Elena supo que algo andaba mal cuando se despertó a las 3 de la mañana empapada en sudor.
No hacía calor. La casa del Alfa era fresca. Derek dormía a su lado, boca abajo, con un brazo sobre su cintura como siempre, roncando bajito.
Pero ella ardía.
Se sentó en la cama. Su piel estaba roja, sensible. Su loba se retorcía, inquieta, gimiendo.
_Calor. Necesita. Mate. Ya._
— No — susurró Elena, aterrada—. No, no, no puede ser. No ahora.
Tenía 30 años. No había tenido un celo en casi cuatro años. Los lobos sin pareja marcada dejaban de tenerlos, su cuerpo se apagaba para no sufrir. Los médicos de la manada le habían dicho que ya no volvería a tener uno. Que era normal para una loba mayor sin mate.
Y ahora, de repente, su cuerpo entero latía.
El olor. Su olor cambió. Dulce, fuerte, embriagador. El olor del celo.
Derek olfateó en sueños. Su nariz se movió. Sus ojos se abrieron de golpe. Ámbar puro. No verde. Ámbar de lobo.
— Elena? — su voz salió como un gruñido ronco.
— Derek, sal de la habitación — dijo ella, envolviéndose en la sábana, temblando—. Ahora. Por favor.
— ¿Qué? ¿Por qué?
— Estoy... estoy en celo — lo dijo con vergüenza, como si fuera algo sucio—. No debería. No a mi edad. Pero tu marca... tu marca lo despertó. Sal, por favor. Va a ser fuerte y tú eres...
— ¿Yo soy qué? — Se incorporó. Ya no estaba dormido. Su lobo había tomado el control. Olía a Alfa en celo también, posesivo, salvaje—. ¿Muy chico?
— ¡Sí! ¡Eres muy chico! ¡Tienes 21! ¡No sabes lo que es esto! ¡Me va a doler y voy a...!
No pudo terminar. Derek ya estaba sobre ella. No la tocó todavía. Se quedó a centímetros, respirando su olor, con las manos clavadas en el colchón a los lados de su cabeza, luchando contra su propio instinto.
— Elena, mírame — ordenó, con voz de Alfa.
Ella lo miró, con los ojos llenos de lágrimas y de fiebre.
— Tengo 21, no 12. Sé perfectamente lo que es el celo de mi mate. Me enseñaron en el norte. Me enseñaron que cuando mi Luna entre en celo, tengo que cuidarla, no dejarla sola sufriendo en el baño como si fuera una vergüenza.
— Va a ser... va a ser muy intenso. Hace años que no... yo no sé si...
— ¿Si puedes? — Derek le rozó la mejilla con la nariz, inhalándola—. Loba mayor, ¿de verdad crees que no puedo con tu celo?
La besó. Y fue diferente a todos los demás. No fue tierno. Fue desesperado, posesivo, con el sabor de su celo en la boca.
Elena gimió y se arqueó. Su cuerpo pedía a su mate.
— Dime que me quieres aquí — gruñó Derek contra su boca, dándole la última oportunidad de echarlo—. Dime que quieres que tu Alfa joven se encargue de su Luna mayor, o me voy a bañar con agua helada hasta que se me pase. Pero dime la verdad.
Elena ya no podía pensar. Solo sentía. Lo agarró de la nuca, donde estaba su marca, y lo jaló hacia ella.
— No te vayas — susurró, rota—. No me dejes sola otra vez. Por favor, Derek. Quédate.
Fue todo lo que él necesitaba.
— Nunca — prometió—. Nunca más.
La sábana desapareció. Y la casa del Alfa, que había estado vacía y triste por cinco años, se llenó por primera vez de aullidos. No de dolor. No de soledad.
De dos mates que por fin se encontraban por completo.
A la mañana siguiente, Mara pasó frente a la casa con su bastón. Olió el aire. Sonrió y siguió de largo.
Colgó un cartel en la puerta del jardín que decía:
*"ALFA Y LUNA EN CELO. NO MOLESTAR POR 3 DÍAS. A MENOS QUE QUIERAN MORIR."*
Y toda la manada de Azul entendió que ya no había marcha atrás.
La loba de 30 y el Alfa de 21 se habían elegido para siempre.
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Editado: 30.08.2026