La reunión del Consejo no se había recuperado.
Elena mantenía las manos firmes sobre la mesa de roble, pero por dentro su loba no dejaba de dar vueltas, inquieta, olisqueando el aire que todavía olía a él. A bosque mojado, a leña quemada y a algo salvaje que le erizaba la piel.
Mío. Mío. Mío.
- Cállate - murmuró entre dientes.
- ¿Decías algo, Elena? - preguntó Mara, la anciana del Consejo.
- No. Decía que tenemos que seguir con el tema de las patrullas del norte.
Intentó sonar como siempre: firme, controlada, la voz de la razón. Pero nadie la estaba escuchando. Todas las miradas estaban fijas en la puerta por donde él había desaparecido hacía cinco minutos, después de soltar aquella palabra.
Mía.
Derek Black había vuelto.
El último recuerdo que tenía de él era el de un chico flacucho de 16 años, con las rodillas raspadas y demasiado orgullo para pedir ayuda. Le había curado un corte en la ceja la noche antes de que se fuera al norte.
- No me voy a despedir - le había dicho él entonces, desde la puerta de la enfermería-. Odio las despedidas.
- Vas a volver siendo un Alfa - le respondió ella-. Más vale que vuelvas entero.
- ¿Me vas a esperar?
Ella se había reído. Tenía 25 entonces, él 16. La pregunta le pareció tierna.
- Siempre voy a estar en la manada, Derek.
No era eso lo que él había querido preguntar. Lo entendía ahora.
La puerta del Consejo se abrió de nuevo. Sin tocar.
Esta vez no entró con prisa. Entró como si el lugar fuera suyo. Porque lo era. Campera de cuero negra abierta, remera negra pegada al pecho, el pelo negro todavía húmedo por la lluvia de Azul. A sus 21 años, ya no era flacucho. Era alto, ancho, y se movía con esa arrogancia perezosa de los Alfas que saben que todos los van a mirar.
Sus ojos verdes encontraron los de ella de inmediato.
- Nos dejamos a mitad de una conversación - dijo Derek, mirando solo a Elena.
- La reunión del Consejo es privada, Alfa - cortó el viejo Tomas, tenso-. Estábamos en medio de-
- ¿Privada? - Derek levantó una ceja-. Soy el Alfa. Nada es privado para mí. Sobre todo no ella.
El descaro dejó a todos en silencio. Elena sintió el calor subirle por el cuello.
- Derek - dijo, y odió cómo su voz sonó más ronca-. Estamos trabajando. Podemos hablar después.
- No.
Se acercó a la mesa. Se apoyó con las dos manos frente a ella, inclinándose. Quedó tan cerca que Elena pudo ver la pequeña cicatriz que ella misma le había curado en la ceja, ahora partida por el crecimiento.
- Me fui cinco años - dijo en voz baja, solo para ella, aunque todos podían oír-. Cinco años escuchando a los viejos del norte decirme que controlara a mi lobo, que un Alfa no se deja llevar por los impulsos. Y lo hice. Me controlé. Hasta hoy.
- Derek, no es el lugar -
- Te sentí en cuanto pisé el territorio - la interrumpió-. A tres kilómetros. Mi lobo casi rompe el auto por salir. ¿Sabés lo que es eso? ¿Sabés lo que es manejar tres kilómetros con tu lobo aullándote en la cabeza mía, mía, mía?
Mara se levantó, incómoda.
- Derek, hijo, quizás-
- No soy un niño - gruñó él, sin dejar de mirar a Elena, y su voz salió más grave, con el Alfa vibrando debajo-. No soy el chico que se fue. Volví. Y vos sos mi mate. Mi luna no se equivocó.
Elena por fin se levantó también. Necesitaba poner distancia. Tenía 30 años, había enfrentado rogues, había liderado cacerías. No iba a dejarse acorralar por un chico de 21, por más Alfa que fuera, por más que su loba estuviera rogándole que se acercara.
- Tienes 21 años, Derek - le dijo, fría, usando la distancia como arma-. Yo tengo 30. Fui la que te cuidó cuando eras un cachorro. La manada no va a entender esto.
- ¿Qué tiene que ver mi edad? - se enderezó, ofendido, y por un segundo volvió a ser ese adolescente impulsivo-. ¿Qué? ¿Soy muy chico para vos? ¿Muy chico para hacerte feliz? ¿Para protegerte?
- No se trata de eso.
- Se trata exactamente de eso - dio un paso más, y ahora sí quedaron a centímetros-. Ellos te ven como la tía solterona respetada que nunca tuvo un mate. Yo te veo como lo que sos. Mi pareja. Mi igual. Mi Alfa.
Elena contuvo la respiración. Nadie le había hablado así nunca.
- No te tengo miedo a vos - susurró ella-. Le tengo miedo a lo que van a decir de ti. Van a decir que te dejaste llevar. Que elegiste a una loba mayor porque no pudiste conseguir a alguien de tu edad. Van a cuestionar tu liderazgo.
Derek sonrió. Esa sonrisa arrogante que ya había visto en el Consejo y que, maldita sea, le aceleraba el corazón.
- Que lo intenten - dijo-. Que digan lo que quieran. Voy a demostrarles que mi edad no determina cuánto puedo amar. Y que vos - le rozó apenas los nudillos con los suyos, un contacto eléctrico que le hizo temblar a su loba - vos nunca estuviste olvidada. Estabas esperándome.
Desde afuera, llegó el murmullo de la manada que se había reunido frente a la casa del Consejo. Ya sabían. Ya olían el vínculo.
Elena cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, tomó una decisión.
- Si quieres hablar conmigo, Alfa Derek - dijo en voz alta, para que todos oyeran, recuperando su papel de consejera-, será mañana, a las seis de la mañana, en la pista de entrenamiento. Si logras tirarme al suelo, hablamos.
Un desafío.
Los jóvenes lobos del Consejo contuvieron una exclamación. Nadie le había ganado a Elena en la pista en tres años.
Derek se rió, sorprendido y encantado.
- ¿Me estás poniendo una prueba?
- Te estoy poniendo en tu lugar, niño.
- Acepto - dijo sin dudar-. Pero cuando te gane, vas a tener que aceptar que no soy un niño. Y vas a tener que dejar de huir.
Elena no contestó. Pasó a su lado y salió del Consejo, con la espalda recta y su loba aullando de emoción por el reto.
Detrás de ella, escuchó la voz de Derek, baja, segura, dirigida solo a su espalda:
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Editado: 30.08.2026