Mi Mate, El Alfa Menor

Capitulo 10: Nueve Meses Después.

— ¡No pujo! ¡No quiero pujar!

— ¡Tienes que pujar, Elena! ¡Ya viene!

— ¡No! ¡Me arrepentí! ¡Ya no quiero tener un cachorro! ¡Que se quede adentro!

Derek estaba pálido. Más pálido que cuando peleó con los rogues. Más pálido que cuando lo marcaron. De rodillas al lado de la cama, sosteniendo la mano de Elena tan fuerte que casi se la rompe, con los ojos llenos de lágrimas.

— Amor, por favor, puja — susurró—. Ya casi, mi vida, ya casi.

— ¡No me digas mi vida! ¡Tú me hiciste esto! ¡Tienes 22 y yo tengo 31 y me hiciste un cachorro a los 31!

— ¡Fue idea tuya! ¡Tú le dijiste a Tomas que vinieran en nueve meses!

— ¡Era una forma de hablar! ¡No era literal!

Mara, que estaba entre las piernas de Elena con las mangas arremangadas, se rió a pesar de la tensión.

— Es igualita a su madre. Su madre también insultó a su mate todo el parto — le dijo a Lía, que estaba al otro lado sosteniendo una toalla, con su propio bebé de 4 meses dormido en un moisés al lado—. Elena, una más, fuerte. Como cuando pones en su lugar al Consejo.

— ¡Esa es buena! — gritó Lía—. ¡Vamos, Luna! ¡Usted puede! ¡Usted puso de rodillas a tres rogues con una campera!

Elena gritó. No un grito humano. Un aullido de loba pariendo. Todo su cuerpo se tensó. Derek le besó la frente, la mejilla, la mano, murmurando "te amo, te amo, te amo" sin parar.

Y entonces, un llanto.

Un llanto chiquito, agudo, furioso.

Silencio.

Y luego, el olor. A leche, a sangre, a luna nueva.

Mara levantó algo pequeño, rojo, arrugado, que pataleaba.

— Es un macho — dijo, con la voz quebrada—. Es un macho, Elena. Un Alfa.

Elena se desplomó contra las almohadas, llorando, riendo, temblando. Derek ya estaba llorando abiertamente, sin vergüenza de Alfa.

— ¿Está bien? ¿Está bien mi cachorro? — Elena estiró los brazos.

Mara se lo puso en el pecho.

Era diminuto. Pelo negro como Derek. Nariz arrugada. Y cuando abrió los ojos por un segundo, fueron verdes. Verdes como su padre.

— Hola — susurró Elena, y todo el dolor desapareció—. Hola, mi amor. Hola, mi chiquito.

El bebé dejó de llorar al oír su voz. Se acurrucó contra su marca, que todavía brillaba.

Derek se inclinó sobre los dos, abrazándolos, oliéndolos. Su familia.

— Lo hiciste — le susurró a Elena en el pelo—. Mi loba mayor lo hizo. Me diste un heredero.

— Nos dimos un heredero — corrigió ella, con la voz ronca—. ¿Cómo se va a llamar?

Derek no dudó.

— Si es nena, Elena. Si es nene... — miró a su hijo—. Kael. Kael Black Kaur. Fuerte. Como su mamá.

— Kael — repitió Elena, probando el nombre—. Kael.

Afuera, sin que nadie les avisara, los lobos de Azul empezaron a aullar.

Primero uno. Luego otro. Luego toda la manada. Incluso los rogues del arroyo, que habían vuelto hace dos meses pidiendo perdón y alianza después de ver a Elena dirigir la cosecha con 8 meses de panza, aullaron desde su territorio.

Un aullido de nacimiento. De Alfa nuevo.

Tomas entró corriendo, con los ojos llorosos.

— ¿Puedo? ¿Puedo verlo?

Elena asintió, cansada pero feliz.

Tomas se acercó y vio al bebé. Luego miró a Elena, a la loba de 30 que hace un año creía que se quedaría sola.

— Perdóname, Elena — susurró—. Perdón por todo lo que dije.

— Ya está, Tomas — Elena le tomó la mano—. Ya está. Ahora somos muchos para cuidar.

Lía se acercó con su bebé en brazos y lo puso al lado de Kael en la cama gigante del Alfa. Dos bebés. Uno de 4 meses, uno de minutos.

— Primos — dijo Lía, sonriendo—. Van a crecer juntos.

Derek miró la escena. Su mate, con su hijo en el pecho. Su manada alrededor. Su casa, que olía a hogar y ya no a polvo.

Se inclinó y besó a Elena en la frente, con reverencia.

— ¿Te acuerdas cuando me dijiste que era muy chico para ti? — susurró.

— ¿Mmm?

— Tenías razón. Era muy chico. — Sonrió, con los ojos todavía húmedos—. Ahora soy un poco menos chico. Tengo 22, una Luna de 31 que es la loba más hermosa y fuerte que existe, y un cachorro que tiene tu terquedad. ¿Crees que ahora sí estoy a tu altura, loba mayor?

Elena lo miró. A su Alfa joven. A su mate. Al padre de su hijo.

Lo agarró de la nuca, donde todavía estaba su marca, y lo besó, despacio, delante de todos.

— Nunca estuviste por debajo — dijo—. Siempre estuviste justo donde tenías que estar. Esperándome.

Kael lloró otra vez, como opinando.

Y toda la casa del Alfa se rió.

Esa noche, en Azul, nadie durmió. Todos celebraron.

Porque la loba que creyó que era demasiado vieja para ser amada y el Alfa que creyeron demasiado joven para liderar les habían demostrado a todos que el amor no entiende de edades.

Solo entiende de mates.




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