Mi Mate, El Alfa Menor

Capitulo 7: La casa del alfa.

— No voy a vivir ahí.

Elena estaba plantada en la puerta de la casa del Alfa, cruzada de brazos, con la campera de Derek todavía puesta.

La casa era enorme. Dos pisos, madera oscura, ventanales que daban al bosque. La casa donde habían vivido todos los Alfas de Azul por cien años. La casa donde Derek creció. La casa donde su padre murió.

— ¿Por qué no? — Derek venía cargando dos bolsos. Uno suyo, uno de ella. Que había empaquetado él mismo mientras ella hablaba con los rogues—. Eres mi Luna. Es tu casa.

— Es tu casa. Yo tengo mi cabaña. Es pequeña, pero es mía. Tiene mis libros, mis cosas, mi olor. No necesito una mansión para ser Luna.

Derek dejó los bolsos en el porche y la miró. Entendía. Elena había pasado 30 años construyendo un lugar donde nadie la pudiera echar. Donde ser la solterona no doliera tanto. Irse de ahí era como admitir que por fin pertenecía a alguien.

— No te estoy pidiendo que dejes tu cabaña — dijo, más suave—. Te estoy pidiendo que conviertas esta casa en nuestra. ¿Sabes cuántos años estuvo vacía desde que murió mi papá? Cinco años. Huele a polvo y a soledad. Igual que olías tú antes de ayer.

Elena apretó los labios.

— Ese es un golpe bajo, Black.

— Soy un Alfa joven e impulsivo. Solo sé dar golpes bajos — se acercó y le quitó la campera, quedándose con ella en la mano—. Además, mi cama es más grande. Y anoche te quejaste de que mi codo te daba en la cara toda la noche.

— ¡Porque ocupas toda la cama!

— Porque tú te moves mucho cuando sueñas que me muerdes otra vez — le guiñó un ojo—. Vamos. Entra. Si no te gusta, nos volvemos a tu cabaña y vivimos ahí apretados para siempre. Pero al menos mírala.

Elena suspiró. Entró.

Olía a cerrado. A madera vieja. A tristeza.

Derek la siguió.

— ¿Ves? Es horrible.

— Es... grande — dijo ella, mirando la sala vacía. Solo había un sillón roto y una mesa.

— Era de mi papá. Nunca quise cambiar nada. Sentía que si cambiaba algo, lo borraba. — Derek se apoyó en la pared—. Pero ahora... ahora quiero borrar la parte triste. Quiero que huela a ti. A guiso. A libros. A loba mayor mandona.

Elena caminó hasta la chimenea. Había fotos. Derek de niño en hombros de su padre. Su madre riendo. Y una más reciente, de ella misma a los 20 años, curando a un Derek adolescente con la rodilla rota. Ni siquiera sabía que esa foto existía.

— ¿De dónde sacaste esto? — la tocó.

— Estaba en el cajón de mi papá. Decía "Elena cuidando al futuro Alfa. Guardar". — Se puso detrás de ella—. Él ya sabía. Todos sabían menos tú.

Elena sintió los ojos húmedos.

— Derek...

— Quédate — le susurró en el oído, abrazándola por detrás—. No por la casa. Quédate porque si me dejas solo acá, voy a volver a tener 16 y a tener miedo de esta casa vacía. Quédate porque anoche, cuando te dormiste con mi marca en tu cuello, por primera vez no escuché el silencio.

Elena se dio vuelta entre sus brazos. Tenía que ponerse de puntillas para mirarlo. Ese detalle, esa diferencia de altura, que ayer le parecía una prueba de que era muy grande para él, hoy le parecía perfecta.

— ¿Y si hacemos algo? — dijo—. Nos quedamos con las dos. Tu casa para ser Alfa y Luna. Mi cabaña para cuando quieras que te ponga en tu lugar y te recuerde quién manda de verdad.

Derek sonrió. Esa sonrisa de chico enamorado que solo le mostraba a ella.

— Me gusta. Sobre todo la parte de que me pongas en mi lugar — la levantó en brazos sin esfuerzo—. ¿Quieres inaugurar la casa del Alfa, Luna?

— ¡Derek! ¡Bájame! ¡Acabamos de llegar!

— Justamente. Hay que bendecirla. Es tradición de los Alfas — la llevó hacia las escaleras, hacia el cuarto principal—. Tradición muy, muy importante que me enseñaron en el norte.

— ¡Qué tradición ni qué—!

No terminó. La risa se le cortó cuando Derek la dejó caer suavemente sobre la cama gigante y polvorienta del Alfa, y se inclinó sobre ella, con su marca latiendo en el cuello y sus ojos verdes fijos en los suyos.

— Elena — dijo, ya sin bromas—. ¿Puedo?

Ella entendió qué pedía. No era solo un beso. Era quedarse. Era hacer de esa casa vacía un hogar.

Le pasó las manos por el pelo negro, por su cicatriz, por su marca.

— Tienes 21 años, Derek Black — susurró—. Vas a tener que aprender a compartir el closet. Yo tengo mucha ropa.

— Tengo toda la vida para aprender — respondió él, y la besó.

Afuera, la manada pasó frente a la casa del Alfa y se detuvo. Olieron.

Ya no olía a polvo. Olía a guiso, a libros, a loba mayor y a Alfa joven. Olía a hogar.

Mara, que pasaba con su bastón, sonrió.

— Por fin — murmuró—. Por fin esa casa volvió a ser casa.

Y cerró la puerta del jardín para darles privacidad.




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