No la soltó.
Elena intentó bajar la mano en cuanto vio a Mara, a Tomas y a Jalen parados en la línea de árboles, pero Derek entrelazó sus dedos con los suyos y los apretó.
- No - le dijo en voz baja-. No te escondas. No hiciste nada malo.
- Derek, por favor - susurró ella-. Es el Consejo.
- Justamente.
El Consejo se acercó por la pista embarrada. No venían solos. Detrás de ellos, como si los hubieran llamado, empezaron a aparecer más lobos. Jóvenes, viejos, madres con cachorros. Todos en ropa de dormir, con el olor a curiosidad y a juicio.
La noticia se había esparcido más rápido que un incendio en verano: el Alfa había vuelto y había reclamado a la solterona de la manada.
Mara fue la primera en hablar. Su voz era suave, pero era la voz que había criado a tres generaciones.
- Elena. Derek. ¿Podemos hablar dentro?
- Pueden hablar aquí - respondió Derek-. No tenemos nada que ocultar.
Tomas dio un paso al frente. Fue Beta de su padre. Un hombre de 50 años que todavía veía a Derek como el cachorro que se caía del árbol.
- Derek, hijo, entendemos que acabas de volver, que estás abrumado. El vínculo del mate es fuerte al principio, te hace confundir las cosas. Pero Elena es... - buscó la palabra, y la palabra dolió - ...es una figura materna para ti. Fue tu cuidadora. Tiene 30 años. Hay lobas de 19, de 20, fértiles, que serían mucho más apropiadas para un Alfa tan joven. Que te pueden dar camadas por muchos años.
Elena sintió como si le hubieran pegado. Fértil. Esa era la palabra que siempre le clavaban. A los 30, sin mate y sin cachorros, en una manada de lobos, ya te consideraban casi estéril.
Su loba se encogió, herida.
Derek escuchó esa palabra y algo en él cambió. Su espalda se enderezó. Sus hombros se ensancharon. Y sus ojos, que hasta ahora habían sido verdes y burlones, se volvieron ámbar. El Alfa salió.
El aire se volvió pesado. Todos dieron un paso atrás instintivamente. Todos menos Elena.
- Repite eso - dijo Derek, con una voz que ya no era la de un chico de 21. Era grave, vibrante, la voz que hacía que los lobos se arrodillaran.
Tomas palideció.
- Derek, yo solo digo que-
- Dijiste fértil. Dijiste apropiada. Dijiste figura materna. - Cada palabra era un gruñido bajo-. Estás hablando de mi mate. De la mujer que la luna eligió para mí. Y la estás midiendo como si fuera ganado.
- ¡Es ocho años mayor que tú! - explotó Jalen, otro joven-. ¡Nosotros crecimos viéndola mandar! ¡Es raro, Derek! ¡Parece que estás con tu hermana mayor!
Un murmullo de aprobación recorrió a los jóvenes.
Elena quiso soltarse. Quiso irse corriendo. Esta era exactamente la humillación que había querido evitar.
Pero Derek la jaló hacia su pecho. Le puso una mano en la nuca, posesivo, y la pegó a su costado.
- ¿Raro? - se rió, sin humor-. ¿Saben qué es raro? Que ustedes crean que el amor tiene fecha de vencimiento. ¿Saben qué es raro? Que lleve 10 años escuchando que Elena Kaur es la mejor rastreadora, la mejor peleadora, la más leal de esta manada, y que ahora que la luna dice que es mía, de repente es "muy mayor" y "no apropiada".
Miró a todos, uno por uno.
- Ella no es mayor que yo. Ella es exactamente lo que necesito. Yo soy impulsivo. Ella piensa. Yo quiero correr. Ella sabe cuándo parar. ¿Ustedes creen que necesito una cachorra de 19 años que me diga que sí a todo? Necesito a alguien que me pare cuando estoy por mandarme una cagada. Necesito a ella.
Se giró hacia Mara.
- Me enseñaste que un Alfa elige con el corazón de su lobo, no con la calculadora del Consejo. ¿Cuándo cambiaron eso?
Mara lo miró largo. Sus ojos viejos fueron de Derek a Elena, que tenía la cabeza baja, aguantando las lágrimas.
- No cambiamos nada, Derek - dijo al fin la anciana-. Solo tenemos miedo. Tienes 21. Si la marcas y no funciona... si la edad pesa... te quedarás sin heredero. Y ella se quedará más sola que ahora.
Esa fue la frase que quebró a Elena.
Se soltó de Derek de golpe.
- Tiene razón - dijo, con la voz rota pero fuerte-. Todos tienen razón. Tienes 21 años, Derek. Vas a querer cachorros en dos años, vas a querer una manada enorme, vas a querer viajar, vas a querer... y yo ya viví eso. Yo ya no quiero correr. Yo quiero paz. No soy para ti.
Mintió. Mintió porque era más fácil que admitir que tenía terror de que él se arrepintiera.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia su cabaña, descalza sobre el barro, con la espalda recta aunque por dentro se estuviera rompiendo.
No llegó a dar cinco pasos.
Derek no corrió. No la atajó como un cachorro impulsivo.
Usó su voz de Alfa.
- Elena Kaur.
La orden vibró en toda la pista. En todo el bosque. Todos los lobos, incluso los viejos, inclinaron la cabeza por instinto. Incluso Elena. Su cuerpo se detuvo solo. Su loba se rindió.
Derek caminó hasta quedar detrás de ella. No la tocó. Le habló al oído, solo para ella, pero con una promesa que todos pudieron sentir.
- No te di permiso para irte. Y no te lo voy a dar nunca.
Levantó la voz para que lo escuchara la manada entera.
- Esta noche ceno con mi mate. Mañana patrullo con mi mate. Y cuando yo decida marcarla, porque la voy a marcar, toda la manada va a estar ahí para ver que la luna no se equivoca. Si a alguien no le gusta, puede desafiarme ahora mismo en esta pista. Como Alfa. Como hombre que ama a su mujer.
Silencio absoluto.
Nadie se movió. Porque aunque tuviera 21, era un Alfa. Y acababa de reclamar.
Elena temblaba. De rabia, de vergüenza, de algo mucho más peligroso: esperanza.
Derek le rozó la espalda con los nudillos, apenas.
- A las ocho te paso a buscar - susurró-. Ponte linda, loba mayor. Que este Alfa joven te va a demostrar que ocho años no son nada cuando se trata de aullar por vos.
Y la dejó ahí, parada en medio de la pista, con toda la manada mirándola, con el corazón latiéndole tan fuerte que estaba segura de que todos podían oírlo.
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Editado: 30.08.2026