El beso no se quedó en el arroyo.
Elena intentó volver caminando sola a su cabaña, para guardar las apariencias. Derek no la dejó. La llevó alzada, con sus piernas alrededor de su cintura, besándola contra la puerta de la camioneta como si tuvieran 16 años los dos. Como si no hubiera manada, ni Consejo, ni ocho años en el medio.
Cuando por fin llegaron a la zona de cabañas, eran las once y todo el mundo estaba despierto.
Nadie aullaba ahora. Todos miraban desde las ventanas, desde los porches. El olor del beso, el olor a mate encontrado, se había colado por todo el territorio. Era dulce, pesado, inconfundible.
Elena se bajó de la camioneta roja como un tomate.
- Me van a ver - susurró.
- Que te vean - Derek le tomó la mano y la levantó, entrelazando sus dedos bien alto, para que todos vieran-. Que vean que volviste conmigo. Que vean que mi loba mayor por fin me dejó besarla.
- ¡Derek!
- ¿Qué? Es la verdad.
Una puerta se abrió. Era Mara. No venía sola. Venía con Tomas y con otras dos ancianas. Traían una manta blanca.
Elena sintió el estómago caerle a los pies. Conocía esa manta. Era la manta de la ceremonia de marca. La que se usaba cuando un Alfa reclamaba oficialmente.
- No - dijo Elena, pálida-. No, es muy pronto. Mara, no-
- No es pronto - interrumpió Mara, pero su voz ya no era de juicio. Era suave-. El bosque no ha olido así en años, Elena. Desde que murió la madre de Derek. Hueles a mate feliz. Hueles a manada completa.
Tomas, el que había dicho lo de fértil en la mañana, se acercó con la cabeza gacha.
- Elena... Derek... yo... lo que dije hoy fue de un viejo idiota. - Miró a Elena-. Te vi crecer. Te vi cargar a este pendejo con fiebre cuando tenía 10. Y pensé... pensé que eso te hacía menos mujer para él. Me equivoqué. Te hace más. Ninguna cachorra de 19 lo habría cuidado así. Ninguna.
Derek no dijo nada. Solo miró a Elena, esperando. Siempre esperando su decisión.
- Es tu elección, Elena - dijo Mara, extendiendo la manta-. Si lo aceptas esta noche, lo marcas bajo esta luna. Si no, esperamos. Pero no niegues lo que ya todos olemos. Este chico te ama. Y se nota que vos a él también.
Elena miró la manta. Miró a Derek. 21 años. Impulsivo. Arrogante. El Alfa que le había preparado una cena en el arroyo y le había cocinado guiso y le había pedido permiso para besarla.
Ocho años menor. Y el único que en diez años la había mirado como si fuera hermosa y no solo útil.
- Tengo 30 años, Mara - dijo, con la voz temblando-. Si lo marco ahora y mañana se arrepiente...
Derek no la dejó terminar. Se arrodilló ahí, en medio del barro, delante de toda la manada que miraba desde las sombras. Se abrió la camisa blanca de un tirón, dejando el cuello y el hombro expuesto, donde los Alfas recibían la marca de su pareja.
- Entonces márcame - dijo, mirándola desde abajo-. Míramelo a los ojos y dime que soy muy chico para amarte. Dímelo y me levanto y me voy. Pero si no puedes decírmelo...
Elena temblaba entera. Su loba estaba fuera de control, arañando por salir.
- Derek, levántate, no tienes que-
- Tengo 21 años, Elena. - Su voz se quebró, y por primera vez no sonó arrogante, sonó vulnerable-. Toda mi vida me dijeron que era muy chico para ser Alfa. Muy chico para liderar. Muy chico para todo. Y hoy me dicen que soy muy chico para vos. Demuéstrales que se equivocan. Márcame vos. No yo a ti. Vos a mí. Que todos vean que la loba mayor eligió quedarse con este Alfa joven.
Fue eso. _Eligió._
Toda su vida la habían elegido o la habían olvidado. Nadie le había dado la elección.
Elena cayó de rodillas frente a él. Le tomó la cara. Lo besó, desesperada, con lágrimas.
- Te va a doler - susurró contra su cuello.
- Me dolió más cinco años sin ti - respondió él.
Y Elena dejó que su loba saliera.
Sus ojos se volvieron dorados. Sus colmillos bajaron. Olió el punto exacto donde su vena latía en el cuello de Derek, donde el olor a mate era más fuerte.
- Mío - gruñó, ya no como humana.
- Tuyo - respondió Derek, entregado-. Tuyo desde que tenía 16 y no lo sabía.
Y mordió.
No fue un beso. Fue un reclamo. Profundo, posesivo, eterno. Sus colmillos se hundieron y la sangre de Alfa joven llenó su boca, caliente, eléctrica. Derek gritó, pero no de dolor. De alivio. Su cuerpo se arqueó y sus propias garras salieron, clavándose en la tierra, mientras su lobo aullaba dentro de él.
La marca brilló dorada un segundo bajo la luna de Azul.
Un jadeo colectivo recorrió la manada. Luego, un aullido. Uno, diez, treinta lobos aullando al cielo.
Elena lamió la herida para cerrarla, temblando, con la boca manchada con su sangre. Con _su_ sangre.
Derek la abrazó, la levantó del suelo y la giró en el aire, con la marca sangrando todavía, riendo como un loco.
- ¡Me marcó! ¡Me marcó la loba mayor! - gritó para que todos lo oyeran, orgulloso como ningún Alfa se había visto jamás-. ¡Ahora vengan a decirme que soy muy chico!
Elena se rió, llorando, golpeándole el pecho.
- ¡Bájame, arrogante! ¡Estás sangrando!
- ¡Que sangre! ¡Que todos huelan que soy tuyo!
Mara se acercó y les echó la manta blanca por encima a los dos, cubriéndolos. La bendición final.
- Bienvenido a casa, Alfa - le dijo a Derek-. Y bienvenida a casa a ti también, Elena. Por fin.
Esa noche, en la cabaña de Elena, con la marca de ella en su cuello todavía fresca y palpitante, Derek le demostró, despacio, sin prisa, sin arrogancia, solo con amor de lobo joven y devoto, que ocho años no eran nada.
Que un Alfa de 21 podía amar como si tuviera mil años esperando.
Y que ella, a los 30, por fin había dejado de esperar.
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Editado: 30.08.2026