Mi Mate, El Alfa Menor

Capitulo 9: Las Consecuencias.

Tres días después, Elena no podía caminar.

No era broma. Intentó levantarse de la cama del Alfa y las piernas le temblaron y se cayó de culo al piso.

— ¡Elena! — Derek la levantó en un segundo, envuelto solo en una sábana baja, con el pelo hecho un desastre y marcas de uñas en toda la espalda—. Te dije que no te levantaras sola.

— Estoy bien — mintió, roja, tapándose con la manta—. Es que... bueno, estuviste tres días demostrando que 21 no es tan chico, ¿no?

Derek se rió, orgulloso, y la besó en el hombro donde le había dejado su segunda marca, más grande, más profunda.

— ¿Y? ¿Cuál es el veredicto de la loba mayor? ¿Aprobado?

— Aprobado con honores, Alfa arrogante. Ahora pásame agua y ropa, que tenemos que salir. Mara nos va a matar si no vamos al Consejo.

— Que esperen — la acostó de nuevo, con cuidado—. Todavía hueles a mí. Quiero que sigas oliendo a mí un rato más.

Pero no pudieron quedarse.

Porque abajo, en la sala de la casa del Alfa, se escuchaban voces. Muchas voces. Y un llanto de bebé.

Elena y Derek bajaron, todavía despeinados, con ropa a medio poner. Él con su marca al aire, ella con la suya. Los dos oliendo a celo recién terminado, a sexo y a mate satisfecho.

En la sala estaban Mara, Tomas, y una chica joven que Elena conocía: Lía. 19 años. Hija de Tomas. Embarazada de 7 meses. Llorando.

— ¿Qué pasó? — Elena pasó al modo Luna al instante.

Lía la miró con miedo.

— Luna... yo... me dijeron que usted entendería. Que usted... que usted no puede tener cachorros...

Elena sintió un frío en el pecho.

— ¿Qué?

Tomas dio un paso al frente, incómodo.

— Elena, Derek. Los rogues del arroyo... no vinieron solo a hablar. Vinieron a reclamar. Dicen que como el Alfa marcó a una loba mayor, que no es fértil, que no les dio un heredero todavía, el linaje Black está débil. Y bajo la ley vieja, si el Alfa no tiene un heredero en camino en los primeros seis meses, cualquier loba fértil de la manada puede ofrecerse para darle uno.

Silencio.

Derek entendió primero.

— ¿Qué mierda estás diciendo? — su voz de Alfa explotó—. ¿Que me estás ofreciendo a tu hija para que tenga mi cachorro?

— ¡No es así! — Lía lloró más fuerte—. ¡Yo no quiero! ¡Pero mi papá dice que es por la manada! ¡Que si tú no tienes un heredero, los rogues nos van a atacar! ¡Y que la Luna... que la Luna no te puede dar uno porque ya es grande!

Elena no se movió. No respiró. Toda su inseguridad de los últimos diez años, toda la palabra "fértil" que le habían tirado en la cara, le cayó encima de golpe en una sola frase.

_No te puede dar uno porque ya es grande._

Sintió la mano de Derek apretar la suya, fuerte.

— Miren — dijo Derek, con una calma que daba más miedo que un grito—. Miren a mi Luna. Mírenla bien.

Todos la miraron.

— Hace tres días entró en celo — dijo Derek, sin vergüenza—. Después de cuatro años sin tener uno. ¿Saben por qué? Porque su cuerpo creyó que ya no tenía mate. Porque ustedes la hicieron creer que era vieja y estéril y sola. Y ahora que me marcó, su cuerpo volvió a vivir. Volvió a ser fértil. Volvió a ser loba.

Se acercó a Elena y le puso una mano en el vientre, todavía plano, por encima de la ropa.

— No sé si hay un cachorro ahí ahora. No me importa. Si hay, va a ser amado. Si no hay, lo intentaremos hasta que haya. Porque tengo 21 y tengo toda la vida por delante para intentarlo con ella. Con nadie más.

Miró a Tomas con asco.

— Tu hija tiene 19 y está embarazada de un chico que la dejó. Necesita ayuda, no que la uses para acostarse con su Alfa. ¿Esa es la manada que quieres? ¿Una donde ofrecemos a nuestras hijas?

Tomas bajó la cabeza, avergonzado.

Elena, que había estado muda, por fin habló. Su voz tembló, pero no se quebró.

— Lía — dijo, y se acercó a la chica—. Ven.

Lía se acercó, temblando.

Elena le tocó la panza de 7 meses. Su instinto de cuidadora, el que tuvo por 30 años, salió.

— ¿Tu mate te dejó? — preguntó suave.

Lía asintió, llorando.

— Entonces te quedas con nosotros — dijo Elena—. En esta casa hay lugar. No vas a ser madre sola. Y tu cachorro va a crecer con la manada, no como moneda de cambio.

Lía la abrazó, sollozando.

Elena miró a Tomas.

— Y respecto a lo de fértil... — levantó la barbilla, con la marca de Derek brillando en su cuello y el olor de su celo todavía en su piel—. Dile a los rogues que vengan en nueve meses. Que vengan a ver si la loba mayor no puede darles un Alfa.

Derek la miró como si quisiera comérsela ahí mismo.

— Eso — dijo, con orgullo desbordado—. Eso es mi Luna.

Mara golpeó el bastón contra el suelo, sonriendo.

— Se acabó la reunión. Tomas, lleva a tu hija a descansar. Y tú, Derek, lleva a tu Luna a la cama, que todavía cojea.

— ¡Mara!

— ¿Qué? Es la verdad. Todos la oímos cojear por las escaleras.

Elena quiso morirse de vergüenza. Derek se rió a carcajadas y la levantó en brazos de nuevo, frente a todos.

— Nos vamos — anunció—. A seguir intentando darle un heredero a esta manada. ¡Con mucho esfuerzo!

— ¡DEREK BLACK!

El grito de Elena se escuchó hasta el arroyo.

Y el llanto de Lía, por primera vez en meses, se convirtió en risa.




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