaban al intentar levantarse.
Apoyo su espalda contra un árbol.
Y así vino su último recuerdo antes de llegar al mundo mortal.
-¡Soy inocente!
Dijo por última vez, Eiden cansado de buscar justicia.
Solo hubo silencio.
Y entonces comprendió que estaba solo.
Completamente solo.
La furia explotó dentro de él.
Las cadenas comenzaron a agrietarse.
Los guardias se alarmaron.
Los sellos divinos quemaron su cuerpo intentando detenerlo, pero ya era demasiado tarde. Durante toda su vida había sido un guerrero, un comandante, el vencedor de incontables guerras. No pensaba morir arrodillado frente a quienes lo habían traicionado.
Los soldados se lanzaron sobre él.
Eiden respondió.
La batalla fue salvaje.
Caótica.
Desesperada.
Cada golpe abría nuevas heridas.
Cada movimiento amenazaba con destruir lo poco que quedaba de su divinidad.
Pero siguió luchando.
Porque si iba a morir, no sería allí.
No frente a ellos.
No como un criminal.
La energía celestial explotó a su alrededor. Columnas enteras se agrietaron.
Los vitrales estallaron en miles de fragmentos mientras los guardias caían uno tras otro intentando detenerlo.
Con sus últimas fuerzas, y toda su energía intento abrir un portal. Nisiquiera pensó donde. Dolo quería escapar.
La única oportunidad.
Corrió hacia él mientras las lanzas benditas atravesaban su espalda y la sangre empapaba sus ropas.
Podía sentir cómo su divinidad era arrancada de su cuerpo, cómo cada segundo lo acercaba más a la muerte.Pero siguió avanzando.Porque el odio era más fuerte.Porque la traición era más fuerte.Porque aún tenía una promesa pendiente.
Antes de cruzar, giró la cabeza una última vez.
Y vio a Kael.
Su hermano.Paralizado entre el caos.
Con aquella mirada.
La misma mirada que años después seguiría persiguiéndolo en sus pesadillas.
Dolor.
Confusión.
Decepción.
Eiden sintió que algo se rompía dentro de él.
Más que las cadenas.
Más que su cuerpo.
Más que su alma.
Entonces sonrió.
Una sonrisa triste.
Y pronunció unas palabras que nadie más escuchó.
Solo Kael.
La luz lo envolvió.
Los gritos desaparecieron.
Los cielos se desvanecieron.
Y el heredero cayó en la oscuridad.
Ese fue el último recuerdo que tuvo antes de despertar solo, destrozado y cubierto de sangre en el mundo mortal.
El último recuerdo de la familia que lo traicionó.
El último recuerdo del reino que juró recuperar.
Y el nacimiento del odio que algún día haría temblar a los cielos.