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brisa fría de la tarde golpea mi rostro con fuerza haciendo contraste con la calidez proveniente del sol tenue que amenaza con esconderse en el horizonte, tras atravesar el umbral de la puerta que conduce a un bello jardín repleto de rosas y margaritas donde un pequeño niño de melena rojiza juega con una espada de madera, imaginando qué es un imponente caballero como los guardias de la familia real, su familia. Aquel niño de cabellera rojiza y ojos peculiares es mi hermano menor, Oriel.
En innumerables ocasiones Oriel me ha expresado su sueño de ser caballero, y en cada una de esas ocasiones se me estruja el corazón sin saber como explicarle que tal vez su más anelado sueño no se cumpla por tener que asumir responsabilidades que no le corresponden, por tener que ocupar el lugar de su hermana mayor en el trono.
Sin importar si soy la legítima primogénita de la familia real, los habitantes de Andrómeda, tan celosos con lo suyo, no permitirán ni al final de los tiempos que un monstruo gobierne sus tierras.
Un monstruo como yo.
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