A los 30 años, Elena Kaur ya no esperaba nada de la luna.
Había visto a sus hermanas encontrar a sus mates a los 18, a los 20, a los 22. Había festejado cada marca, cada ceremonia, cada cachorro nuevo de la manada. Había sido segunda al mando, consejera, la loba a la que todos acudían cuando había que tomar una decisión difícil.
Respetada. Intocable. Sola.
A los 25 dejó de mirar. A los 28 dejó de doler. A los 30 se convenció.
- Algunas lobas nacimos para cuidar a la manada, no para tener un mate - le dijo a su mejor amiga la noche de su cumpleaños, con una sonrisa que no le llegó a los ojos.
La manada asintió. Porque era más fácil creer eso que admitir que la luna se había olvidado de una de sus mejores hijas.
Hasta que apareció él.
No lo sintió llegar. Lo sintió irrumpir.
La puerta del Consejo se abrió de golpe en mitad de la reunión. El viento de noviembre entró con él. 21 años, hombros anchos, cabello negro revuelto y esos ojos de Alfa que todavía no aprendían a bajar.
Derek Black.
El hijo del Alfa anterior. El niño que se había ido a los 16 a entrenar con las manadas del norte y que ahora volvía convertido en Alfa. Impulsivo. Arrogante. Hermoso de una forma que dolía.
- Llegué tarde - dijo, sin una pizca de arrepentimiento, y su mirada recorrió la sala hasta clavarse en ella.
Y el mundo se detuvo.
No fue un flechazo. Fue un golpe. Un zarpazo en el pecho que le arrancó el aire. Su loba, dormida durante cinco años, se levantó de un salto dentro de ella y aulló una sola palabra.
Mío.
Los ojos de Derek se volvieron negros. Sus fosas nasales se abrieron. Su cuerpo entero se tensó como el de un depredador que acaba de encontrar lo que ni siquiera sabía que estaba cazando.
- Mía - gruñó.
En voz alta. Delante de todo el Consejo. Delante de toda la manada.
Elena sintió la sangre helarse.
Ocho años. Ocho años los separaban. Ella era la mujer que lo había visto caerse de la bicicleta cuando tenía 13. La que lo había retado por robar comida de la cocina. La que la manada veía como una madre, una hermana mayor, una líder.
No como la pareja de un Alfa.
El silencio que cayó en la sala fue más pesado que una sentencia.
Y en los ojos de todos, Elena leyó lo mismo:
Eso no puede ser.
Derek, en cambio, sonrió por primera vez. Una sonrisa arrogante, desafiante, de Alfa joven que no acepta un no por respuesta.
Y en ese momento, Elena entendió que su vida tranquila y resignada acababa de terminarse.
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Editado: 30.08.2026