Mi mejor accidente

-Sinopsis-

11 años antes....

La mansión de los Morgan Malissi en los Hamptons rugía con el estrépito de la "Gala de la Unidad". Era una noche de excesos: diamantes reales, promesas falsas y el olor a pólvora escondido tras el perfume francés. Pero para Kallista, de apenas 15 años, el aire era irrespirable.

Ella no pertenecía a los brindis hipócritas de su madre, Kenzie. Ella buscaba la sombra. Buscaba el refugio que solo una persona en ese imperio de sangre le otorgaba.

Subió las escaleras de mármol, huyendo del ruido, y se refugió en la biblioteca privada de la tercera planta. Allí, entre estanterías de madera oscura y el silencio de siglos, lo encontró a él.

Stefan Morgan, a sus 20 años (casi 21) ya cargaba con el peso de ser el heredero de la Mafia Diamonds. Estaba de pie junto al ventanal, con una copa de whisky en la mano y la mandíbula tensa. Su postura era recta, impecable, pero sus ojos... sus ojos ardían con una tormenta que nadie más se atrevía a mirar.

—Deberías estar abajo, pequeña —dijo Stefan sin girarse. Su voz era un susurro ronco que siempre lograba erizarle la piel a Kallista.

—Sabes que odio las galas, Stefan. Sabes que odio ser una Malissi, y el como odio esta familia de narcotráfico. —respondió ella, acercándose lentamente.

Él se giró. La luz de la luna filtrándose por el cristal bañó el rostro de Kallista. Ella era la personificación de la inocencia corrompida por el entorno; un ángel nacido en un nido de víboras. A pesar de que no compartían sangre biológica, el mundo los llamaba hermanos. La ley de la mafia dictaba que eran familia. Pero la electricidad que vibraba entre ellos cuando estaban solos decía algo mucho más oscuro y peligroso.

—No eres una Malissi de porcelana, Kallista. Eres un diamante —Stefan dejó la copa en una mesa cercana y dio un paso hacia ella—. Y los diamantes cortan si se les presiona demasiado.

—Entonces presióname —desafió ella, con la valentía de quien no sabe que está jugando con fuego.

Stefan acortó la distancia. Sus dedos, callosos por el manejo de armas, rozaron la mejilla de Kallista con una delicadeza que le dolió. Durante años, se habían cuidado en silencio. Él la protegía de los castigos de Kenzie; ella era la única que lograba que el futuro Don sonriera de verdad. Pero esa noche, la barrera del "cuidado fraternal" se hizo añicos.

—Si cruzo esta línea, no habrá perdón, Kallista. Ni de Dios, ni de Stefano, ni de la familia , eres el fruto prohibido —advirtió él, su respiración mezclándose con la de ella.

—No quiero perdón. Quiero sentir que soy tuya antes de que el mundo decida con quién casarme, antes de las leyes de los Malissi, de los acuerdos de los Morgan, me has cuidado y protegido como tu pequeña hermanita, como la princesa Morgan, me eh enamorado de ti Steff —susurró ella, sellando su destino.

El beso fue un estallido de años de deseo reprimido. Fue violento, necesitado, cargado del hambre de dos personas que sabían que estaban cometiendo un pecado mortal. Stefan la cargó, sentándola sobre el escritorio de caoba donde se firmaban las sentencias de muerte de la mafia. En ese momento, no eran herederos; eran dos almas solitarias buscando desesperadamente una verdad en medio de tantas mentiras.

Fue un acto consciente. No hubo alcohol que nublara el juicio, solo una pasión prohibida que los consumía. Stefan la amó con una intensidad aterradora, como si quisiera grabarse en su piel para que nadie más pudiera reclamarla. Kallista se entregó con la devoción de quien encuentra su único hogar en los brazos de su mayor peligro.

El aire en la biblioteca estaba saturado de una tensión que se había cocinado a fuego lento durante años. Stefan la acorraló contra el escritorio de caoba, ese mueble pesado donde su padre, Stefano, solía firmar sentencias de muerte. Pero esa noche, el único veredicto que se dictaba era el de su perdición.

—Si te toco, mi princesa, quemo este imperio —gruñó él, con la voz rota por un deseo que ya no podía camuflar de "hermandad".

—Entonces que arda, Stefan. Enciende el maldito fuego.

Él no esperó más. La tomó del cuello con una posesividad salvaje y la besó con una violencia necesitada, una lucha de lenguas y dientes que sabía a pecado y a verdad. Sus manos, expertas en desarmar fusiles, bajaron por la espalda de Kallista, rasgando la fina seda de su vestido de gala sin un ápice de paciencia. El sonido de la tela rompiéndose fue el disparo de salida.

Stefan la alzó con una fuerza bruta, sentándola sobre la madera fría. Kallista envolvió sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo hacia el centro de su calor. Sentir la erección de él presionando contra su intimidad, separada solo por capas de encaje, la hizo gemir contra sus labios.

Él bajó los besos a su cuello, marcándola con una intensidad que dejaba moretones, reclamando cada centímetro de su piel como propiedad privada de los Diamonds. Con un movimiento brusco, Stefan se deshizo de su propio cinturón y bajó sus pantalones. Cuando su piel entró en contacto directo, el mundo exterior —la música de la gala, los regaños de Kenzie, las guerras con los rusos— dejó de existir. Solo importaba el pulso acelerado de dos corazones traidores.

Stefan la penetró de una sola estocada, profunda y posesiva, rompiendo la última barrera que los mantenía como "familia". Kallista ahogó un grito en el hombro de él, clavando sus uñas en su espalda, marcando su piel con surcos de sangre. El dolor inicial fue eclipsado de inmediato por una ola de placer abrasador. No fue un acto tierno; fue un reclamo. Stefan la embestía con una cadencia errática, casi desesperada, buscando enterrarse en ella lo suficiente como para que nadie pudiera borrar su rastro.

—Mírame, Kallista —le ordenó él, obligándola a sostenerle la mirada mientras la poseía—. Di mi nombre. Que se te grabe quién es el único hombre que tiene derecho a destruirte así.

—Stefan... —gimió ella, con la voz quebrada, arqueando la espalda mientras el escritorio vibraba bajo el peso de su pecado—. Siempre... siempre has sido tú.




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