Mi Mate, El Alfa Menor

Capitulo 2: A Las 6 De La Mañana.

A las 5:50 de la mañana, el aire de Azul cortaba.

Elena ya estaba en la pista. Descalza sobre la tierra húmeda, con el pelo negro atado, leggings y top deportivo. El frío le mordía los hombros, pero era mejor que el calor que sentía por dentro desde ayer.

Su loba no había dormido.

Mío viene. Mío viene. Mío viene.

- Ya lo sé - le gruñó en voz baja-. Compórtate.

Había pasado la noche escuchando los susurros de la manada a través de las paredes finas de las cabañas.

"¿Escuchaste? El Alfa volvió y su mate es Elena."
"¿Elena? Pero si ella tiene 30..."
"Pobre chico, con tantas lobas jóvenes disponibles..."
"Ella lo va a rechazar, seguro. Es demasiado mayor para él."

Demasiado mayor. Esa frase le dolía más de lo que quería admitir.

A las 6:00 en punto, lo sintió antes de verlo.

El olor a bosque mojado y a Alfa joven le pegó de golpe. Su loba se levantó de un salto.

Derek cruzó la entrada de la pista sin remera, solo con un pantalón deportivo gris bajo en la cadera. El cuerpo marcado por el entrenamiento del norte, tatuajes tribales que no tenía cuando se fue bajándole por el brazo izquierdo. Y esa cicatriz en la ceja.

No parecía de 21. Parecía hecho para liderar guerras.

- Llegaste temprano - dijo él, con una sonrisa.

- Dijiste que no te gustaba llegar tarde. Quería ver si aprendiste algo en el norte además de a no usar remera.

Derek se rió. Se le formaban hoyuelos cuando se reía de verdad. Todavía los tenía.

- Aprendí bastante - se estiró, y Elena se obligó a mirar hacia otro lado-. Aprendí que un Alfa no gana solo con fuerza. Gana con cabeza. Y vos tenés mucha cabeza, Elena Kaur. Por eso me gustás.

- No estoy aquí para gustarte. Estoy aquí para ponerte en tu lugar.

- Perfecto. ¿Reglas?

- Sin lobo. Solo humano. El que toca espalda contra el suelo tres segundos, pierde. Si gano yo, aceptas que esto - se señaló a sí misma y luego a él - fue una confusión por tu regreso y te vas a buscar a una loba de tu edad. Y dejas de decir "mía" delante de todos.

Derek dejó de sonreír. Dio dos pasos hacia el centro del círculo de tierra.

- ¿Y si gano yo?

Elena tragó saliva.

- ¿Qué quieres?

- Si gano yo, dejas de decir que eres muy mayor para mí. Aceptas salir a cenar conmigo esta noche. Solo vos y yo. Sin manada mirando. Sin excusas de edad.

Era justo. Era peligroso.

- Hecho.

No hubo cuenta regresiva. Derek se movió primero.

Fue rápido. Mucho más rápido de lo que Elena recordaba. En el norte le habían enseñado a moverse como los Alfas viejos: sin desperdiciar movimientos. La agarró de la cintura y trató de barrerle las piernas.

Elena giró, usando su menor peso a su favor, y lo hizo caer de lado. Llevaba 12 años peleando así. Conocía esa pista mejor que su propia casa.

- ¿Eso es todo lo que te enseñaron? - lo provocó, respirando agitada sobre él.

Estaban en el suelo, él boca arriba, ella sobre su pecho intentando inmovilizarle los hombros. Su cara a centímetros de la suya. Podía ver cada gota de rocío en sus pestañas.

Derek no parecía molesto por estar debajo. Al contrario, la miraba como si hubiera ganado.

- No - susurró-. Me enseñaron a esperar.

Y en un movimiento, le invirtió la posición. Usó su fuerza de Alfa, sí, pero también su largo. La atrapó por la cintura y la giró. Ahora era ella la que estaba boca arriba, con la tierra fría en la espalda y el cuerpo caliente de Derek sobre el suyo, sosteniéndole las muñecas a los lados de la cabeza.

Su pecho subía y bajaba. Su olor la envolvió por completo.

- Uno - contó Derek, mirándole la boca.

- Suéltame, mocoso - gruñó ella, intentando zafarse, pero su loba no quería. Su loba quería restregarse contra él.

- Dos - siguió él, bajando la voz-. ¿Sabés cuántas veces soñé con esto?

- ¿Con tirarme al suelo?

- Con tenerte así. Sin que huyas.

La miró fijo. Ya no había arrogancia. Había un chico de 21 años que había vuelto a casa y había encontrado el centro de su mundo en una mujer que se creía olvidada.

- Tres.

Elena sintió su espalda contra la tierra. Había perdido.

Derek no se levantó de inmediato. Se quedó ahí, a centímetros, respirando sobre sus labios.

- Gané - dijo.

- Lo sé. Ahora bájate.

- No hasta que digas mi nombre. No "niño". No "Alfa". Mi nombre.

Elena lo miró. Terco. Impulsivo. Arrogante. Y ocho años menor. Y su mate.

- Derek - susurró.

Él cerró los ojos como si esa palabra le doliera.

- Otra vez.

- Derek.

Esta vez, Derek se inclinó y apoyó su frente contra la de ella. Un gesto íntimo de lobos. Un gesto que solo se hacía con el mate.

- Esta noche. Cenamos vos y yo. Dijiste que si ganaba, aceptabas.

- La manada va a hablar.

- Que hablen - dijo, y por fin se levantó, extendiéndole la mano para ayudarla a pararse-. Deja que hablen. Yo tengo 21 años, Elena. No tengo tu paciencia. No voy a pasarme los próximos cinco años fingiendo que no te deseo porque a ellos les incomoda la diferencia de edad. Si la luna te hizo para mí, voy a hacer que toda la manada lo vea.

Elena tomó su mano. Estaba caliente. Grande. Llamada.

Y mientras él la levantaba del suelo, desde la línea de árboles, vieron tres siluetas mirando.

El Consejo. Habían venido a ver la pelea.

Y habían visto todo.

Mara, la anciana, negó con la cabeza, decepcionada.

Elena entendió en ese momento que ganar o perder en esa pista daba igual. La verdadera pelea empezaba ahora.




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