Mi Mate, El Alfa Menor

Capitulo 4: La Cena.

A las 7:55, Elena todavía no sabía qué ponerse.

Su cabaña parecía un campo de batalla. Ropa tirada en la cama, en el suelo. Vestidos que no usaba desde hacía años. Todo le parecía mal.

¿Demasiado joven? ¿Demasiado vieja? ¿Demasiado intentando parecer joven?

- Estoy ridícula - se dijo al espejo.

Llevaba un vestido verde oscuro, simple, que se le pegaba a la cintura. Se había soltado el pelo negro. Por primera vez en mucho tiempo se había puesto labial. Se veía... se veía de 30. No de 20. Y eso la aterraba.

Tocaron la puerta. Dos golpes firmes.

Su loba saltó antes que ella.

Abrió.

Derek estaba ahí y se le olvidó cómo respirar.

Se había bañado. Pelo negro peinado hacia atrás, todavía húmedo. Camisa blanca arremangada hasta los codos, dejando ver el tatuaje del antebrazo y las venas marcadas. Pantalón negro. Y olía tan bien que la loba de Elena gimió por dentro.

Él la miró de arriba abajo y se quedó sin su sonrisa arrogante por un segundo. Solo la miró.

- Mierda - susurró.

- ¿Mierda buena o mierda mala? - cruzó los brazos, nerviosa.

- Mierda de que voy a tener que pelearme con toda la manada porque ninguno va a poder dejar de mirarte - se pasó una mano por la nuca, incómodo, y ahí Elena vio al chico de 21 de nuevo-. Estás... estás hermosa, Elena.

Nadie le había dicho hermosa en años. Respetada, sí. Fuerte, sí. Hermosa, no.

- Tú no estás mal tampoco, Alfa - logró decir.

Derek sonrió, recuperando terreno. Le ofreció la mano.

- ¿Nos vamos? No te llevo al restaurante de la manada. Nos mirarían hasta lo que comemos.

- ¿A dónde entonces?

- A mi lugar.

La llevó a la camioneta negra que había llegado ayer. No la llevó al centro de Azul. La llevó al borde del territorio, donde el bosque se abría y se veía el arroyo. Había una mesa. Una sola mesa de madera con dos sillas, un mantel blanco, velas y dos platos tapados. Él mismo lo había preparado.

- ¿Cuándo hiciste esto? - preguntó Elena, sorprendida.

- Entre la pelea y el juicio. Le pedí a mi primo que me ayudara. - Le corrió la silla-. Sabía que ibas a querer ponerte linda. No quería apurarte.

Ese detalle. Ese detalle le rompió todas las defensas.

Se sentaron. El arroyo sonaba. Las velas temblaban.

- No trajiste a nadie para servir - notó ella.

- No quiero que nadie nos moleste. Además - levantó las tapas. Eran dos platos de guiso de cordero humeante-. Cociné yo.

Elena se rió de verdad por primera vez en dos días.

- ¿El Alfa cocinó?

- El Alfa hizo lo que pudo. Mi mamá me enseñó antes de morir. Dijo que si algún día encontraba a mi mate y no sabía cocinarle, no merecía tenerla.

El nombre de su madre lo puso serio un segundo. Elena lo sintió y le tocó la mano por instinto sobre la mesa.

Derek entrelazó los dedos al instante. Grandes, calientes, envolviendo los suyos.

- Elena, tengo que preguntarte algo y quiero que me respondas con la verdad, no con lo que cree el Consejo que deberías responder.

- Dime.

- ¿Por qué estás tan convencida de que no mereces un mate? ¿De verdad crees que es por tu edad? ¿O es porque tenés miedo?

Ella bajó la mirada al guiso.

- Las dos cosas. Cuando cumples 30 en una manada y no tienes marca, empiezas a pensar que hay algo malo en ti. Que tu loba no es suficiente. Que eres muy fría, muy dura, muy... vieja. Que ninguna luna te va a querer.

- Mi luna te quiere.

- Tú tienes 21, Derek. - Levantó los ojos, y estaban húmedos-. En cinco años vas a tener 26. Vas a estar en tu mejor momento. Y yo voy a tener 35. Con arrugas. Y quizás sin poder darte cachorros tan fácil como una de 20. ¿Qué pasa entonces? ¿Te vas a arrepentir?

Derek se levantó. Rodeó la mesa y se arrodilló frente a su silla, quedando a su altura. Le tomó la cara con las dos manos, con una delicadeza que no iba con su tamaño.

- Escúchame, loba mayor - susurró, con esa palabra que ya no sonaba a burla, sino a apodo íntimo-. Yo no te elegí a pesar de tus 30 años. Te elegí _por_ tus 30 años.

- ¿Qué?

- Si tuvieras 19, no sabrías ponerme en mi lugar como lo hiciste hoy. No sabrías mirar al Consejo a los ojos sin bajar la cabeza. No habrías cuidado de esta manada mientras yo no estaba. Una cachorra de 19 no me sirve para ser Alfa. Yo no necesito una niña a la que cuidar. Necesito una mujer que me enseñe a liderar. Que me gruña cuando me equivoco. Que sea más fuerte que yo a veces.

Le secó una lágrima que ella no sabía que había caído con el pulgar.

- ¿Cachorros? - siguió-. Quiero. Algún día. Pero quiero que sean tuyos. Si llegan a los 35, a los 36, a los 40, me da igual. Y si no llegan nunca, me da igual también. Tengo una manada entera de cachorros para cuidar. Lo único que no tengo es a ti.

Elena no pudo más. Se inclinó y apoyó su frente contra la de él, como él había hecho en la mañana. Su olor la inundó. Su loba por fin, después de años, se sintió en paz.

- Eres muy impulsivo - susurró contra su frente.

- Y tú eres muy terca.

- Somos un desastre.

- Somos mates - corrigió él-. Y ahora, come, antes de que se enfríe el guiso que hizo tu Alfa joven.

Ella se rió entre lágrimas. Él se levantó y volvió a su silla, pero no soltó su mano en toda la cena.

Comieron. Hablaron. Él le contó del norte, de cómo lo mordió un oso a los 17, de cómo extrañaba el olor de Azul. Ella le contó de cómo mantuvo la manada unida cuando su padre murió, de cómo creyó que se quedaría sola para siempre.

Y cuando las velas casi se apagaban, Derek se inclinó sobre la mesa.

- Elena.

- ¿Qué?

- ¿Puedo besarte? - preguntó. Por primera vez, pidió permiso. Sin arrogancia. Solo un chico de 21 mirando a la mujer que amaba.

Elena miró su boca. Su cicatriz. Sus ojos verdes que ya no eran de un niño.

Ocho años. Ocho años que de repente no pesaban nada.

- Tienes que demostrarme que tu edad no determina cuánto puedes amar, ¿no? - susurró ella.




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