Mi Maldita Bendición.

Capítulo 2

☆☆☆

Desde el momento de mi nacimiento, mis padres quedaron profundamente angustiados por mi, las parteras con rostros desencajados por el espantó, murmuraban entre si, que la tan esperada bebe del rey estaba maldita.

—Un castigo divino, esto debe ser un castigo de los Dioses— Chilló aterrorizada una de las parteras, llenando la habitación con sus irritantes alaridos. A su vez que las gotas de lluvia fría golpeaban los ventanales del castillo.

—Solo mírenla, su piel está palida como un muerto, su cabello es blanco como la leche y sus ojos son tan claros que se desvanecen— La partera no parecía dispuesta a guardar silencio ni a parar sus comentarios despectivos hacia la niña.

—Cierra la boca— Ordeno la reina, mi madre tratando de recuperar la compostura, aún con el sudor frío corriendole por la frente. Exhausta por a ver dado a luz a un bebé.

Aquella lúgubre noche de tormenta y viento helado, mis padres tomaron una decisión que no solo marcaría mi vida, sino también la de muchos otros. Como única alternativa, optaron por ocultarme no solo del reino, sino del mundo entero. Mi madre, con el corazón deshecho, accedió a los pedidos de mi padre. Ella sabía que era la única forma de mantenerme a salvo.

Cerraron las puertas del palacio y me ocultaron tras aquellos imponentes muros, le hicieron creer al pueblo que la bebe de la reina murió al nacer. Les hicieron jurar a cada trabajador del castillo que jamás revelarian algo sobre la princesa de blancos cabellos, desde la servidumbre hasta los guardias del palacio debían cumplir con su juramento, de no ser fieles a su palabra la pagarían caro.

Y así prevalecio durante diecinueve años, diecinueve años con los mismo trabajos del servicio, diecinueve años con los mismos guardias cuidando a la corona, diecinueve años escondida en las sombras. Esa es la historia que siempre me han contando mis padres sobre mi nacimiento desde que puedo recordar.

Diecinueve años...

Un tiempo que parece tan eterno como el resplandor de la Diosa en lo alto, acompañado únicamente por una solitaria estrella en el vasto cielo, semejante a un pájaro en una jaula de oro.

Las razones de mis padres para mantenerme oculta solo han incrementado con el pasar del tiempo. Cuando tenía tres años, descubrieron algo sobre mí que solo alimentaría sus temores. Como si una niña de cabello blanco como la nieve y la piel pálida como un ser inerte no fuera lo suficientemente aterradora, desde los tres años tengo una especie de habilidad.

Unos le llamarían un don, un regalo divino o una Bendición, otros lo llamarían un defecto, un castigo de los Dioses o una Maldición.

Magia.

Así lo llamo una vieja anciana que mis padres trajeron al castillo cuando tenia siete en buscas de respuestas. Aquella anciana de ojos de un color peculiar y cabellos grises por la edad era una bruja. Seres de los cuales se desconoce su origen, hijos de humanos pero poseen magia, una magia vinculada con la naturaleza.

Desde su nacimiento hasta su último aliento son obligados a servir a la corona correspondiente al lugar de donde provienen. Siendo incluso arrebatados de sus familias desde niños para ser criados como soldados, como armas.

—¿Magia?— Aquella tarde de verano ni siquiera se tomaron la molestia de sacarme de la oficina de mi padre antes de que la vieja bruja confirmara sus sospechas sobre mi.

—Si mi reina, su hija a sido bendecida con un don especial— hago una mueca al escuchar las palabras de la hechicera, pero permanezco en silencio, si me atrevería a protestar recibiría un sermón por parte de mi padre.

—¿Y que hay sobre su apariencia? He visto a muchos de los tuyos y ninguno tiene una apariencia tan peculiar— Pregunta mi padre sentado desde su escritorio, la imagen que protagonisa es digna de un rey y sus palabras estan llenas de razón, a pesar de que las brujas tienen algo que las hace destacar en apariencia ninguna se parecía a mi.

—Me temo mi señor que al parecer la Diosa Luna ha querido jugarles una broma— La bruja sonríe, observandome con sus espeluznante ojos semejantes a los de un felino.

—¿Una broma? ¿Porque la Diosa Luna nos quería jugar una broma? Siempre la hemos adorado de la misma forma que al Dios Sol, hasta hemos nombrado a nuestra hija en su honor—. La voz desconcertada de mi madre revela su profunda preocupación por haber ofendido, quizá sin querer, a una Diosa.

—Yo no lo tomaría como una broma, sino más como un regalo, además de la concebida bendición y el gran talento que trae consigo.

¿Un regalo? ¿Como podría ser un regalo algo por lo cual me he visto obligada a permanecer en las sombras? Apartada del mundo, condenada a pasar mi vida entre los muros del castillo sin saber que se siente el mundo real.

Mi padre me observa fijamente con sus ojos color café desde el otro lado de la habitación. Conozco esa mirada; es la misma que siempre tiene cuando está planeando algo.

—Quiero que la entrenes; eres una bruja capacitada bajo la tutela del ejército de Andrómeda. Quiero que le enseñes todo lo que sabes y a controlar ese supuesto don— La forma en que mi padre se refiere a mi presunta habilidad refleja su disgusto por la situación, esta utilizando su último recurso para evitar que acabe destrozando todo a mi paso.

—Pero, mi rey, como verá, soy una mujer muy anciana. Hay cosas primordiales que, por mi avanzada edad, no podré enseñarle a la joven princesa.

—Entonces también recibirá entrenamiento por parte de uno de mis generales —. Mi madre lo mira horrorizada, levantándose de un tirón del gran sofá donde había estado acomodada, dirigiéndose hacia mi padre de una forma fugaz, como una estrella pasajera a media noche.

—Como ordene mi rey— La bruja, sin más alternativa acepto el trabajo impuesto por mi progenitor.

—¿Orion no pensaras educar a mi hija como uno de tus soldados? Es una niña por lo Dioses ¿en que estas pensando?— La voz de mi madre resuenan por toda la estancia en su intento por negar la idea de su esposo.



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En el texto hay: brujas, magia brujos, fanasia

Editado: 08.03.2026

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