CINCO AÑOS DESPUÉS.
— ¡Kael Black, bájate de ahí ahora mismo!
La voz de Elena retumbó por toda la casa del Alfa.
Tenía 36 años ahora. El pelo negro un poco más largo, unas líneas finas al lado de los ojos que Derek decía que la hacían ver más hermosa todavía. Estaba en la cocina, amasando pan, con harina hasta los codos y la marca de Derek un poco estirada por el segundo embarazo. Seis meses. Una nena esta vez.
En el árbol del jardín, a tres metros del suelo, estaba Kael. 5 años. Pelo negro revuelto como su padre, ojos verdes, sin remera y descalzo aunque hiciera frío. Con la terquedad de su madre multiplicada por dos.
— ¡No! — gritó—. ¡Papá dijo que los Alfas tenemos que aprender a trepar!
— ¡Tu papá tiene 27 y sigue siendo un niño! ¡Bájate que te vas a caer!
— ¡No me caigo! ¡Soy como papá!
Como si lo hubieran invocado, Derek apareció corriendo por el bosque. 27 años. Más ancho de espalda, barba de tres días, la marca de Elena en el cuello ya plateada por los años, pero con la misma sonrisa arrogante de cuando tenía 21. Traía leña al hombro y a Lía chiquita — la hija de Lía, que ya tenía 5 también — colgando de su pierna.
— ¿Qué pasa? ¿Qué pasa, mi Luna? — entró agitado.
— Tu hijo. Tu hijo está arriba de un árbol otra vez porque dice que tú le dijiste que los Alfas trepan.
Derek miró hacia arriba. Kael lo saludó orgulloso.
— ¡Papá! ¡Mira qué alto estoy!
Derek se puso serio. Cruzó los brazos.
— Kael Black Kaur, te dije que treparas los árboles pequeños para practicar. Ese es el árbol del Consejo. Tiene 100 años. ¿Qué te dije de los árboles del Consejo?
Kael pensó.
— ¿Que... que solo los suben los Alfas muy valientes?
— No. Te dije que no los subas porque tu mamá se enoja y luego no me deja dormir en la cama.
Elena le tiró un bollo de masa cruda. Derek lo esquivó riendo.
— ¡Derek!
— Es la verdad — se acercó a Elena y le abrazó la panza por detrás, con la mano enorme cubriendo sus seis meses—. ¿Cómo está mi otra princesa?
— Pateando como su hermano y su padre juntos. No voy a sobrevivir.
— Vas a sobrevivir. Eres la loba mayor más fuerte de Azul. — Le besó el cuello—. ¿Quieres que baje al mono ese?
— Por favor.
Derek salió. No trepó. Solo se paró abajo del árbol y abrió los brazos.
— Kael, salta. Papá te ataja.
— ¿Y si no me atajas?
— ¿Cuándo no te atajé?
Kael no lo dudó. Saltó. Tres metros. Derek lo agarró en el aire como si no pesara nada y lo levantó por encima de su cabeza.
— ¡Mi Alfa chiquito! — lo hizo volar.
Kael se rió a carcajadas.
Elena los miró desde la ventana de la cocina. Su esposo de 27 con su hijo de 5 volando en el aire. Su hija pateando en su vientre. Lía y su hija entrando por la puerta de atrás para ayudarla con el pan. La manada que se escuchaba a lo lejos, entrenando, riendo, viviendo.
Hace seis años, tenía 30 y creía que se quedaría sola. Que era muy vieja. Que nadie la querría.
Ahora tenía 36 y no podía imaginar estar más llena.
Derek entró con Kael en los hombros. Se acercó y le dio un beso con sabor a bosque.
— ¿En qué piensas, loba mayor? — le susurró.
— En que tenías razón — dijo ella.
— Siempre tengo razón. ¿En qué esta vez?
— En que tu edad no determina cuánto puedes amar.
Derek sonrió. Esa sonrisa que solo era para ella desde los 21.
— ¿Y tu edad?
— ¿Mi edad qué?
— ¿Tu edad determina cuánto puedes amar?
Elena miró a su hijo, a su panza, a su hogar.
— Mi edad determina que tengo más amor para dar. Porque esperé 30 años para encontrar dónde ponerlo.
Kael, desde arriba de los hombros de su padre, gritó:
— ¡Mamá! ¡Cuando crezca me voy a conseguir una Luna como tú! ¡De 30 años!
— ¡Kael!
— ¡Qué! ¡Papá dice que las de 30 son mejores!
Derek se rió a carcajadas.
— ¡Eso le enseñé! ¡Muy bien, hijo!
Elena los miró a los dos, idénticos, arrogantes, suyos.
— Ustedes dos... ustedes dos van a ser mi muerte.
— No — Derek la besó de nuevo, despacio, mientras Kael les tapaba los ojos con las manos gritando "¡asco! ¡asco!"—. Vamos a ser tu vida. Para siempre.
Y en la casa del Alfa, que ya no olía a polvo sino a pan recién hecho, a familia y a amor de 8 años de diferencia que nunca importaron, la vida siguió.
Porque al final, no importaba que ella tuviera 36 y él 27.
Importaba que, cuando se miraban, todavía se veían como el primer día en el arroyo.
Él, el chico de 21 que le prometió que su edad no determinaba cuánto podía amar.
Y ella, la loba de 30 que por fin se creyó que merecía ser amada.
*FIN.*
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Editado: 30.08.2026